miércoles, 20 de abril de 2011

Laguna Negra

Allí, en las alturas. 
En la montaña, alejada del mundanal ruido. 
Silencio. 
Allí, arriba. 
Una pared de piedra gigantesca oculta a la vista la laguna. 
La laguna que visitaba Antonio Machado en su estancia en Soria.
La laguna que le sirvió de inspiración para tantos de sus poemas.
No pretendo ponerme a su altura, ni mucho menos. 
Pero el espectáculo es sobrecogedor: una laguna inmensa, de verdosas aguas.
Al fondo, la pared de roca escarpada.
A la derecha, una cascada que se precipita desde las alturas para caer contra las duras piedras y comenzar su recorrido sinuoso. 
Pequeños restos de nieve aún se adivinan por los pliegues rocosos.
Allí, las águilas sobrevuelan el cielo, que se abre sobre ti como un manto eterno e infinito.
Pierdes la noción del tiempo.
Caes.
Te incorporas.
Sientes el aire en tus pulmones.
La brisa remueve tus cabellos y crea suaves ondulaciones en el agua.
Silencio.
Te olvidas de todo.
Escalas.
Subes por las rocas.
Tienes curiosidad.
Asciendes hasta la cascada.
Allí.
En lo alto, el agua cae.
Y tú puedes cogerla.
Incluso puedes tocar la nieve inmortal de ese lugar.
Los pájaros vuelan a tu alrededor.
Los árboles se alzan majestuosos, y el aire mece suavemente sus copas.
Respiras profundamente el aire puro de la montaña.
Sonríes... y bajas.
Vuelves por donde has venido, buscando el camino más fácil para el descenso.
De nuevo, llegas al pie de la laguna.
Te quedas mirando su verdosa superficie.
Y te das la vuelta, con intención de marchar.
Pero miras a tu espalda, jurando que algún día... volverás.


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario