miércoles, 30 de marzo de 2011

Día 1

Estoy sentado. Miro a mi alrededor. La misma gente de siempre, ninguna novedad. Todos ríen o hablan de algún tema apasionante para ellos. Desoigo los comentarios ajenos y vuelvo a centrarme en lo que me importa. Sigo escribiendo. Me da igual todo lo demás, sigo encerrado en un mundo de fantasía en el que yo soy el creador. Yo lo controlo todo ahí. Me gusta la sensación. Necesito huir de vez en cuando a ese paraíso de la creación, a ese oasis en medio de mi caótica existencia. Me he perdido en la rutina, y no me gusta. Entro en mi mundo de Babylon y mi mente comienza a volar, a entrar en el interior de cada uno de los personajes. Vivo con ellos la aventura de su vida, mucho más emocionante que la mía. No sé, es algo maravilloso. Me refiero a la capacidad de crear algo, ya sea un libro, una pieza musical o una obra pictórica. Me pregunto, si Dios existe de verdad... se lo habría pasado de miedo. Porque esa sensación de sentirte una divinidad... de ser capaz de crear algo que luego cobra vida en tu mente... Esa es la ventaja de tener una imaginación desbordante y nada mejor que hacer. Vuelvo a alzar la mirada: mis compañeros de clase forman pequeños grupos de conversación, como si mi clase fuese un salón de pequeñas tertulias. Suspiro, y me aparto el flequillo de la frente. Me molesta. Como mi vida. La única razón por la que estoy aquí es por la simple inercia. Terminas selectividad, vas a la universidad. Es de lógica. Paso las mañanas un tanto idas, dejadas... como si una mano invisible moviese mis hilos y yo fuese una simple marioneta. No me importa nada de lo que paso a mi alrededor.
Entra alguien en clase. Alzo la mirada. Otro compañero de clase. Igual que los demás. Un pequeño grupo se alegra de verle y le reciben calurosamente. Sonrío y vuelvo a mi trabajo. Espero la llegada del profesor para coger sus horribles apuntes y tener algo que hacer esa tarde. Suena penoso, pero lo es aún más. Mi único motor de vida son mis amigos, y sólo puedo verles el sábado. Un día a la semana. Nada más. Por eso anhelo con ansia que llegue el fin de semana. Para dejar ese circo, ese ámbito de soledad voluntaria y volver a ser yo con mis amigos. Nada ha cambiado, porque ahora esto solo de cuerpo y alma.
Entonces la veo. Entra en clase. Alzo la mirada. Interesado. Es una chica. ¿Como las demás? Sí... y no. Tiene algo especial, aún no sé qué es. Es igual y a la vez distinta. La sigo con la mirada. La chica se sienta, un poco alejada de mí. No me ve, no se ha fijado en mi mirada. La miro insistentemente, fijándome en cada detalle de su cuerpo. Esa chica produce en mí una cierta fascinación. Aún no la conozco, ni siquiera sé cómo se llama. Pero desde ese momento la recordaré siempre. Me paso la mañana mirándola, sintiéndola. Nunca se me han dado bien las mujeres, así que no tiene por qué cambiar. Me limito a observarla y a admirarla. No hago nada más, pero de momento es suficiente. Supongo que nunca llegará a más.


Quién me iba a decir a mí... que no podría vivir sin ella.


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