Supongo que tengo que escribir esto. Tarde o temprano tenía que hacerlo. Yo. Deciros quién soy, cómo soy. Algunos decís conocerme, otros creéis conocerme. Son escasos los que me conocen de verdad. De hecho, creo que ni yo mismo me conozco del todo. Bueno, pues estoy aquí para contaros lo que sé de mí. Para presentarme. Al que no le interese saberlo, que no lo lea. Ya está bien de querer complacer siempre a todo el mundo, joder. Bien… ¿por dónde empezar? No os voy a poner aquí una biografía detallada, porque entiendo que pueda ser un coñazo. No lo sería si hubiese intentado desde un primer momento exprimir la vida al máximo, como si fuese una naranja a la que debes sacarle todo el jugo para, después, arrojarla a la basura. Bonita metáfora, ¿eh? Ésa es nuestra vida. Una naranja que gira sobre el exprimidor incansablemente, con los malos momentos incluidos en forma de pipas. Gira y gira lentamente (lentamente para nosotros, claro) hasta que, extraído todo el jugo, la cáscara es arrojada a la basura, al olvido. Lo que queda de nosotros, de lo que fuimos, es arrojado a la tierra. Pero basta de hablar metafóricamente, pues no todo el mundo lo entenderá. Qué mala suerte, ¿verdad? ¡Jajajajajajaja! Si, es una pena. Pero lo que iba: yo. Me presento: ya lo he hecho en otro escrito, que ahora no recuerdo. ¿En mi “Protocristianismo”, tal vez? Bueno, con toda probabilidad no importa. Lo haré de nuevo.
Mi nombre… bueno, ni yo me aclaro con eso. ¿Qué importa el nombre de una persona? Lo deciden sus padres cuando nacen, porque él no tiene capacidad argumentativa para decidir cómo quiere ser recordado. Pero eso da igual, el nombre es lo de menos. Yo mismo no he conseguido aclararme. ¿Qué cómo me conocen todos? César. Así me llaman. Caprichos del destino, mi abuelo se llamaba así y mi tío se llama así. La estirpe nominal. ¡Já! Eso da igual. Pero… quedarme con ese nombre me parecía muy pobre para una sola vida. ¿Un nombre, una vida? ¡NO! Lo siento, pero no me convence. ¿Cuántos pseudónimos he adoptado ya? Rasek… Zaratustra… Lord… Baldr… Paris… y Dionisio. Así me autodenomino aquí, así debéis llamarme. ¿Qué por qué? Muy sencillo. Amo la vida, la vitalidad, los instintos más básicos del hombre. Considero que el hombre es OTRO animal. A veces mejor, la mayoría de las veces peor, que el resto de los animales. Que tiene instintos, instintos que no puede negar por mucho que se esconda detrás de un traje y una corbata. E intento que el ser humano encuentre de nuevo sus raíces primitivas, esas de las que reniega. Porque, al hacerlo, se está negando a sí mismo. Y no hay nada más deshonroso. Bueno, sí. Sólo una cosa. Decidme, ¿defenderíais a vuestros amigos? Supongo que la inmensa mayoría habréis dicho que sí. Ahora decidme, ¿les defenderíais… aunque ello significase vuestra muerte?
Mmm….
Bueno, sólo pensadlo. Abandonar a un camarada es la peor de las acciones. La hermandad de la costa tiene esto muy claro: si un camarada abandona o, peor, traiciona a su compañero… merece la muerte. Y nadie lo rebate. Deben apoyar, defender y proteger la vida de su camarada a toda costa, AUNQUE PARA ELLO DEBA JUGARSE LA VIDA. Pero bueno, es sólo un consejo. Haced lo que consideréis.
Ésa es una de las más importantes lecciones vitae que se pueden dar (parece que mi sueño educativo vital ha empezado sin darme cuenta jajajaja): a los compañeros no se les abandona por nada del mundo. Pero esto da igual. Ya tendré tiempo de enseñar, lo prometo. A lo que iba… mi nombre, Dionisio. ¿Mi propósito? Je… Bueno, supongo que ya lo sabéis. Podéis leerlo en algún texto que tengo por ahí abajo. No me acuerdo en cuál, jajajajajajaja… ya no me acuerdo ni de lo que escribo. En fin, qué más da. En realidad, la razón por la que escribo esto es porque hay mucha gente que se preocupa por mí, por mi futuro y que no entienden que me importe tan poco el aspecto académico. Os agradezco la preocupación, pero esto es así y no voy a cambiar. Os diré por qué:
Yo, Dionisio, amo la vida. Pero tengo la constancia de que, tarde o temprano, la muerte llegará. ¿Cuándo? No lo sé. Pero podría ser mañana mismo. ¿Y qué hago? Si me preocupo de estudiar, de labrarme un futuro y conseguir todo lo que un hombre respetable desea para tener una vida feliz… y resulta que caigo dentro de poco, ¿de qué me servirá todo eso? ¡De nada! Todos mis esfuerzos y sacrificios no habrán servido de nada. Sí, tendré un título… pero no habré sido feliz. Sentiré, en el momento de mi muerte, que he echado mi vida por la borda, que no la he aprovechado. Y es por eso que intento aprovecharla y disfrutar cada día que pasa. Es de sobra sabido que cuando a una persona le diagnostican una enfermedad terminal, el médico le recomienda que viva, que viva al máximo, que no se prive de nada. Que APRENDA a vivir. Y yo digo, ¿acaso la muerte no es la enfermedad terminal que el médico de la vida no puede curar? ¿Acaso no todos los seres humanos estamos condenados a sufrir esa enfermedad? ¿Por qué no vivir la vida al máximo antes de que llegue esa enfermedad? ¿Por qué esperar a que nos diga un tío de bata blanca que vivamos al máximo? ¿Acaso no podemos? ¿Acaso tenemos MIEDO? Es de valientes enfrentarse a la vida tal y como se presenta, cogerla por los cuernos y decirle: "tiembla, compañera: aquí estoy".
Muchos de vosotros creeréis que esto no es más que un sueño infantil, una tontería, que con ésto no se va a ninguna parte. Permitid que os corrija: claro que se va hacia alguna parte. Hacia la tumba. Qué miedo, ¿no? La muerte... esa gran desconocida. Pues que sepáis, gente que esté leyendo esto, que estoy dispuesto a llevar mi vida HASTA LA MUERTE. Y no me voy a echar atrás. Me da igual lo que los demás quieran hacer o imponer sobre mí, yo soy el dueño de mi destino. A nadie más que a mí le importa mi vida, y pienso vivirla al máximo. Aunque eso me lleve a la muerte, al menos seré feliz pensando que, mientras viví, lo hice como yo decidí hacerlo. No soy un simple chico que no sabe lo que dice, que no tiene futuro. No. El futuro, de entrada, no existe. Siempre es presente. Presente... una y otra vez. Eterno retorno. Vive, vuelve a vivir, sin descanso, pum, pum, pum... Las campanas vitales comienzan a repicar. Se acerca el ocaso de la vida dialéctica. Despierta el hombre. Dionisio.

Muchos de vosotros creeréis que esto no es más que un sueño infantil, una tontería, que con ésto no se va a ninguna parte. Permitid que os corrija: claro que se va hacia alguna parte. Hacia la tumba. Qué miedo, ¿no? La muerte... esa gran desconocida. Pues que sepáis, gente que esté leyendo esto, que estoy dispuesto a llevar mi vida HASTA LA MUERTE. Y no me voy a echar atrás. Me da igual lo que los demás quieran hacer o imponer sobre mí, yo soy el dueño de mi destino. A nadie más que a mí le importa mi vida, y pienso vivirla al máximo. Aunque eso me lleve a la muerte, al menos seré feliz pensando que, mientras viví, lo hice como yo decidí hacerlo. No soy un simple chico que no sabe lo que dice, que no tiene futuro. No. El futuro, de entrada, no existe. Siempre es presente. Presente... una y otra vez. Eterno retorno. Vive, vuelve a vivir, sin descanso, pum, pum, pum... Las campanas vitales comienzan a repicar. Se acerca el ocaso de la vida dialéctica. Despierta el hombre. Dionisio.

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