lunes, 7 de marzo de 2011

Gaia

"Se ha calculado que todas las hormigas del planeta pesan lo mismo que la humanidad. Si desaparecieran, se produciría una reacción biológica aún más dramática que el meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios. En cambio, si se extinguiese la raza humana, en términos ecológicos, no pasaría nada. Los seres humanos ya no aportamos nada a los ecosistemas; sólo gastamos. Somos los máximos consumidores y nadie nos consume... ¿o sí? Es el latido de la vida. Es el latido de Gaia."




Leyendo esto, lo cierto es que cualquier persona puede sentirse insignificante. Y de eso se trata: el hombre, el ser humano, no tiene mayor lugar en el planeta. Sólo somos un minúsculo punto que ya no tiene nada que hacer en el desarrollo de la vida. El ser humano se ha cuestionado durante mucho tiempo su lugar en el mundo e incluso en el universo. La evolución ha hecho que el hombre desarrolle una capacidad lógica que le da una sensación abominable de superioridad. Se oye decir que el ser humano es la "cumbre de la evolución". Patético.
Sólo somos un animal más, perdidos en el cosmos de la Creación. Un animal cuyo sello distintivo es la razón.




Cuenta un viejo mito griego que, en el origen del hombre, Zeus asignó su creación a Prometeo, uno de los titanes que lucharon a su lado en la Titanomaquia. Prometeo modeló al hombre con barro y mostró a Zeus su creación. Al olímpico le agradó la obra de Prometeo, y se la cedió a su hermano, Epimeteo. Este titán, otro de los que habían ayudado a Zeus en la guerra, había otorgado a cada animal creado un distintivo, una peculiaridad, una característica. Pero llegó el hombre. Y Epimeteo se había quedado sin distintivos: la ferocidad, la belleza, la velocidad... todo lo tenían los otros animales. Así, otorgó al hombre lo único que le quedaba: la razón.




Así, el hombre es un animal común, entre animales, que se distingue por su capacidad de razonar. Pero no es superior a los demás animales, sino que convive con ellos. Sólo somos uno más, no los más importantes. Y nunca lo seremos. Debemos cambiar nuestra mentalidad vital de "cumbre de la creación", porque sólo somos hijos del barro.

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