Me levanto cada mañana igual, ningún cambio a mi alrededor, con las mismas pocas ganas de seguir adelante. Todo me pesa y me duele al ponerme en pie, como si me hubiesen dado una paliza, como si la misma luna hubiese caído sobre mi espalda mientras dormía. No puedo hacer nada, sigo almorzando, sigo peinándome. Para ir a la universidad tengo que ir peinado, aparentar un chico limpio y feliz, sobre todo feliz, en el estudio los infelices no duran mucho, son los primeros que se van a la calle cuando las cosas van mal dadas. Yo por eso sonrío, nunca me falta una sonrisa en los labios, por si acaso enseño mis dientes, eso es mejor que nada.
Trabajo duro, o eso aparento, intento hacerle la pelota a mis compañeros, les hablo de aquello que quieren que les hable, les pregunto lo que quieren que les pregunten, les adoro, les amo, les limpiaría las botas con la lengua si me lo pidieses. Yo no soy tal siervo, solamente lo aparento, la máscara me viene un poco grande, no importa, es mi única escapatoria.
Al salir de clase son las dos de la tarde, se supone que empieza la auténtica vida, para mí, en cambio, solo empiezan, de nuevo, las ganas de morir. No merece la pena seguir existiendo de esta manera, y en realidad de ninguna. Saldría a dar un paseo, a mirar a la gente, a leer, pero... ¿para qué? para nada, un alivio del alma poco duradero, necesito la inmortalidad en el cielo, necesito abandonar este cuerpo que me da tanto asco, dejar para siempre mis torpes palabras, al fin, dejar de ser yo.
Llego a casa, comería, pero no como. Vería la televisión, pero no la veo. Leería, no leo. Escribiría, no escribo. No hacer nada es otra manera de hacer algo, todo tiene un sentido, y el único que yo le veo a mi comportamiento es el que me debe guiar a la placentera muerte. Me tengo que ir a la cama, dormiré, ojalá, para siempre.

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