La
noche había caído hacía tiempo. El fuego de la hoguera crepitaba, y a su
alrededor se habían sentado los tres. Sheikutensen estaba callado, con la
mirada perdida en las llamas, y no quería comer la escasa caza que habían
conseguido. Altair y Witt le examinaban de arriba abajo, con curiosidad. El
chico era bajito, pero de constitución fuerte. Sus ropas marrones reflejaban el
brillo del fuego, y sus ojos del mismo color brillaban debido a las lágrimas
derramadas.
-Vas a
tener que comer algo, chico.
-No… no
tengo hambre.
-Mira,
a partir de ahora vas a tener que ganarte la vida, ¿entiendes? Si no comes,
mañana no tendrás fuerzas ni para moverte. Tu padre ha caído ante los Demonios,
y ya no va a poder encargarse de ti…
-¡He
dicho que no quiero! -gritó Sheikutensen.
-Joder
con el niño, qué…
-¡Silencio,
Witt! -le cortó Altair.
-¿Qué?
¿Qué pasa?
-He
oído algo…
-¿Qué
es? -preguntó Sheikutensen.
El
rostro de Altair se ensombreció.
-Lobisomes.
De los
arbustos que les rodeaban, antes tranquilos, surgieron cinco monstruos con
cuerpo de hombre y cabeza de lobo. Todos
llevaban un taparrabos marrón. Sus cuerpos estaban ligeramente cubiertos de
pelo, pero eran cuerpos humanos. Aunque sus cabezas eran completamente de lobo:
había uno con la cabeza negra, otro con la cabeza gris, dos con la cabeza
marrón y el último con la cabeza blanca. Todos tenían los ojos rojos y dientes
afiladísimos, con largos hocicos. Llevaban siguiendo al trío desde que dejaron
el Gran Puente y habían estado esperando el momento adecuado. Y estaban
hambrientos.
Altair
sacó su espada y su escudo, Witt sacó su arco, que lo convirtió en dos espadas
al dividirlo por la mitad y Sheikutensen sacó unas afiladas agujas de su
cinturón.
-¿A dónde
vas con eso? -le preguntó Altair.
-A
hacer calceta, no te digo… -dijo el chico.- A pelear, claro.
-¿Cómo?
Ni de coña, quédate detrás de algún arbusto y no te muevas de ahí.
-¿Qué?
¿Esconderme? ¿Mantenerme al margen de una batalla? ¿Y qué pasa con mi honor? De
eso nada, yo me quedo.
-¡Pero
si eres un crío!
-¡Soy
espartano! -gritó el chico.
-¡Felicidades!
¡Pero no sabes luchar!
-¿Ah,
no? ¡Vas a ver!
Entonces,
dando un grito, se abalanzó sobre tres de los cinco monstruos. Ellos abrieron
su boca llena de dientes para meterle un buen mordisco. Pero éste levantó el
brazo y descargó con todas sus fuerzas las agujas sobre sus mandíbulas de las
criaturas.
Los
hocicos amputados de los monstruos cayeron al suelo derramando sangre. Los
lobisomes se quedaron (sin mandíbulas) totalmente asombrados ante la rapidez de
aquel humano. Sheikutensen lanzó sus agujas contra el pecho de los tres
monstruos, que cayeron fulminados sin salir de su asombro.
Altair
y Witt se tiraron cada uno a por los lobisomes que quedaban, admirados ante el
valor de aquel chaval de 16 años. Altair rebanó a uno como un salchichón a una
velocidad de vértigo. El filo de la espada del elfo y sus ropas se mancharon
por completo de sangre de lobisome. Witt le cortó a otro las manos, pero éste
pudo alcanzarle con un mordisco. Witt se separó de él dando un grito y
agarrándose el brazo herido, mientras el lobisome se preparaba para tirarse
encima de él; sin importarle la sangre que caía por sus miembros amputados.
Sólo necesitaba la boca para matar y comer. Pero Sheikutensen se giró
rápidamente y arrojó una aguja que se clavó en la espalda del lobisome. Los
cinco monstruos, a pesar de su superioridad numérica, cayeron ante el grupo.
-Vaya…
enhorabuena, chico.- le felicitó Altair.- Estaba equivocado.
Sheikutensen
se había retirado a dormir sin probar bocado, después de su hazaña con los
lobisomes. Altair había dado una pomada a Witt en la herida y le había vendado
el brazo. Ahora ambos, frente a la hoguera, no le quitaban el ojo de encima al
chico.
-Impresionante…
-¿Dónde
crees que aprendió a luchar así?
-No lo
sé, pero tras haber visto cómo pelea su padre la verdad es que no me sorprende.
-Sí…
quizás nos sea de ayuda, después de todo.
-No te
confíes, Altair. Aunque el chico sea un espartano, sigue siendo un niño.
Nuestro problema es mucho mayor de lo que este muchacho puede soportar. Debemos
ir a Atalántica solos. Dejaremos a Sheikutensen aquí en cuanto amanezca.
-¿Y lo
que le dijo su padre de que abandonase estas tierras?
-Que lo
haga. Pero por su cuenta.
No sería yo quien llevara el arco que se convierte en dos espadas. No parece un arma muy fiable.
ResponderEliminarSe supone que sabe utilizarlo XD
ResponderEliminar