Suspiro y cruzo. Los alumnos del colegio de al lado comienzan a aparecer: grandes, pequeños, malos, buenos, barbados, imberbes, fumando, comiendo... qué curioso, hay de todo en un espacio tan reducido. Suspiro y clavo la vista en el horizonte. Mi bus no aparece hasta cuarto de hora más tarde. Como siempre. Me paso el trayecto escuchando música, música que no dice nada y que lo dice todo. Música que tiene respuestas, pero no quieren ser escuchadas. O a lo mejor es que ya no me quedan fuerzas para eso. Llego y cojo el tren. Como siempre. El mismo trayecto, la misma gente, el mismo ambiente. Salgo del tren: he llegado a la Universidad. Como puedo, intento pasar el tiempo que estoy allí, apartado de la gente que de verdad me importa. Lo aguanto bastante bien. Como puedo. Tengo suerte, es corto. Y se acaba. Vuelvo de nuevo al tren, intentando recordar los conocimientos adquiridos. "¿Para qué?", pienso. Al fin y al cabo, todo está en los libros. Participo de las conversaciones de mis compañeros. Unas veces con más éxito que otras. Ellos son lo único que me permite aguantar allí, lejos de todo a lo que me siento unido. Llego a la estación y cojo el autobús. El mismo conductor, la misma gente, la misma música. Llego a casa. Mi madre, la comida, el estudio, los apuntes... Suspiro por ver las caras de mis verdades, por escuchar las voces de mis elementos, por compartir mi existencia con mis amigos. Aún es pronto. La cena. Como siempre. Subo las escaleras, que vuelven a crujir. Despacio, lentamente, miro hacia el corcho y sonrío. Es una de las pocas veces que sonrío al día. Lentamente me tumbo. Muero... para renacer y volver al círculo de la cansina existencia.
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