Su amado la ha abandonado por una orden divina.
La orden... me es favorable.
Abandonada en mi isla, lamenta su suerte y maldice a su Teseo.
El barco en el que el héroe viaja se pierde en el horizonte, sin vuelta atrás.
Triste, sola, abandonada y desesperada, se recosta contra uno de los numerosos árboles de la isla.
Suspira y se pone a llorar.
Las blancas lágrimas caen por su ceniciento rostro.
Sus suaves, delicados, y bellos rasgos se convulsionan, mientras se sume en sollozos ante la perspectiva.
Está sola en la isla, abandonada por aquél a quien ha amado.
Yo la observo, oculto, desde los matorrales.
Sonrío para mis adentros.
Y entonces aparezco.
El séquito de sátiros baila alrededor de mi dorado carro.
Tocan flautas y cantan mientras acompañan las danzas de las ninfas.
Dos tigres tiran mi carro mientras que yo, sonriente, alzo en el aire una copa de vino.
La bella doncella queda perpleja ante tal espectáculo.
Un carro de plata pura es conducido hacia ella.
Yo, con un gesto de cabeza, le indico que se siente.
Ella, aún perpleja, obedece.
Yo la amo.
Ella a mí también, aunque todavía no lo sabe.
El destino quiere que estemos juntos.
Ella, Ariadna, princesa de la isla perdida, se convertirá en mi esposa.
Unos querubines le colocan en la cabeza una dorada corona.
Sonríe.
Yo sonrío con ella.
Ya nada podrá separarnos.
Pues no todos somos Teseos, que después de matar minotauros damos la espalda a quien nos ayudó.
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