Las ganas de volver a verte. Esa sensación que no puedo enterrar en lo más profundo de mi alma, esa sensación que surge involuntariamente, que no puedo contener, y que me sale de lo más hondo. Cuando estoy contigo, las horas se transforman en delicados segundos, cuyo último suspiro me transporta mecido hasta el siguiente. Pero cuando me alejo de ti... cuando estoy lejos, cuando no puedo tocarte, cuando lo único que puedo hacer es evocar tu imagen en mi cabeza... ahí lo paso mal. Porque estás lejos, pero muy cerca. Porque no te tengo conmigo, pero estás en mí. Porque tu imagen tiene el poder de bombear mi corazón con más fuerza que la más poderosa de las armas. Éso es lo que siento por ti, un arma, el arma más poderosa. Y no ha sido inventada por el hombre: el amor. Un amor reflejado en el deseo: el deseo de abrazarte, de besarte, de acariciarte... de juntar mis manos con las tuyas, de fundirme contigo en un solo ser, inmortal y eterno. De poder vivir sin aire, mientras estés a mi lado. De poder respirar bajo el agua, si estás tú para acompañarme. Me posee el deseo de rodearte con mis brazos y no dejarte ir nunca más. Que te quedes conmigo, siempre, a mi lado. El deseo de poder sentir tu aliento, tus caricias, tu pelo ondeante... El poder de la luna llena reflejada en tu piel, el deseo que despiertas en mí es tal que no puedo expresarlo con palabras. Mucha gente me pregunta: "¿por qué, si eres feliz, has dejado de escribir? se supone que ahora tienes un sentimiento hermoso que expresar, tu felicidad". Respuesta: ése es el problema. El sentimiento hermoso, el amor, el deseo... son cosas que no puedo expresar con palabras. Las palabras no sirven, sólo son palabras. No soy un Dios, no puedo crear un universo con el poder de la palabra. Son los actos de amor y cariño que profeso los que dan la respuesta. La respuesta a mi deseo.


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