Recuerdo ese día como si fuese ayer. La mariposa batía sus alas con una belleza que no había visto nunca. Podría quedarme mirándola durante horas sin decir nada, pero ella pliega sus alas con timidez. Entonces se acercó a mi. Fue un momento. Pero un momento de felicidad. A ese le siguieron muchos. Y yo era plenamente feliz. Pero las cosas han cambiado. La mariposa ha alzado el vuelo y yo no puedo hacer nada por retenerla junto a mi. Mis manos son demasiado grandes para atrapar su fino cuerpo y sus alas de seda. Se irá para siempre, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Pero, ¿debería evitarlo? No. Ella ha alzado el vuelo para reencontrarse con su felicidad y yo no debo impedírselo. Quiero que sea feliz, aunque no sea conmigo. La mariposa me habla y yo sonrío y asiento con la cabeza. Pero, más allá de ese rostro alegre y comprensivo se encuentra un corazón destrozado. No soy tan perfecto como para que no me importe. Apariencia. Eso es lo que soy: una triste fachada de piedra. Cuando me encuentro con la mariposa, construyo mi busto de piedra, que sólo sabe sonreír y asentir con la cabeza. Pero, cuando la mariposa se aleja, el busto cae dejando al descubierto un corazón fragmentado. No me importa ese pequeño detalle si pudieses compartirlo conmigo. Pero sé que es imposible. Volvería a alcanzar mi felicidad si todo fuese como al principio. ¿Te acuerdas? Qué tardes, qué días... Inolvidables. Pero es imposible que aquellos días vuelvan: la mariposa ha alzado el vuelo y no regresará.

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