Los dos
amigos recorrían una gran pradera, a las afueras de la ciudad de Elkin. El sol brillaba
en el cielo con toda su fuerza y las espigas de trigo relucían. Los dos jinetes
charlaban.
-…y
entonces vi en tus ojos que te lo ibas a cargar. ¿Por qué no lo hiciste? No
digo que matarle hubiese sido la mejor de las ideas, pero parecías muy
decidido…
Altair
no contestó.
-Vale,
veo que no es asunto mío. Entonces cambiemos de tema: ¿sabes por qué estamos
aquí?
-Claro.
Vamos a cruzar el Gran Puente para llegar a Atalántica.
-¡Bingo!
Dentro de poco llegaremos al Puente. Una vez lo crucemos, lo único que tenemos que hacer es…
Nadie
supo nunca qué era lo único que tenían que hacer, porque en ese momento un
guerrero apareció ante ellos. Los jinetes se detuvieron, cautos. El guerrero llevaba
la cabeza rapada y una larga perilla marrón de chivo. Vestía un calzón corto
rojo y dos espadas pequeñas y curvas enfundadas a la espalda. Era alto y
bastante musculoso, con una cicatriz en la cara de parte a parte.
-¡Alto,
forasteros! ¡No podéis pasar por aquí!
-¿Y
quién lo dice? -preguntó Witt.
-¡Lo
dicen los Dioses y lo digo yo!
¡Demonios, que insolencia!
-Y, ¿tú
eres…?
-Mi
nombre es Kratos, guerrero espartano.
-¿Espartano?
¿De Esparta? Pensé que esa civilización se había extinguido.
-¡En
efecto, se extinguió! -exclamó el guerrero- ¡Pero un espartano sobrevivió! ¡Yo!
-Enhorabuena,
Kratos. -dijo Witt.- Pero tenemos algo de prisa. No podemos quedarnos aquí
hablando y felicitándote por tu proeza.
-¿Hacia
dónde van?- preguntó el hombre.
-A
Atalántica. Y para eso, debemos cruzar por el Puente. Tengo entendido que está
cerca de aquí.
Kratos
rió con voz grave
-Sí, en
efecto, está a pocos metros. ¿En serio quieren cruzar el Puente? ¿Para llegar a
Atalántica?
-No es
que queramos, es que debemos.
-No
hace falta que les cuente todas las historias y leyendas que corren acerca de
ese territorio, seguro que las conocen… de la gente que fue y que nunca volvió…
por no hablar de lo que dicen sobre monstruos que habitan esos parajes… monstruos
que incluso a la imaginación le costaría representar. Pero mi trabajo no es
asustar a los viajeros. Mi trabajo es otro: ¿saben qué hay ahí abajo, entre las
aguas?
-Pues… -Witt
y Altair se miraron.
-No, no
lo saben. -negó Kratos con la cabeza.- Pobres incautos.
-¿Qué
hay aparte de, supongo, peces? -preguntó Altair, curioso.
Kratos
les miró con sus ojos marrones y dijo:
-Esta
tierra está recortada por un inmenso acantilado, que es el que venían bordeando
ustedes. Bajo las aguas de esta aparentemente apacible extensión se esconde una
criatura terrible. Uno de los monstruos más peligrosos jamás registrados por el
hombre. Hace poco que ahí abajo habita… una hidra.
-¿En
serio?
-Absolutamente.
-Eso es
imposible. -dijo Altair.- Las hidras son seres mitológicos.
-¿Eso
es lo que crees, genio? -le preguntó Kratos con sorna.- Tú eres un Elfo, si no
me equivoco. Y tu acompañante es un Ángel. En tiempos anteriores al Cataclismo
se os consideraba también seres mitológicos. Y, sin embargo, aquí estáis.
-Bien,
de acuerdo. -admitió Witt, sorprendido de que les tratase de pronto con tanta
cordialidad.- Incluso aunque de verdad las hidras fuesen seres reales,
necesitaría una enorme cantidad de agua para subsistir.
-¿Sabes
dónde está situado el Gran Puente, acaso? Anda, ignorantes de la vida, echad un
vistazo. -le invitó Kratos.
Altair y
Witt bajaron de los caballos y se acercaron al Gran Puente que, en efecto,
estaba a pocos metros. Quedaron atónitos. El Puente, de piedra rojiza y de 20
metros de ancho por lo menos se extendía hasta donde alcanzaba la vista, e
incluso se perdía en el horizonte. Bajo él, al fondo del precipicio donde se
encontraban, chocaban contra las afiladas rocas las olas de un inmenso océano.
-El
Océano Atalántico.- dijo Kratos.- Cuenta la leyenda que en él habita la Diosa
Zule, aunque estos terrenos pertenecen al Dios Elkin.
-Si la
Diosa Zule vive en este océano,- dijo Altair.- ¿la hidra no será su mítico
compañero, Rakastán?
-Sé
distinguir una hidra normal y corriente de un dragón marino de origen divino, Elfo.
-se ofendió Kratos.
-Bueno,
y aunque haya una hidra viviendo ahí abajo –dijo Witt.- ¿Por qué no podemos
pasar? No nos molesta.
-La
cuestión no es que os moleste a vosotros, sino que vosotros le molestáis a
ella.- dijo Kratos.- Si intentáis cruzar el Puente, os devorará.
-Así
que tiene esa fea costumbre… ¿Y nadie ha podido matar a la hidra? -preguntó
Altair.- Se acabaría el problema…
-No. Y
te diré por qué. Si hay una hidra aquí, es porque la Diosa Zule así lo quiere.
Si la matásemos, la Diosa se enfurecería; con consecuencias desastrosas para
todos nosotros. De todas maneras, algunos imprudentes han querido eliminarla. Pero
el monstruo marino los devoró a todos. Por eso, se me ha elegido Guardián del
Puente. Para evitar que la hidra devore a nadie más. Y por eso entended que no
os puedo dejar pasar.
-Lo
entendemos. No obstante…
Altair
se interrumpió porque, en ese momento, un niño de unos 15 o 16 años llegó
corriendo y se agarró al brazo de Kratos.
-¡Ah! Éste
es mi hijo, Sheikutensen.
El
chaval tenía el pelo moreno y largo, recogido en una coleta. Vestía una
camiseta de manga corta, un pantalón largo y unas botas, todo de color marrón. Parecía
asustado.
-¿Qué te
pasa, hijo? ¿Qué ocurre?- le preguntó Kratos.
-Padre,
¿quiénes son esos?
Sheikutensen
señalaba un grupo de individuos que le seguían a escasos metros. Caminaban
lenta y pesadamente, con un aspecto lamentable. Demasiado lamentable.
-¡Por
el tridente de Poseidón! -gritó el espartano- ¡Es el ejército de Hades! ¡Nos
invaden!
Un buen
puñado de muertos vivientes desastrosamente vestidos avanzaban hacia ellos. Altair
y Witt sacaron sus armas, pero Kratos los frenó.
-Lo
siento, pero esto es cosa mía. No os involucréis.
Luego
miró a su hijo y le dijo:
-Sheikutensen…
nunca antes te había dicho algo así, pero no creo que haya un momento mejor: si…
si caigo en batalla te marcharás de estas tierras, ¿de acuerdo? Ya nada te
retendrá aquí, así que te irás para siempre. Esta tierra ya no puede darte un futuro.
Así que vete. Vete lejos, vive aventuras y sé un gran hombre. Honra a los
espartanos. Sé que harás que me sienta orgulloso. Serás el último descendiente
de nuestra estirpe, así que crece sano y fuerte, y ten muchos hijos. Vive de
acuerdo al mandato de los Dioses y, sobre todo, nunca te rindas ante ninguna
adversidad. Nunca bajes los brazos, por muy difícil que sea la situación. Que
tu voluntad de fuego nunca se apague. Utiliza lo que te he enseñado en estos
años, te será de gran ayuda. Sé justo contigo mismo y con los demás, llega a
amar a los tuyos y protégelos con tu vida. ¿Me lo prometes?
El
chico le miraba muy serio. Una lágrima cayó por su mejilla.
-Si,
papá. Te lo prometo.
El
guerrero espartano miró a su hijo sonriendo con tristeza.
-Estupendo.
También me gustaría que te llevases mis espadas. Yo… ya no las necesitaré… ¿Lo
harás?
-Claro,
padre, cuenta con ello. Pero recuerda que este juramento sólo tomará valor el
día que mueras.- rió Sheikutensen.
Kratos
le sonrió con infinita tristeza y, a pasos pesados, avanzó hacia los guerreros
muertos y se plantó frente a ellos en actitud de combate. Desenvainó sus
espadas y comenzó a pelear.
Witt y
Altair quedaron asombrados, pues las espadas iban enganchadas a cadenas de
fuego, y ardían conjuntamente sin quemar a Kratos. Muchos enemigos se abrasaron
y otros fueron decapitados, por los que sus cuerpos inertes y carbonizados cayeron
al suelo. Kratos luchó valientemente haciendo unos movimientos magníficos: saltaba,
rodaba, giraba… y sobre todo, mataba.
Pero al
final, sus enemigos le rodearon. El círculo se iba estrechando a su alrededor.
Los guerreros sonreían con maldad. Kratos miró a su hijo. Sheikutensen estaba
llorando, comprendiendo al fin la situación de su padre. Entonces él sonrió.
Con un
rápido movimiento sacó de una pequeña bolsa que llevaba colgada de la cintura
la cabeza de la legendaria Medusa, la Gorgona[1].
Todos sus enemigos quedaron petrificados y sus cuerpos de piedra cayeron al
suelo por inercia, rompiéndose en pedazos.
Kratos
se limpió el sudor de la frente, con el brazo, aliviado, pero de repente; en el
suelo se formaron numerosos y pequeños agujeros negros en espiral. Y de ellos
salieron un gran conjunto de diversas criaturas. Todas ellas monstruosas, sin
forma determinada y de color negro grisáceo.
Kratos volvió
a prepararse y luchó contra todas ellas
de forma nuevamente implacable. Todos probaron la furia de Kratos, el de
ardientes espadas.
Finalmente,
se alzó victorioso entre los cadáveres de los enemigos y envainó las espadas.
Tenía algunos golpes y arañazos repartidos por su cuerpo, y la sangre caía por
sus piernas, brazos y cara. Pero Kratos sonreía, tranquilo tras haberse hecho
con la victoria.
-¡Bravo,
papá! ¡Así se hace! -exclamó Sheikutensen, feliz.- ¡Sabía que no acabarían
contigo tan fácilmente, lo sabía!
Altair
y Witt también respiraron, aliviados.
Pero en
ese momento, justo encima de sus cabezas, en el cielo apareció otro agujero
negro en espiral, por donde descendió un monstruo cuadrúpedo alado bastante
grande, parecido a un puma monstruoso. Tenía el pelaje corto, de color marrón,
y dos enormes colmillos. Se quedó mirando a Kratos de malas maneras, flotando a
escasos metros de su cabeza y enseñando sus enormes y afilados dientes,
gruñendo. El espartano suspiró, agarró de nuevo sus espadas y se preparó. Saltó
sobre el monstruo y le agarró por sus puntiagudas y gigantescas orejas. Kratos cortaba el cuerpo
del monstruo con sus espadas incandescentes, y la sangre brotaba del animal
como si fuera una fuente. El gigantesco cuadrúpedo aullaba de dolor y se
sacudía en el aire, intentando morder a Kratos. Finalmente, el monstruo
consiguió tirarlo al suelo. Kratos rodó por el suelo y se levantó de un salto
hacia atrás, justo para evitar que los grandes colmillos del animal le
alcanzasen.
-¡Atrás,
maldito Demonio! -gritó Kratos.- ¡Regresa a la sombra!
El
monstruo alado le respondió con un fuerte rugido y atacó a Kratos de un
zarpazo. El espartano lo esquivó y movió una de sus espadas, que su enemigo
detuvo con sus patas. A partir de ese momento, tanto uno como otro intentaron
sobreponerse a su rival, pero ambos estaban muy heridos. Kratos saltaba de un
lado a otro intentando encontrar un punto flaco en la defensa del demonio, y
éste intentaba atrapar al espartano con su boca o con sus garras.
En una
de esas, el demonio cuadrúpedo consiguió golpear a Kratos con una de sus
garras. El espartano salió rodando precisamente por el Gran Puente. El monstruo
lo alcanzó antes de que el guerrero pudiera levantarse. Pero, debido al
impulso, ambos se cayeron por el enorme y kilométrico precipicio, al agua.
-¡Padre!-
gritó Sheikutensen.
-Oh,
no…. -dijo Altair.
-¡Vamos!
-gritó Witt.
Altair
cogió al muchacho por la cintura, se subió de nuevo al caballo y salió al
galope detrás de Witt. En cuanto llegaron al Puente, bajaron de un salto del
caballo y se asomaron al abismo. En ese momento, una criatura inmensa, parecida
a una serpiente, surgió de las profundas aguas con un rugido. Su enorme cuerpo
serpenteante y verde se sacudió, desencadenando olas inmensas que chocaron
contra las rocas del acantilado. Cuando Kratos y su enemigo llegaron a la
altura del gigantesco saurio, la hidra abrió sus enormes fauces y se los tragó.
-¡NOOOOO…..!
-gritó Sheik.
Altair
y Witt intentaron matar a la hidra a base de flechas. Altair dejó a
Sheikutensen agarrado al cuello del caballo mientras utilizaba un arco traído
de Fendor, de madera de sauce. Sus flechas eran delgadas, de madera, y con
punta de hierro. El arco de los Elfos de Fendor permitía lanzar las flechas más
lejos y más fuerte de lo normal. Por su parte, el arco de Witt constaba de las
dos espadas, unidas. Sus flechas eran energía pura de Paluthena, de color azul.
Tras dispararlas, las flechas recorrían el espacio hasta su objetivo a la
velocidad de la luz. Pero ninguno de los dos tipos de flecha hacía mella en el
enorme animal. Pero la hidra, molesta por las flechas, decidió averiguar quién
se atrevía a picarla. Se alzó tanto y alargó tanto su cuerpo que su cabeza
quedó a la misma altura del Puente y, por tanto, a la misma altura que Altair, Witt
y Sheikutensen. Los dos adultos dejaron de tirar flechas, admirados ante aquel
majestuoso y gigantesco animal. Los caballos se agitaron, nerviosos. La hidra
les miró con sus enormes ojos amarillos. Sus escamas verdes brillaron al sol.
Entonces rugió. Tenía más dientes que un cargamento de ajos: tres filas
afiladísimas del tamaño de un hombre adulto.
Altair sacó
rápidamente otra flecha y disparó. Esta vez, la flecha se clavó en el ojo de la
hidra y el animal, lanzando un aullido de dolor, se adentró de nuevo en las
profundidades oceánicas.
El Elfo
se puso la mano en el pecho, mostrando respeto por el guerrero caído. Le puso
la mano en la cabeza a Sheikutensen, que lloraba a lágrima viva; con la vista
fija en las todavía agitadas aguas. El chico se derrumbó de rodillas sobre la
piedra rojiza del Puente. Dicen que su llanto se pudo oír en Elkin, y que las
montañas llevaron ese lamento de un lado a otro, meciéndolo en el viento.
-Que Paluthena
lo acoja en su seno. -murmuró Witt con la cabeza gacha.
[1] En la mitología griega, la
Gorgona de nombre “Medusa” fue una muchacha que, orgullosa, se atrevió a decir
que su belleza superaba a la de la diosa
Afrodita. Ésta, furiosa, convirtió a Medusa en Gorgona: una criatura con cuerpo
de mujer y à
cabellos de serpiente, cuya mirada tenía el poder de petrificar a quien la
mirase. Fue el héroe Perseo quien le cortó la cabeza y se la entregó a la diosa
Atenea como regalo para que adornase su escudo. El cómo ha llegado este trofeo
a manos de Kratos es un misterio.
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