sábado, 17 de noviembre de 2012

Capítulo V


Había amanecido hacía rato, y Altair y Sheikutensen cabalgaban por la pradera de las afueras de Elkin, buscando algo más de caza. No podían comer la carne de los lobisomes, así que se los habían dejado a los buitres. La carne de lobisome era letal para la mayor parte de los seres vivos. Y era lógico: los lobisomes eran el resultado de horrendas alteraciones genéticas entre humanos y lobos. Comer la carne de un experimento genético solía tener consecuencias fatales para el organismo. Pero los buitres de Babylon estaban inmunizados contra todo. Y les encantaba la carne fresca. A Altair le parecía asombroso que los buitres de antaño fueran sólo carroñeros, considerando estas características de los ejemplares existentes en Babylon. Pero es lo que decían las crónicas sobre el Antiguo Mundo, llamado Tierra.
El Elfo cabalgaba delante sumido en estos pensamientos, con el arco preparado y Sheikutensen a su lado, con las agujas entre los dedos.
-Tengo que volver a felicitarte por tu actuación de anoche, chico. ¿Quién te enseñó a luchar así? -preguntó Altair rompiendo el silencio.
-Mi padre y mi hermano. Ellos me ensañaron los conceptos básicos del cuerpo a cuerpo. Mi maestro me educó en el arte de la lucha con agujas.
-¿Quién es tu maestro?
-Stick. -contestó Sheikutensen muy orgulloso.
El maestro Stick era un ermitaño, un gran luchador de artes marciales que había viajado por todo el mundo y fundado una escuela propia. Se contaba entre los mejores luchadores de Babylon a pesar de que sólo iba armado con un simple bastón largo de madera[1].
-Impresionante. -dijo Altair.- No todo el mundo puede decir que ha sido entrenado por el famoso Stick. ¿Y quién es tu hermano?
-Mi hermano se llama Raiden. Trabaja para el cuerpo gubernamental de operaciones especiales del Hexágono.
-¿El Hexágono? -preguntó extrañado Altair.- ¿Qué es eso?
-Una organización bajo el mando directo del Gobierno Mundial. Sus actividades son alto secreto, pero se cree que velan por la paz y la seguridad en el mundo.
-Ya veo… No había oído hablar nunca de tal organización.
-No me extraña. Los Elfos vivís muy apartados del resto del mundo.- rió Sheikutensen.
-Sí… tienes razón. Y tu hermano, ¿dónde está?
-Pues creo que en Wesfair.
-Wesfair, Wesfair… -murmuró Altair pensativo.- No me suena. ¿Dónde se ubica?
-Al extremo Oeste. Es la tierra más desolada y calurosa de Babylon. De hecho, no creo que haya un sitio igual en todo el Multiverso. Ríos de lava, volcanes por todas partes, cascadas de magma… En fin, un auténtico asco.
-¿Y qué se le ha perdido a tu hermano en un lugar tan… inhóspito?
-Un enemigo.
-¿En serio?
-Sherpe, creo que se llama. De todas maneras, tampoco me importa.
-¿Por qué? Es tu hermano, ¿no tendrías que saber al menos cómo está?
-Bueno, verás. Tenemos una historia familiar, como todas las familias. Lo que pasa es que la nuestra es… algo especial: mi padre se casó con una mujer muy hermosa, según él. Bueno, según él y según todos. Era una elfa y se llamaba Majora.
-"¡Claro! Por eso tiene las orejas ligeramente puntiagudas. ¡Es un semi-Elfo!"- pensó Altair.
-Era una mujer magnífica, según me han contado, con un carácter excelente y muy amable. Mi padre era muy feliz con ella.
-¿Y cuál fue el problema?
-Raiden. Cuando Raiden nació, mi madre mantuvo su carácter magnífico. Pero pocos años después, ese carácter cambió drásticamente. Se volvió maleducada e insoportable. Nadie sabía a qué se debía este cambio. Mi padre y mi madre discutían muy a menudo. Mi madre incluso amenazó con volver con su pueblo. Raiden creció con un problema: la valentía de mi padre la tenía, sí, pero también recibió parte de educación de las recientes malas maneras de mi madre. Ella fue haciéndose cada vez más mala, pero tenía épocas en las que recuperaba el buen humor y se reconciliaba con mi padre. Pero, tras una de sus crisis, murió a darme a luz.
-Vaya… lo siento.
-No pasa nada. No echas de menos lo que no has tenido. Pero mi padre sí la había tenido. Acusó a Raiden de su muerte, ya que si él no hubiese nacido y crecido con ellos, mi madre no habría dado ese mal cambio. También la tomó conmigo, pero como yo era muy pequeño, me dejó en paz. A Raiden no. Siguió recordándole que él era el responsable de la muerte de mamá.
-Era un poco duro tu padre, ¿no? Además, no es seguro de que Raiden tuviese la culpa del cambio de humor de tu madre… y supongo que él también lo sufrió.
-Sí, pero ten en cuenta que el amor de mi padre lo había cegado y que no reconocía a Raiden como a su hijo, sino casi como a un enemigo. Vivimos así algunos años hasta que mi padre se enteró de que había peligro de invasión en Elkin. Raiden dijo que, ya que no era considerado hijo de Kratos, a él no le correspondía librar ninguna batalla en nombre de la libertad de Elkin. Se marchó del pueblo, entró en el Hexágono y le perdimos de vista. Siguió comunicándose conmigo, pero durante poco tiempo. ¡Si él no se hubiera ido, tal vez mi padre seguiría con vida! No le culpo por lo que le pasó a nuestra madre, pero sí le culpo por abandonar a nuestro padre.
-Tal vez no deberías juzgarle así… Piensa que quizás los dos hubiesen muerto. Ahora serías huérfano de padres y hermanos, y no te quedaría nadie en el mundo. Todavía tienes a tu hermano. -señaló Altair.
-Por lo que a mí respecta, ya soy huérfano. Para mí, Raiden ya no es mi hermano. Y no es verdad eso de que no tengo a nadie en el mundo.
-Ah… ¿tienes familiares en algún sitio?
-No. Os tengo a vosotros. -dijo Sheikutensen con una sonrisa.
-¡Oh! Eh… escucha, Sheikutensen…
-Tranquilo, sé lo que vas a decir. Supongo que me consideraréis una carga para lo que queráis hacer, pero al conoceros… no sé, he sentido como una especie de fuerza, algo que me empujaba a acompañaros pasase lo que pasase. Sé que sólo soy un niño, pero sé pelear y…
-¡Espera! ¿Has dicho que sentiste una fuerza que te empujaba a acompañarnos?
-Sí, era un sentimiento muy raro. -Sheikutensen intentó hacer memoria.- Era como si os conociese de toda la vida. Cuando os vi hablando con mi padre, cuando me cogiste por la cintura, cuando me llevasteis con vosotros y compartisteis conmigo vuestra cena… sentí que había nacido para estar con vosotros. Supongo que piensas que estoy loco…
Altair permaneció callado un instante, pensativo. Luego dijo:
-No. No creo que estés loco en absoluto. Si quieres unirte a nosotros, eres bienvenido.
-¿En serio?
-Desde luego. Necesitamos gente de tu valía.
-¡Genial, gracias! -Sheikutensen estaba tan contento que casi se cae del caballo de la alegría. Recobró la compostura y preguntó. -¿Y qué hacen un Elfo y un Ángel por estas tierras, si me permites la pregunta?
-Ya que nos vas a acompañar en nuestro viaje, es preciso que lo sepas todo. Witt es un capitán del Ejército Sagrado de la Diosa Paluthena. Yo soy un Elfo de Fendor. Hemos sido enviados por nuestros respectivos Líderes para ayudar a salvar la situación.
-¿La situación?
-Sí. Como ya sabes, Elkin está en peligro de invasión. Y no es el único territorio. Babylon entera está siendo asolada por un ejército de Demonios.
-¿Cómo los que mataron a mi padre?
-Como los que mataron a tu padre.
Sheikutensen cerró los puños, con rabia.
-¿Y os envían a vosotros dos para enfrentaros a ese ejército? Es decir, no dudo de vuestras habilidades pero… sois dos.
-Es cierto, somos dos. Pero nuestra misión no es enfrentarnos al ejército directamente, sino que tenemos órdenes de dirigirnos a Atalántica para que su ejército nos ayude.
-Joder… no he estado nunca allí, pero he oído que, actualmente, es el territorio más poderoso de Babylon. Cuentan muchas leyendas de esos parajes. ¿Por eso queríais cruzar el Gran Puente?
-Por eso mismo.
-Escucha, Altair, no quiero desanimaros. Y menos ahora que me habéis aceptado en vuestras filas, pero creo que es mi deber advertiros: no todo el mundo puede cruzar el Gran Puente.
-Lo sabemos: la hidra y todo ese marrón. Witt y yo estamos intentando solucionar ese pequeño gran problema escamoso.
-No, Altair, la hidra es lo de menos.
-¿Eh? Ahora sí que me has perdido, Sheikutensen. ¿A qué te refieres?
El chico suspiró.
-Verás, mi padre no estaba allí para proteger a los viajeros de la hidra.
-¿Ah, no?
-No. El título de “Guardián del Puente” no es algo que se hayan inventado los elkinenses ayer. Es un puesto que tiene milenios de antigüedad. Y su deber es impedir que todo el mundo intente cruzar el Puente.
-¿Cómo? ¿Por eso nos metió la patraña de la hidra?
-La hidra sólo daba más fuerza a su argumentación, y le daba una vía de escape. El título de “Guardián del Puente” pasa de generación en generación, así que mi padre me contó todo lo que necesitaba saber. Escucha atentamente lo que te voy a decir. Porque si queremos llegar hasta Atalántica, esta información nos será muy útil.
-Te escucho.
-El Gran Puente une Elkin con Atalántica. Eso es lo que todo el mundo sabe. Lo que no sabe todo el mundo es que el Gran Puente tiene dos guardianes: uno al principio y otro al final.
-¿En serio? -Altair estaba asombrado.
-Sí. El Guardián del Principio es un ciudadano de Elkin. Y el Guardián del final es un ciudadano de Atalántica. No sabemos cuál es la función del Guardián del Final, pero la del primer Guardián consiste en que no todo el mundo pueda cruzar el Puente.
-¿Pero por qué?
-Iniciación, Altair.
-¿Qué?


-No todo el mundo es digno de llegar a Atalántica. Es por eso que circulan tantos mitos y leyendas sobre esa región. En el principio de los tiempos estaba el Puente. Y la gente intentaba cruzarlo para llegar a la, decían, luminosa ciudad de Atalántica. Pero no todos llegaban. Y ninguno volvía.
-Espera… si ninguno volvía, ¿cómo sabes que no todos llegaban a Atalántica?
-Igual te resulta un poco raro esto que te voy a decir, pero… hay algo que se llama “El Sentido del Guardián”. Es una especie de… sensación, según me explicó mi padre, que siente el Guardián del Principio cuando alguien ha alcanzado Atalántica. Cuando no se siente nada, significa que aquél que emprendió el camino no ha conseguido su objetivo.
-¿Cómo? ¿Se quedan en el camino o algo así?
-El Puente es largo, sin duda, y está lleno de pruebas para todos aquellos que quieren llegar a la ciudad luminosa. Pero hay otros que recorren todo el Puente y, sin embargo, jamás llegan a pisar Atalántica.
-¿Cómo es eso posible?
-No te puedo responder a eso porque no lo sé. Me lo dijo mi padre.
-¿Tu padre estuvo en Atalántica alguna vez?
-Sí. Y nunca quiso contar ni desvelar nada de lo que allí vivió, excepto estas indicaciones para los Guardianes del Principio.

Altair calló, pensativo. Sheikutensen parecía muy seguro de todo lo que había dicho. Y si Kratos no les había dejado cruzar el Puente… ¿significaba que no eran dignos? Pero tenían que llegar a Atalántica… tenían que informar al Líder de la ciudad de lo que estaba pasando. ¡Necesitaban ese ejército! ¿Y los Demonios? ¿Serían dignos de cruzar el Puente? ¿Llegarían hasta Atalántica y arrasarían con ella o no llegarían nunca? Lo que había dicho Sheikutensen era una maraña de misterios. Pero lo más probable es que fuese cierto. Y entonces, ¿qué? ¿Qué podían hacer?
-¿Cómo se puede saber si alguien es o no es digno de cruzar el Gran Puente?- preguntó Altair.
-Sólo los Guardianes y los Dioses lo saben. Cuando el Guardián del Principio no te deja pasar, es porque no eres digno.
-Entonces, nosotros no somos dignos de llegar hasta Atalántica…
-Parece que no, Altair. Lo siento.
El Elfo dudó un momento. Y luego dijo.
-Pero ahora que no hay Guardián… ¿quién nos impedirá cruzar el Puente?
-No lo sé, Altair. No lo sé. De todas formas, siempre podemos intentarlo. A mí me parecéis buena gente. Tal vez, acompañados de un futuro Guardián del Principio, tengáis alguna oportunidad de llegar a Atalántica… ¡oh, hemos llegado! Ya es hora de que lo haga. Por favor, si me disculpas….


[1] Este palo de madera recibe la denominación de “stick”, de ahí el apodo del maestro de Sheikutensen.

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