"Tu llegada. Mi alegría. Y a la vez, mi tristeza. La sensación de tenerte tan cerca y a la vez tan lejos. Esperando una lamada que sé que nunca llegará. La mirada perdida en tu dibujo. Horas, minutos, segundos. Se pierde la noción del tiempo. Nada llegará. Todo está perdido."
El joven cerró el cuaderno, dejó el lápiz sobre la mesa y se reclinó en su respaldo, soltando un suspiro. La brisa de la tarde veraniega se filtraba por la ventana. Miró de nuevo el reloj: las 17:13 .
Suspiró de nuevo y se levantó. Salió al jardín, y se dirigió hasta el rincón donde había tenido lugar su sueño. Un sueño maravilloso, pero que sólo era eso: un sueño. Cerró los ojos, con expresión de tristeza en su rostro. Se sentó un momento en el bordillo y luego se quedó tumbado, mirando al cielo. Sonrió, y una lágrima fría resbaló por su mejilla. Se quedó dormido, sonriendo con tristeza a las estrellas, ocultas tras la luz del sol.
Durmió largo tiempo y, cuando despertó, se incorporó suavemente. Parpadeó varias veces. Alzó la vista y se enconcontró con el rostro de ella. Le sonreía, y él le correspondió. Pero, cuando alzó la mano para acariciar aquella belleza infinita y huidiza, el rostro desapareció. Se perdió en el aire, como si nunca hubiese existido. El chico se levantó con pesadez y volvió a entrar en la casa. Abrió el cuaderno. Cogió el lápiz. Miró una vez más por la ventana. Y apoyó la mina en el papel. Empieza...

El joven cerró el cuaderno, dejó el lápiz sobre la mesa y se reclinó en su respaldo, soltando un suspiro. La brisa de la tarde veraniega se filtraba por la ventana. Miró de nuevo el reloj: las 17:13 .
Suspiró de nuevo y se levantó. Salió al jardín, y se dirigió hasta el rincón donde había tenido lugar su sueño. Un sueño maravilloso, pero que sólo era eso: un sueño. Cerró los ojos, con expresión de tristeza en su rostro. Se sentó un momento en el bordillo y luego se quedó tumbado, mirando al cielo. Sonrió, y una lágrima fría resbaló por su mejilla. Se quedó dormido, sonriendo con tristeza a las estrellas, ocultas tras la luz del sol.
Durmió largo tiempo y, cuando despertó, se incorporó suavemente. Parpadeó varias veces. Alzó la vista y se enconcontró con el rostro de ella. Le sonreía, y él le correspondió. Pero, cuando alzó la mano para acariciar aquella belleza infinita y huidiza, el rostro desapareció. Se perdió en el aire, como si nunca hubiese existido. El chico se levantó con pesadez y volvió a entrar en la casa. Abrió el cuaderno. Cogió el lápiz. Miró una vez más por la ventana. Y apoyó la mina en el papel. Empieza...
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