miércoles, 9 de marzo de 2011
Dementia
Camino por las calles de la ciudad. Solo. Abandonado. Roída mi alma, triste y sola. El mundo... el mundo es un lugar tan vacío, tan pequeño, tan inútil. Tengo la sensación de estar encerrado en una jaula, una jaula formada por mis propios miedos y temores. ¿Cómo piensa un loco? ¿Estoy loco? ¿Cómo pudo saberlo? La sangre corre por mis venas, me quema, siento todas y cada una de sus gotas en mi interior. Y eso me asusta. ¿Quién soy? ¿Cuál es mi sitio en un lugar en el que hay tantos y a la vez tan pocos? Tropiezo. La gente me mira mal, se aparta asqueada, huye de mí. No puedo culparles. La visión de mi pérfida y tristemente patética figura provoca auténtico pavor. Pero no me importa. Soy como Dios me hizo. Puede que aún peor. Nada a mi alrededor tiene sentido, todo gira sin ninguna finalidad aparente. Gente que va, gente que viene. Caballos de rojo fuego relinchando en las carreteras que atraviesan mi mente. No puedo pensar con claridad. No, no puedo pensar. Sin más. La vida es una cosa que no tiene mucho sentido. ¿Lo tiene? No. ¿O sí? Tal vez. ¿Quién, pudiendo concebir a la especie humana, la dejaría legada al más absoluto de los abandonos? El ser humano está solo, no tiene a nadie que le apoye. Y el hombre necesita un apoyo. Con esfuerzo, ha intentado convertirse en su propio apoyo. Nada. No sirve de nada. Perdidos en la inexorable rutina, la llama de la vida de las personas se va apagando poco a poco, cada vez más. La gente me mira con asco, con desprecio. Camino tambaleándome por la calle. Me agarro a una farola para no caer. Alzo la cabeza hacia el Cielo. Grito. No hay nadie para escucharme. La gente me trata de loco. ¿Lo estoy? ¿Soy un loco? ¿O los locos son ellos?
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