jueves, 3 de marzo de 2011

Rutina

Me despierto de nuevo. La misma oscuridad, el mismo frío. Me levanto. El mismo silencio. Me ducho y me visto, como siempre. Bajo despacio las escaleras, que crujen al sentir la suela de mi zapatilla en ellas. Como siempre. Me acerco a la fría y silenciosa cocina, donde todavía no hay rastros de vida. Todos duermen aún. Como siempre. Desayuno y me preparo para irme. Otra vez lo mismo, siempre igual, ningún cambio. Mi vida es el teatro en el que todo el programa es idéntico: las frases se repiten, el guión es siempre patético, los mismos errores que cometí en el pasado vuelven a atormentarme. Salgo. Un sol débil, tímido y recién levantado asuma su nariz por el horizonte. Las calles están silenciosas, quizá algún coche triste pasa delante de mí. Lo miro. Ahí va ese hombre de traje, a su trabajo. Un trabajo que le absorbe toda su vida y no tiene tiempo para nada más. Trabajará un alto número de horas, volverá a casa, se sentará enfrente del televisor a ver las noticias mientras su mujer le prepara la cena y su hijo se baña. Típico.
Suspiro y cruzo. Los alumnos del colegio de al lado comienzan a aparecer: grandes, pequeños, malos, buenos, barbados, imberbes, fumando, comiendo... qué curioso, hay de todo en un espacio tan reducido. Suspiro y clavo la vista en el horizonte. Mi bus no aparece hasta cuarto de hora más tarde. Como siempre. Me paso el trayecto escuchando música, música que no dice nada y que lo dice todo. Música que tiene respuestas, pero no quieren ser escuchadas. O a lo mejor es que ya no me quedan fuerzas para eso. Llego y cojo el tren. Como siempre. El mismo trayecto, la misma gente, el mismo ambiente. Salgo del tren: he llegado a la Universidad. Como puedo, intento pasar el tiempo que estoy allí, apartado de la gente que de verdad me importa. Lo aguanto bastante bien. Como puedo. Tengo suerte, es corto. Y se acaba. Vuelvo de nuevo al tren, intentando recordar los conocimientos adquiridos. "¿Para qué?", pienso. Al fin y al cabo, todo está en los libros. Participo de las conversaciones de mis compañeros. Unas veces con más éxito que otras. Ellos son lo único que me permite aguantar allí, lejos de todo a lo que me siento unido. Llego a la estación y cojo el autobús. El mismo conductor, la misma gente, la misma música. Llego a casa. Mi madre, la comida, el estudio, los apuntes... Suspiro por ver las caras de mis verdades, por escuchar las voces de mis elementos, por compartir mi existencia con mis amigos. Aún es pronto. La cena. Como siempre. Subo las escaleras, que vuelven a crujir. Despacio, lentamente, miro hacia el corcho y sonrío. Es una de las pocas veces que sonrío al día. Lentamente me tumbo. Muero... para renacer y volver al círculo de la cansina existencia.





No hay comentarios:

Publicar un comentario