miércoles, 4 de mayo de 2011

Helena de Troya

La más bella criatura que bañó la luz del sol. La doncella más hermosa de toda la Historia de la Humanidad. Y recibió el amor de Paris de Troya. Un joven que ni le iba ni le venía. Éste era el príncipe de la ciudad, y por una decisión divina le correspondió el amor de la más bella de las mortales. ¡Qué magnífica suerte la suya! Pero, para su desgracia, la bella Helena ya estaba casada. Menelao, rey de Esparta, era su esposo. Pero, ¿acaso hay fuerza más poderosa que el amor? Ciertamente, Helena fue víctima de su destino. Ella no eligió a Paris, Paris no la eligió a ella. Simplemente... se conocieron. En una cena para celebrar la paz entre Esparta y Troya, los príncipes Héctor y Paris viajaron a la ciudad de los lacedemonios. Y allí... Paris vio a Helena. Cuando los barcos troyanos partieron de nuevo hacia su patria, Paris llevó a Helena consigo. Su hermano Héctor no lo aprobó, pero continuó el viaje hasta Troya, dolido por la decisión de su imprudente hermano y presintiendo las fatídicas consecuencias de su acción.
Menelao, por su parte, al descubrir la huida de Helena, marchó a Micenas. Allí pidió venganza por el ultraje a su hermano Agamenón, el rey. Éste hombre, viendo en Helena la excusa perfecta para atacar la largo tiempo anhelada Troya, accedió. Reunió una gran flota, como el mundo jamás vio, formada por todos los griegos (unidos bajo un antiguo juramento).  Así armado, marchó a atacar Troya.
Mientras tanto, Helena vivía junto a Paris en su ciudad la vida de esposa del príncipe. Su amor ardiente le impedía pensar en las consecuencias que su acción acababa de desencadenar, pues los dioses habían estipulado que así sucedieran los acontecimientos.
Los griegos arribaron a las costas de Troya y, tras una larga guerra que duró 10 años y en la que cayeron muchos héroes de gran renombre, Agamenón burló las murallas y entró en la legendaria ciudad. Paris había caído en combate, al igual que casi todos los troyanos de la casa real, por lo que Helena había quedado sola.
Menelao encontró a su antigua esposa en los aposentos de Paris. Desenvainó la espada para matarla y quedar vengado definitivamente de su ultraje. Pero, bien a causa del forcejeo o bien por astucia de la doncella, el caso es que su peplo cayó al suelo. Menelao, al presenciar la figura más bella del mundo, no pudo alzar el brazo que había matado a tantos hombres. Su espada cayó al suelo y volvió con Helena a Esparta, donde la joven vivió incompleta hasta el fin de sus días, pues su gran amor en el mundo había caído en las arenas de Troya por un juego del destino.

 

2 comentarios:

  1. Y Helena no se sintió sólo incompleta sino también culpable. Tú lo sabes, yo lo sé. Todos contentos. =)

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  2. Culpable de un juego maldito del destino?
    Lo dudo

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