martes, 5 de abril de 2011

Desierto

Ando por un desierto plagado de dunas, cuyo paisaje se repite indefinidamente hasta más allá de donde alcanza la vista, borrosa por el asfixiante calor que seca incluso las lágrimas todavía no derramadas.
Me fijo un rumbo directo a un punto distante, un camino recto sin rodeos, que me evite dar vueltas y más vueltas. Volver atrás.
Paso a paso, como aprendí hace mucho, avanzo. Son pocos los llanos, barridos por el viento que amontona la arena, llenando cualquier ruta de subidas y bajadas, de tropiezos y caídas. Altibajos.

La sed, siempre presente. Una más de tantas compañías torturadoras, que nos recuerdan a cada momento lo que queremos olvidar. Al menos ella no me abandona.
Cada respiración se convierte en un abrasador jadeo, que penetra en mi interior quemando hasta mi alma, ya chamuscada.
Los pies, descalzos, no sienten dolor. Muchos se cambiarían por ellos si lograsen dejar de sentir. Incluso yo mismo.
Las fuerzas flaquean. La mente, ausente, se deja llevar por algo más que la voluntad. Pero continúa consciente.
En ocasiones basta encontrarse inmerso en una situación crítica para mostrar lo que el desánimo o la pesadumbre ocultan en épocas de placidez. Sigo adelante.

La mirada perdida, como yo, intenta mentirme mostrándome lejanas sombras oscuras. A medida que me aproximo se convierten en árboles, arbustos, al parecer fuera de lugar, pero milagrosamente vivos. Me suenan tales palabras.
Vienen a mi cabeza esperanzas en forma de oasis, pequeños edenes que salpican los inmensos arenales, colocados caprichosamente, como casualidades entre penurias.

Entre tropiezos llego a ella, confirmando que no se trata de una ilusión, como tantas otras que hubo y se esfumaron.
Su sombra es un abrazo, el agua recorriendo mi piel una caricia. Beber estando sediento es como escuchar palabras de comprensión en momentos de desesperación, que apaciguan cuanto quema en tu interior. Descanso.

Cae la noche, trayendo consigo el frío, imperturbable incluso aquí, en medio del desierto.
La frialdad, vieja conocida, se aposenta a mi lado, dispuesta a seguirme allá donde vaya. Quizá algún día logre dejarla atrás.
Temblores. No provocados por el miedo, como antaño.
El sueño me vence, ayudado por el cansancio. Aquí no existen noches en vela.

El alma, ya calma, reposa, levitando sobre mi ser, observando lejanas estrellas ya extinguidas, pero cuya luz todavía se deja ver en nuestras retinas, recordándonos que existieron.
Aún así, me duele. Demasiado.


Al poco, un sonido conocido me saca de un profundo sopor, algo cálido recorre mis mejillas, en silencio.
Mis gemidos, ahogados, continúan cuando abro los ojos, llorosos.

Despierto, sediento,
perdido en un desierto
sin granos de arena,
vagando sin rumbo,
divagando sin sentido,
rendido a una condena
que se hace eterna.





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