lunes, 21 de marzo de 2011

Anatomía Divina

Tus palabras son como un bálsamo de agua fresca en medio del desierto. Cada palabra que expulsas de tus carnosos labios son como las aguas de un manantial que fluye en el aire lentamente hasta mis oídos. Y éstos lo agradecen, necesitando tu voz cada segundo del día. Mis ojos marrones, soñadores, pozos profundos, espejo del alma, ansían ver tu resplandeciente figura aparecer súbitamente para regalarme esa deseada visión. Mi pelo se endereza y electrifica al notar tu aliento, tu presencia en mi cuello. Éste se tensa cuando posas los labios suavemente en él, cuando en un arrebato le muerdes. Ese mordisco que pone mis nervios a flor de piel, que enciende en mí el fuego de mi corazón. Mis labios buscan los tuyos, tu cara, tus orejas, tu cuello... buscan desesperadamente entre las sombras cualquier signo de tu presencia. Mis manos rodean tu cuerpo, lo acarician, recorren cada milímetro de tu geografía. Nerviosas, temblorosas, inexpertas, acarician, mecen, se mueven en tierra extraña, ansiosas de explorar y descubrir. Todo tu ser, desde el pelo rebelde de tu cabello hasta la punta de la uña del dedo meñique del pie izquierdo me sume en un encanto que fácilmente podría ser calificado de sueño. La sensación de tener entre mis brazos la más bella criatura que ningún dios pudo concebir nunca. ¿Qué divinidad  tendrá en sus manos el honor de haberte creado? ¿Jehová? ¿Odín? ¿Zeus? ¿Inti? ¿Brahma? ¿Ptah?
No está mal el elenco. ¿Quién fue aquél que te moldeó, que hizo todos y cada uno de los detalles de tu cuerpo? ¿Quién fue el que creó para ti un alma tan magnífica, tan pura, tan luminosa? ¿Quién, de todo el panteón universal, pudo haber creado algo tan hermoso y perfecto? La mayoría de la gente dirá: "no es perfecta". Para mí sí. Con eso me basta.

   

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