Había
amanecido hacía rato, y Altair y Sheikutensen cabalgaban por la pradera de las
afueras de Elkin, buscando algo más de caza. No podían comer la carne de los
lobisomes, así que se los habían dejado a los buitres. La carne de lobisome era
letal para la mayor parte de los seres vivos. Y era lógico: los lobisomes eran
el resultado de horrendas alteraciones genéticas entre humanos y lobos. Comer
la carne de un experimento genético solía tener consecuencias fatales para el
organismo. Pero los buitres de Babylon estaban inmunizados contra todo. Y les
encantaba la carne fresca. A Altair le parecía asombroso que los buitres de
antaño fueran sólo carroñeros, considerando estas características de los
ejemplares existentes en Babylon. Pero es lo que decían las crónicas sobre el
Antiguo Mundo, llamado Tierra.
El Elfo
cabalgaba delante sumido en estos pensamientos, con el arco preparado y
Sheikutensen a su lado, con las agujas entre los dedos.
-Tengo
que volver a felicitarte por tu actuación de anoche, chico. ¿Quién te enseñó a
luchar así? -preguntó Altair rompiendo el silencio.
-Mi
padre y mi hermano. Ellos me ensañaron los conceptos básicos del cuerpo a
cuerpo. Mi maestro me educó en el arte de la lucha con agujas.
-¿Quién
es tu maestro?
-Stick.
-contestó Sheikutensen muy orgulloso.
El
maestro Stick era un ermitaño, un gran luchador de artes marciales que había
viajado por todo el mundo y fundado una escuela propia. Se contaba entre los
mejores luchadores de Babylon a pesar de que sólo iba armado con un simple
bastón largo de madera[1].
-Impresionante.
-dijo Altair.- No todo el mundo puede decir que ha sido entrenado por el famoso
Stick. ¿Y quién es tu hermano?
-Mi hermano
se llama Raiden. Trabaja para el cuerpo gubernamental de operaciones especiales
del Hexágono.
-¿El
Hexágono? -preguntó extrañado Altair.- ¿Qué es eso?
-Una organización
bajo el mando directo del Gobierno Mundial. Sus actividades son alto secreto,
pero se cree que velan por la paz y la seguridad en el mundo.
-Ya
veo… No había oído hablar nunca de tal organización.
-No me
extraña. Los Elfos vivís muy apartados del resto del mundo.- rió Sheikutensen.
-Sí…
tienes razón. Y tu hermano, ¿dónde está?
-Pues
creo que en Wesfair.
-Wesfair,
Wesfair… -murmuró Altair pensativo.- No me suena. ¿Dónde se ubica?
-Al extremo
Oeste. Es la tierra más desolada y calurosa de Babylon. De hecho, no creo que
haya un sitio igual en todo el Multiverso. Ríos de lava, volcanes por todas
partes, cascadas de magma… En fin, un auténtico asco.
-¿Y qué
se le ha perdido a tu hermano en un lugar tan… inhóspito?
-Un
enemigo.
-¿En
serio?
-Sherpe,
creo que se llama. De todas maneras, tampoco me importa.
-¿Por qué?
Es tu hermano, ¿no tendrías que saber al menos cómo está?
-Bueno,
verás. Tenemos una historia familiar, como todas las familias. Lo que pasa es
que la nuestra es… algo especial: mi padre se casó con una mujer muy hermosa,
según él. Bueno, según él y según todos. Era una elfa y se llamaba Majora.
-"¡Claro!
Por eso tiene las orejas ligeramente puntiagudas. ¡Es un semi-Elfo!"- pensó
Altair.
-Era
una mujer magnífica, según me han contado, con un carácter excelente y muy
amable. Mi padre era muy feliz con ella.
-¿Y
cuál fue el problema?
-Raiden.
Cuando Raiden nació, mi madre mantuvo su carácter magnífico. Pero pocos años
después, ese carácter cambió drásticamente. Se volvió maleducada e
insoportable. Nadie sabía a qué se debía este cambio. Mi padre y mi madre
discutían muy a menudo. Mi madre incluso amenazó con volver con su pueblo.
Raiden creció con un problema: la valentía de mi padre la tenía, sí, pero
también recibió parte de educación de las recientes malas maneras de mi madre. Ella
fue haciéndose cada vez más mala, pero tenía épocas en las que recuperaba el
buen humor y se reconciliaba con mi padre. Pero, tras una de sus crisis, murió
a darme a luz.
-Vaya…
lo siento.
-No
pasa nada. No echas de menos lo que no has tenido. Pero mi padre sí la había
tenido. Acusó a Raiden de su muerte, ya que si él no hubiese nacido y crecido
con ellos, mi madre no habría dado ese mal cambio. También la tomó conmigo,
pero como yo era muy pequeño, me dejó en paz. A Raiden no. Siguió recordándole
que él era el responsable de la muerte de mamá.
-Era un
poco duro tu padre, ¿no? Además, no es seguro de que Raiden tuviese la culpa
del cambio de humor de tu madre… y supongo que él también lo sufrió.
-Sí,
pero ten en cuenta que el amor de mi padre lo había cegado y que no reconocía a
Raiden como a su hijo, sino casi como a un enemigo. Vivimos así algunos años
hasta que mi padre se enteró de que había peligro de invasión en Elkin. Raiden
dijo que, ya que no era considerado hijo de Kratos, a él no le correspondía
librar ninguna batalla en nombre de la libertad de Elkin. Se marchó del pueblo,
entró en el Hexágono y le perdimos de vista. Siguió comunicándose conmigo, pero
durante poco tiempo. ¡Si él no se hubiera ido, tal vez mi padre seguiría con
vida! No le culpo por lo que le pasó a nuestra madre, pero sí le culpo por
abandonar a nuestro padre.
-Tal
vez no deberías juzgarle así… Piensa que quizás los dos hubiesen muerto. Ahora
serías huérfano de padres y hermanos, y no te quedaría nadie en el mundo.
Todavía tienes a tu hermano. -señaló Altair.
-Por lo
que a mí respecta, ya soy huérfano. Para mí, Raiden ya no es mi hermano. Y no
es verdad eso de que no tengo a nadie en el mundo.
-Ah…
¿tienes familiares en algún sitio?
-No. Os
tengo a vosotros. -dijo Sheikutensen con una sonrisa.
-¡Oh!
Eh… escucha, Sheikutensen…
-Tranquilo,
sé lo que vas a decir. Supongo que me consideraréis una carga para lo que
queráis hacer, pero al conoceros… no sé, he sentido como una especie de fuerza,
algo que me empujaba a acompañaros pasase lo que pasase. Sé que sólo soy un
niño, pero sé pelear y…
-¡Espera!
¿Has dicho que sentiste una fuerza que te empujaba a acompañarnos?
-Sí,
era un sentimiento muy raro. -Sheikutensen intentó hacer memoria.- Era como si
os conociese de toda la vida. Cuando os vi hablando con mi padre, cuando me
cogiste por la cintura, cuando me llevasteis con vosotros y compartisteis
conmigo vuestra cena… sentí que había nacido para estar con vosotros. Supongo
que piensas que estoy loco…
Altair
permaneció callado un instante, pensativo. Luego dijo:
-No. No
creo que estés loco en absoluto. Si quieres unirte a nosotros, eres bienvenido.
-¿En
serio?
-Desde
luego. Necesitamos gente de tu valía.
-¡Genial,
gracias! -Sheikutensen estaba tan contento que casi se cae del caballo de la
alegría. Recobró la compostura y preguntó. -¿Y qué hacen un Elfo y un Ángel por
estas tierras, si me permites la pregunta?
-Ya que
nos vas a acompañar en nuestro viaje, es preciso que lo sepas todo. Witt es un
capitán del Ejército Sagrado de la Diosa Paluthena. Yo soy un Elfo de Fendor.
Hemos sido enviados por nuestros respectivos Líderes para ayudar a salvar la
situación.
-¿La
situación?
-Sí.
Como ya sabes, Elkin está en peligro de invasión. Y no es el único territorio.
Babylon entera está siendo asolada por un ejército de Demonios.
-¿Cómo
los que mataron a mi padre?
-Como
los que mataron a tu padre.
Sheikutensen
cerró los puños, con rabia.
-¿Y os
envían a vosotros dos para enfrentaros a ese ejército? Es decir, no dudo de
vuestras habilidades pero… sois dos.
-Es
cierto, somos dos. Pero nuestra misión no es enfrentarnos al ejército
directamente, sino que tenemos órdenes de dirigirnos a Atalántica para que su
ejército nos ayude.
-Joder…
no he estado nunca allí, pero he oído que, actualmente, es el territorio más
poderoso de Babylon. Cuentan muchas leyendas de esos parajes. ¿Por eso queríais
cruzar el Gran Puente?
-Por
eso mismo.
-Escucha,
Altair, no quiero desanimaros. Y menos ahora que me habéis aceptado en vuestras
filas, pero creo que es mi deber advertiros: no todo el mundo puede cruzar el
Gran Puente.
-Lo
sabemos: la hidra y todo ese marrón. Witt y yo estamos intentando solucionar
ese pequeño gran problema escamoso.
-No,
Altair, la hidra es lo de menos.
-¿Eh?
Ahora sí que me has perdido, Sheikutensen. ¿A qué te refieres?
El
chico suspiró.
-Verás,
mi padre no estaba allí para proteger a los viajeros de la hidra.
-¿Ah,
no?
-No. El
título de “Guardián del Puente” no es algo que se hayan inventado los
elkinenses ayer. Es un puesto que tiene milenios de antigüedad. Y su deber es
impedir que todo el mundo intente cruzar el Puente.
-¿Cómo?
¿Por eso nos metió la patraña de la hidra?
-La
hidra sólo daba más fuerza a su argumentación, y le daba una vía de escape. El
título de “Guardián del Puente” pasa de generación en generación, así que mi
padre me contó todo lo que necesitaba saber. Escucha atentamente lo que te voy
a decir. Porque si queremos llegar hasta Atalántica, esta información nos será
muy útil.
-Te
escucho.
-El
Gran Puente une Elkin con Atalántica. Eso es lo que todo el mundo sabe. Lo que
no sabe todo el mundo es que el Gran Puente tiene dos guardianes: uno al
principio y otro al final.
-¿En
serio? -Altair estaba asombrado.
-Sí. El
Guardián del Principio es un ciudadano de Elkin. Y el Guardián del final es un
ciudadano de Atalántica. No sabemos cuál es la función del Guardián del Final,
pero la del primer Guardián consiste en que no todo el mundo pueda cruzar el
Puente.
-¿Pero
por qué?
-Iniciación,
Altair.
-¿Qué?
-No
todo el mundo es digno de llegar a Atalántica. Es por eso que circulan tantos
mitos y leyendas sobre esa región. En el principio de los tiempos estaba el
Puente. Y la gente intentaba cruzarlo para llegar a la, decían, luminosa ciudad
de Atalántica. Pero no todos llegaban. Y ninguno volvía.
-Espera…
si ninguno volvía, ¿cómo sabes que no todos llegaban a Atalántica?
-Igual
te resulta un poco raro esto que te voy a decir, pero… hay algo que se llama
“El Sentido del Guardián”. Es una especie de… sensación, según me explicó mi
padre, que siente el Guardián del Principio cuando alguien ha alcanzado
Atalántica. Cuando no se siente nada, significa que aquél que emprendió el
camino no ha conseguido su objetivo.
-¿Cómo?
¿Se quedan en el camino o algo así?
-El
Puente es largo, sin duda, y está lleno de pruebas para todos aquellos que
quieren llegar a la ciudad luminosa. Pero hay otros que recorren todo el Puente
y, sin embargo, jamás llegan a pisar Atalántica.
-¿Cómo
es eso posible?
-No te
puedo responder a eso porque no lo sé. Me lo dijo mi padre.
-¿Tu
padre estuvo en Atalántica alguna vez?
-Sí. Y
nunca quiso contar ni desvelar nada de lo que allí vivió, excepto estas
indicaciones para los Guardianes del Principio.
Altair
calló, pensativo. Sheikutensen parecía muy seguro de todo lo que había dicho. Y
si Kratos no les había dejado cruzar el Puente… ¿significaba que no eran
dignos? Pero tenían que llegar a Atalántica… tenían que informar al Líder de la
ciudad de lo que estaba pasando. ¡Necesitaban ese ejército! ¿Y los Demonios?
¿Serían dignos de cruzar el Puente? ¿Llegarían hasta Atalántica y arrasarían
con ella o no llegarían nunca? Lo que había dicho Sheikutensen era una maraña
de misterios. Pero lo más probable es que fuese cierto. Y entonces, ¿qué? ¿Qué
podían hacer?
-¿Cómo
se puede saber si alguien es o no es digno de cruzar el Gran Puente?- preguntó
Altair.
-Sólo
los Guardianes y los Dioses lo saben. Cuando el Guardián del Principio no te
deja pasar, es porque no eres digno.
-Entonces,
nosotros no somos dignos de llegar hasta Atalántica…
-Parece
que no, Altair. Lo siento.
El Elfo
dudó un momento. Y luego dijo.
-Pero
ahora que no hay Guardián… ¿quién nos impedirá cruzar el Puente?
-No lo
sé, Altair. No lo sé. De todas formas, siempre podemos intentarlo. A mí me
parecéis buena gente. Tal vez, acompañados de un futuro Guardián del Principio,
tengáis alguna oportunidad de llegar a Atalántica… ¡oh, hemos llegado! Ya es
hora de que lo haga. Por favor, si me disculpas….
[1] Este palo de madera recibe
la denominación de “stick”, de ahí el apodo del maestro de Sheikutensen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario