-Perfect, Evendriel...
-Thanks, George.
Eso no basta. Pocas palabras para tan poco sentimiento. Lo único que puedo hacer es alejarla de mi vida, intentar no volver a verla antes de que me vuelva loco. Así, con este fin, comienzo una estrategia:
-Tan perfecto que me duele...
-Please, George, not again...
Demasiado tarde para volver atrás. Ya estoy lanzado. Así que continúo hablando, intentando conseguir mi objetivo:
-Esto no puede seguir así.
-¿Así cómo, George?
-Tu nivel de inglés es perfecto, Evendriel. Hace que mi presencia aquí parezca un estorbo.
-No es ningún estorbo, George. Siempre es bueno repasar, para no perder el nivel, ¿entiendes?
-Podrías comprarte uno de esos métodos de inglés modernos...
-No es lo mismo tener a alguien con quien charlar que tener una maldita máquina.
-Bueno, podrías apuntarte al Royal British Club. Así tendrías a alguien con quien charlar cualquier día a cualquier hora.
-No es lo mismo, George... ¿por qué esas proposiciones? Parece que quisieras deshacerte de mí...
-¡No! ¡En absoluto!
Pongo las manos en mis rodillas, fuera de su vista, para que no vea que me tiemblan como dos flanes. Nunca se me dio muy bien mentir.
-Entonces, si no es eso... ¿qué es?
-Verás, Evendriel... -intento encontrar una excusa en mi agitada cabeza- tu nivel de inglés es tan bueno que me parece que estoy abusando de tu dinero...
-¿Es por eso? Dinero no me falta...
-No lo entiendes, en una cuestión ética y moral...
-Pero me viene bien alguien con quien conversar...
-Si quieres conversación puedo venir algún día, tal vez los lunes y los miércoles, para tomar el té y hablar de cosas normales, ¿eh? ¿Qué te parece?
-George... mi querido George... tengo 80 años. ¿De verdad piensas que vas a decirle a tu mujer dos días a la semana que no vas a estar con ella para venir aquí conmigo? No, George... Vendrás una semana, quizás dos... y luego dejarás de venir. Pagarte es... una forma de retenerte. ¿Qué le dirías a tu mujer si tuvieses que venir aquí a estar conmigo gratis?
Bajo la cabeza, abatido. No me atrevo a decirle que mi mujer me dejó la semana pasada. Ésto se hace insoportable. La cabeza me da vueltas. Tengo que acabar ya.
-Entonces, Evendriel, tendrás que buscarte a otro que te dé conversación...
-No vale cualquiera, George. No puedo hablar con nadie que no seas tú.
-¿Por qué? ¿Por qué con nadie más que yo?
Evendriel se levanta, y ese simple gesto me intimida. Se agarra a la mesa y se acerca lentamente hacia mí, apoyada en su bastón. Estira su cuello de garza y me mira a los ojos. Esos ojos que desenmascaran el alma de cualquier mortal, esos ojos de color azul se han vuelto negros, y tengo la necesidad de sumergirme en ellos. Ya no puedo resistirme. Ella me mira muy seria y me responde:
-Porque estoy enamorada, George. Enamorada de ti. Siempre lo he estado. He grabado todas nuestras clases para tener tu voz en mis noches de soledad, para tener una grabadora bajo la almohada con tu voz susurrándome cosas al oído. Mírame... tengo 80 años y me sigo comportando como una niña adolescente. Porque, bajo este viejo y escueto cascarón, del que no me puedo deshacer por más que me pinche y me agarre la carne hasta hacerme sangre, se esconde el alma de una niña. Una niña dulce, tierna, con la cara de muñeca de porcelana... Con el cuello esbelto, los cabellos sueltos y rubios, los pechos que nunca han dado de mamar, turgentes y generosos que despiertan las pasiones de los jovencitos; una cadera tan delgada que una mano un poco grande podría rodearla. Piernas suaves, elegantes y ligeras; y pies pequeños y juguetones. Una niña paseando por las calles de Londres, mientras un joven muchacho la sigue... la ve. Ella va con una falda larga. Los ojos tristes y llorosos, alguna desgracia aflige el corazón de la bella muchacha. El joven la sigue a paso prudente, lo suficientemente lejos como para que no note su presencia pero lo suficientemente cerca como para no perderla de vista. El paso de la muchacha es ligero, y mientras camina su trasero se mueve de un lado a otro. El joven queda hechizado y maravillado al mismo tiempo. En ese momento, la muchacha gira la cabeza. Le ve. Sonríe con picardía. Él le sonríe a su vez. Avanzan por la calle de Londres, a prudente distancia. Sin pararse. Ella parece que se olvida de él. Gira una esquina. El joven acelera el paso, con miedo a que la chica se meta en algún edificio y la pierda de vista. Pero ahora la tiene más cerca. Puede oler su perfume y oír su respiración, al igual que ella. Pasan la tarde en ese sencillo juego de seducción. La plaza. Llegan al hotel. Él la desnuda con delicadeza, la blanca pureza de la niña brilla en todo su esplendor. Él está ardiente de pasión, ella necesita de su abrazo. Se unen, sus cuerpos se mezclan uno con otro. Los pechos de ella se bambolean mientras hacen el amor. Mientras lo hacen, gritan. Gritan a los cuatro vientos, maldicen la vida que les ha tocado vivir. Caen al suelo, ruedan, tiran todo, nada importa mientras continúe esa danza de lujuria y placer. Juntos, ya no son hombre y mujer. Ya no son dos cuerpos, sino uno sólo. Caricias, calor, besos ardientes. Lenguas juguetonas que recorren el cuerpo del contrario. Mordiscos. Nada importa. La luz. Todo gira, todo es exaltación. La vitalidad se desbordad, al igual que el deseo. Él la agarra con delicadeza pero también con firmeza. Ella se deja hacer. Suave y fuerte. Él aumenta el ritmo. La chica grita de placer. Las piernas de ambos tiemblan. Los dos caen.
De repente me despierto. Miro por la ventana. El suave sol de la mañana ilumina mi rostro. No hay Londres. No hay muchacha joven. Vuelvo a apoyar la cabeza en la almohada y miro el reloj. Cuento las horas, igual que las contará ella cuando bajo su almohada no haya nada, silencio.
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