En esta semana he sido testigo y objeto de una experiencia curiosa que me gustaría compartir con vosotros. Os pongo en situación: todos hemos tenido y tenemos sueños mientras dormimos. Sueños de cualquier índole, eso da igual. Y es de sobra sabido que, cuando estamos soñando, el sueño parece la más pura realidad (esta idea aparece muy bien representada en la película "Origen").
Pues bien, esta semana he experimentado un cambio respecto a mis sueños. Más concretamente, respecto al abandonarlos. Me explico: el martes soñé, por ejemplo, que me mataban. Una muerte de lo más simple, acribillado a tiros en un callejón. Moría desangrado. Pero, en mi mente, no lo experimenté como una pesadilla. Lo viví con curiosidad. Con un poco de pena. Como si estuviese viendo una película. Resignación a la muerte. Porque tenía que decidir si salvarme yo o salvar a la persona que más amo en el mundo. Y yo, por ser como soy, opté por la última opción. Y mi "yo" espectador sonrió, complacido. Y me sumergí en otro sueño, el sueño eterno.
Pero lo importante, lo verdaderamente importante, es mi reacción al despertar. Se suele decir que, cuando contemplas tu propia muerte en un sueño, te sueles despertar agitado y angustiado, temblando. Pues bien, aquí me pasó todo lo contrario. Me levante absolutamente tranquilo y sereno. Mas lo curioso fue la reacción de mi mente: le costó entrar en la "realidad". ¿Qué quiero decir con esto? No es fácil de explicar, pero mi mente tardó un rato en recomponer la "realidad" y dejar de lado el "sueño". Tuve incluso que hacer un inventario: "No, no estoy muerto. Sigo vivo, estoy estudiando, hoy tengo clase de griego y después tengo que ir al ensayo... a las 4...con Diego, Álvaro, María, David y Luis."
Es una cosa muy rara y seguramente no me hayáis entendido por completo lo que quiero decir. No os culpo. Es una de estas cosas que sólo entiendes cuando te pasan. Lo curioso es que me lleva pasando toda la semana. Otro caso: soñé con una ciudad eterna. De vivos colores y puentes de aire, donde el suelo era una especie de nube rosada y los edificios, altos y blancos. Pequeñas estrellas brillaban por toda la ciudad. Era muy hermoso. Y entonces me desperté. Y, nuevamente, el convencimiento: "No, eso no existe. Estoy en Pozuelo, Madrid, y todo lo que hay son carreteras llenas de coches, aceras sucias y mucha gente; con edificios en su mayoría feos."
Así que... ¿por qué a mi mente le cuesta tanto volver a enmarcame en esto que llamamos "realidad"? ¿Por qué insiste en retener todo lo que he "soñado"? ¿No será,oh amigos, que la realidad es sueño y el sueño es realidad? ¿No será, insisto, que le cuesta volver a situarse igual que le cuesta volver a dormirse? ¿Qué diferencia hay entre el sueño y la realidad? ¿Qué es cada cosa? ¿En qué se diferencian... si se diferencian en algo? La realidad podría ser perfectamente lo que llamamos "sueño", y en ese caso seríamos dioses. Porque, en los sueños, cada individuo puede generar cualquier cosa: se convierte en el Creador. El poder de la mente es tal que puede crear un mundo completamente aparte del "mundo común", un mundo único y en continua renovación para cada individuo. Eso es lo maravilloso de los sueños: nos permiten convertirnos, por unas horas, en dioses.
Sin duda uno de los temas mas apasionantes y misteriosos de la existencia. No creo que nunca jamas se lleguen a descifrar del todo
ResponderEliminar