viernes, 9 de noviembre de 2012

Capítulo IV


La noche había caído hacía tiempo. El fuego de la hoguera crepitaba, y a su alrededor se habían sentado los tres. Sheikutensen estaba callado, con la mirada perdida en las llamas, y no quería comer la escasa caza que habían conseguido. Altair y Witt le examinaban de arriba abajo, con curiosidad. El chico era bajito, pero de constitución fuerte. Sus ropas marrones reflejaban el brillo del fuego, y sus ojos del mismo color brillaban debido a las lágrimas derramadas.
-Vas a tener que comer algo, chico.
-No… no tengo hambre.
-Mira, a partir de ahora vas a tener que ganarte la vida, ¿entiendes? Si no comes, mañana no tendrás fuerzas ni para moverte. Tu padre ha caído ante los Demonios, y ya no va a poder encargarse de ti…
-¡He dicho que no quiero! -gritó Sheikutensen.
-Joder con el niño, qué…
-¡Silencio, Witt! -le cortó Altair.
-¿Qué? ¿Qué pasa?
-He oído algo…
-¿Qué es? -preguntó Sheikutensen.
El rostro de Altair se ensombreció.
-Lobisomes.
De los arbustos que les rodeaban, antes tranquilos, surgieron cinco monstruos con cuerpo de hombre y cabeza de  lobo. Todos llevaban un taparrabos marrón. Sus cuerpos estaban ligeramente cubiertos de pelo, pero eran cuerpos humanos. Aunque sus cabezas eran completamente de lobo: había uno con la cabeza negra, otro con la cabeza gris, dos con la cabeza marrón y el último con la cabeza blanca. Todos tenían los ojos rojos y dientes afiladísimos, con largos hocicos. Llevaban siguiendo al trío desde que dejaron el Gran Puente y habían estado esperando el momento adecuado. Y estaban hambrientos.
Altair sacó su espada y su escudo, Witt sacó su arco, que lo convirtió en dos espadas al dividirlo por la mitad y Sheikutensen sacó unas afiladas agujas de su cinturón.
-¿A dónde vas con eso? -le preguntó Altair.
-A hacer calceta, no te digo… -dijo el chico.- A pelear, claro.
-¿Cómo? Ni de coña, quédate detrás de algún arbusto y no te muevas de ahí.
-¿Qué? ¿Esconderme? ¿Mantenerme al margen de una batalla? ¿Y qué pasa con mi honor? De eso nada, yo me quedo.
-¡Pero si eres un crío!
-¡Soy espartano! -gritó el chico.
-¡Felicidades! ¡Pero no sabes luchar!
-¿Ah, no? ¡Vas a ver!
Entonces, dando un grito, se abalanzó sobre tres de los cinco monstruos. Ellos abrieron su boca llena de dientes para meterle un buen mordisco. Pero éste levantó el brazo y descargó con todas sus fuerzas las agujas sobre sus mandíbulas de las criaturas.
Los hocicos amputados de los monstruos cayeron al suelo derramando sangre. Los lobisomes se quedaron (sin mandíbulas) totalmente asombrados ante la rapidez de aquel humano. Sheikutensen lanzó sus agujas contra el pecho de los tres monstruos, que cayeron fulminados sin salir de su asombro.
Altair y Witt se tiraron cada uno a por los lobisomes que quedaban, admirados ante el valor de aquel chaval de 16 años. Altair rebanó a uno como un salchichón a una velocidad de vértigo. El filo de la espada del elfo y sus ropas se mancharon por completo de sangre de lobisome. Witt le cortó a otro las manos, pero éste pudo alcanzarle con un mordisco. Witt se separó de él dando un grito y agarrándose el brazo herido, mientras el lobisome se preparaba para tirarse encima de él; sin importarle la sangre que caía por sus miembros amputados. Sólo necesitaba la boca para matar y comer. Pero Sheikutensen se giró rápidamente y arrojó una aguja que se clavó en la espalda del lobisome. Los cinco monstruos, a pesar de su superioridad numérica, cayeron ante el grupo.
-Vaya… enhorabuena, chico.- le felicitó Altair.- Estaba equivocado.


Sheikutensen se había retirado a dormir sin probar bocado, después de su hazaña con los lobisomes. Altair había dado una pomada a Witt en la herida y le había vendado el brazo. Ahora ambos, frente a la hoguera, no le quitaban el ojo de encima al chico.
-Impresionante…
-¿Dónde crees que aprendió a luchar así?
-No lo sé, pero tras haber visto cómo pelea su padre la verdad es que no me sorprende.
-Sí… quizás nos sea de ayuda, después de todo.
-No te confíes, Altair. Aunque el chico sea un espartano, sigue siendo un niño. Nuestro problema es mucho mayor de lo que este muchacho puede soportar. Debemos ir a Atalántica solos. Dejaremos a Sheikutensen aquí en cuanto amanezca.
-¿Y lo que le dijo su padre de que abandonase estas tierras?
-Que lo haga. Pero por su cuenta.

2 comentarios:

  1. No sería yo quien llevara el arco que se convierte en dos espadas. No parece un arma muy fiable.

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