miércoles, 31 de octubre de 2012

Capítulo II


Por la mañana, en la posada, Altair despertó primero. Los rayos del sol entraban por la pequeña ventana abierta de la humilde habitación de madera e iluminaron el bello rostro del Elfo. Una brisa fresca le ayudó a despejarse. Se levantó, fue al cuarto de baño a asearse y se vistió con sus ropajes verdes. Salió de su habitación y bajó la escalera de madera hasta el piso de abajo. Saludó al posadero y a los viajeros que ya estaban desayunando en unas cuantas mesas rectangulares de madera que habían dispuesto allí mismo. Éstos le devolvieron el saludo. Altair abrió la puerta de la posada y salió a la calle a tomar el fresco. El panadero paseaba vendiendo su pan a gritos y los pastores marchaban a las montañas con sus ganados. Algunas de las personas que paseaban por la calle llevaban un cartel pegado al pecho y otro a la espalda con un número escrito. El sol brillaba en lo alto, pero la ciudad estaba aún despertándose. Altair sonrió. Witt y él habían recorrido mucho territorio para llegar a Elkin, la tranquila localidad donde ahora se encontraban, capital del país del mismo nombre al Este de Terrae. No habían tenido problemas para entrar, ya que llevaban los papeles en regla. En cuanto el gobernador los había visto les había dejado entrar en la ciudad. Cuando Witt se levantara y desayunasen, partirían rumbo a la isla de Atalántica. Altair se sentía bien, contento, y le apetecía un poco de acción. No se podía decir que en su tierra viviesen muy ajetreados. Aunque hacía ya mucho tiempo que no pisaba Fendor…
Estaba sumido en estos pensamientos cuando sintió una figura a su espalda. Y se volvió.
Una hermosa joven estaba observándolo a pocos metros de él. En sus largos cabellos se mezclaban el color rojizo y el dorado, que brillaban al sol. Tenía los ojos castaño oscuro y unos rasgos élficos muy bellos. Llevaba un largo vestido azul y negro con encajes de oro. Una sonrisa adornaba su boca. Sonrisa que Altair conocía desde hacía mucho tiempo. Quizá demasiado.
-¿Berenice?
La pregunta surgió casi en forma de suspiro. La hermosa muchacha amplió su sonrisa y asintió con la cabeza. Cuando Altair se acercó a ella, ésta empezó a desaparecer sin dejar de sonreír.
-Berenice, espera…
La joven le miró sonriente y dijo:
-Te ves bien, Altair. Por favor, ven pronto… te echo de menos.
Acto seguido desapareció y donde un segundo antes había estado la proyección mágica élfica, no había nada.
-¡Eh, Altair!
El Elfo se giró y se encontró con la cara de Witt.
-Eh, chico, estás blanco como la cera. ¿Quién era esa?
Altair no contestó. Entraron en la posada, donde les esperaba el desayuno encargado por Witt. Mientras tomaban las tostadas, el Ángel interrogaba a Altair:
-¿Por qué esa mujer desapareció tan de repente? ¿Qué quería? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive? ¿Por qué quería hablar contigo? ¿Sabes si llevaba algún arma? ¿Había alguien más con ella? ¿Le has preguntado si sabía algo de lo que ocurre? ¿Desde cuándo la conoces? ¿Habéis vivido juntos? ¿Sois familia? ¿Amigos? ¿Primos? ¿Hermanos? ¿Novios? ¿Amigos con derecho a roce? ¿Conocidos?...
Cuando acabó la tira de preguntas y tomaba aire para continuar, Altair levantó la mano; pidiendo silencio. Witt cerró la boca. El Elfo levantó la mirada y le dijo:
-Sabes, Witt, no has cambiado nada en todo este tiempo. Sigues igual de cotilla y de pesado que hace unos años.
-Gracias. -contestó el Ángel con una sonrisa.
Altair bebió un sorbo de leche y le dijo:
-Olvida ese tema y, por favor, ve más despacio. Me agobias.
Witt sonrió.
-De acuerdo, Altair. Soy tan pesado porque me preocupo por la seguridad de nuestra misión, pero si insistes en que no hay peligro…
-Claro. Nos conocemos muy bien, Witt, y hemos colaborado en muchas misiones hace ya varios años, incluso antes de que esta maldita invasión nos reuniese de nuevo. Confía en mí. Una cosa, ¿crees que tienen alguna posibilidad en Terrae si los demonios les atacan?
Witt suspiró.
-Lo dudo. Terrae tiene unos efectivos bastante inferiores a los de las grandes naciones que están bajo el yugo de los demonios. Lo único que podemos esperar de ellos es que nuestros enemigos suban al Norte del río y se dirijan hacia Atalántica, donde les pararemos los pies. Porque, si no hacen eso… en Terrae estarán perdidos. Rezaré a Paluthena para que nos encontremos en Atalántica.
-¿Crees en serio que podremos detenerles allí?- preguntó Altair.
-No será fácil, desde luego. Pero Atalántica es uno de los territorios más poderosos de Babylon. Si llegamos allí antes que nuestros enemigos y les advertimos del peligro que corren, estoy seguro de que saldremos victoriosos con ayuda del ejército atalántico. Dime, Altair, ¿estás bien?
-Claro.
-Pues perdona que te diga, pero tienes una cara entre muerto viviente y empanao que me da a pensar que no te enteras de nada.
-Mentira.
-¿Si? Mira detrás de ti. Si estuvieses en plenas facultades, lo habrías notado.
Altair miró y lo que vio no le gustó demasiado. En la puerta había cuatro hombres vestidos de negro y uno de blanco. Tanto Witt como Altair conocían a este último.
-Chapelle.
El hombre rió con voz grave, y se adelantó, seguido por sus hombres. Los cinco iban vestidos igual: sombreros de ala exageradamente ancha, camisas de seda fina, cinturones y botas marrones y floretes muy afilados. Los individuos vestidos de blanco debían rondar la treintena, su jefe era algo mayor. Todos en la posada conocían al llamado Chapelle, y la fama que arrastraba consigo. Sus rasgos y su largo bigote negro le caracterizaban y diferenciaba de sus acompañantes.
-Posadego, ya sabe que teneg gazas que no sean Hombges en una posada es ilegal, ¿vegdad?- preguntó Chapelle con su característico, estereotipado y ridículo acento francés al posadero, que estaba que no sabía donde meterse.
-Ejem…Cla…claro, señor Chapelle. Pero… el go…gobernador me anunció su vi…visita, y… en…entonces yo pen…pensé que usted estaba so…sob…sobre…avi…i…so…. Co… co… co…co…co…
-¡Paga ya, demonio!- gritó el francés al posadero.- ¡Pageces una gallina a punto de poneg un ghuevo! ¡Dilo de una vez!
-Co…colaboraré en lo que ordene, excelencia.
De repente, el rostro de Chapelle se calmó, sus músculos se relajaron y una pequeña sonrisa llegó a asomar por sus labios.
-Clago, amigo mío, tú no tienes la culpa de que un niño alado y un muchachuelo de oguejas puntiagudas se hayan colado en tu posada. Si estos… “seges” se ofgecen a ser agestados y llevados a la prgisión, nadie saldrgá hegido.
-¡Y una ocarina[1] de hojalata!
Todos miraron a la mesa donde estaban sentados los "seres". Altair se había puesto de pie, había desenvainado la espada y estaba en una completa actitud de combate.
-¡Digo que no, Chapelle, porque nosotros hemos pagado por estar aquí! Además, no hemos quebrantado ninguna ley, así que nos iremos cuando queramos. ¿Verdad, Witt?
-¡Por supuesto! -contestó éste, pegando tal bote que por poco sale volando literalmente.
-Cuánto lo siento, pero en ese caso tendgé que tomag medidas drgásticas. -dijo sonriente Chapelle.- Muchachos…
Los cuatro hombres de negro desenvainaron sus floretes a una velocidad increíblemente rápida para los clientes de la posada y a una velocidad increíblemente lenta para Altair. Como Elfo, él poseía una velocidad y unos reflejos fuera de lo normal.
-¡Anda, Men in black!- rió el Ángel.
-Witt, no es momento para bromas. Saca tu arco, súbete al balcón y dispara las flechas tan rápido como tus brazos te lo permitan a los demás soldados de este caballero. Porque estoy seguro de que no viene solo. Eso sí, procura no cargarte a ninguno.
-¿De qué servirá eso? ¿Para qué voy a disparar si no es para dar? -preguntó Witt.
-Les convencerá de que se queden en la puerta y de que no pasen. No quiero que nos interrumpan. En otras palabras, mantenlos a raya.
-¿Y tú?
-¿A ti qué te parece? -sonrió Altair.

Witt también sonrió y levantó el vuelo, describiendo una bonita pirueta en el aire. Se plantó en el balcón que daba a la parte trasera de la posada y empezó a disparar flechas más a siniestro que a diestro contra los hombres a caballo que esperaban fuera. Altair estaba en lo cierto: Chapelle había traído a todo su séquito. Pero Witt cumplió bien su papel: disparó sus flechas a las pezuñas de los caballos, que se agitaron nerviosos. Los esbirros de Chapelle miraron al Ángel con odio. Pero no entró ni uno.
-¡Al que intente pasar le dejo con más agujeros que un colador viejo!- gritó Witt.
Mientras tanto, en la planta baja de la posada, Altair caminaba lentamente en círculos rodeado por los hombres de Chapelle, mientras éste observaba desde la barra tomándose una copa de vino. A la vez, saltaron los cuatro a por él, que se escabulló con una bonita voltereta. Esta vez, tres de ellos fueron por su izquierda, mientras que el cuarto atacó por la derecha.
Error.
Altair saltó esquivando a los tres caballeros que se dirigían contra él y se plantó delante del cuarto, que frenó en seco su embestida. Sus miradas se cruzaron en un fugaz instante y, segundos después, el caballero se encontró muerto en el suelo sobre un charco de sangre, y Altair luchando contra los otros tres. Al primero lo derribó con una maravillosa y arriesgada estocada que le atravesó el gaznate. El sicario cayó al suelo como un saco de patatas en medio de un charco de sangre, que se iba haciendo cada vez más grade. Altair saltó hacia atrás, evitando la punta de los dos floretes rivales.
Los dos enemigos que quedaban se le echaron encima con furia desatada, pero Altair giró sobre sí mismo con la espada y se libró de ellos. Los dos sicarios cayeron al suelo con sus respectivos estómagos rajados.
-Enhogabuena, amigo. No sabía que podías teneg tanta sangrge frgía a la hoga de matag. Y ni siquiega has tenido que utilizag el escudo… No obstante, ha sido un combate muy honogable.
-¿Honorable? -Altair explotó.- ¿De verdad esto te parece honorable? ¿Mandar a tus asesinos contra mí cuando tú te quedas en la barra emborrachándote? ¿Dejar morir a tus propios hombres sin ningún tipo de remordimiento? ¿Dónde está el honor en eso, borracho? ¡Lucha directamente contra mí si tienes agallas, cobarde! ¡Esos desdichados eran mucho mejores que tú, maldito imbécil!
-¡¡Cómo te atgeves, sucia escogia de ogejas puntiagudas!! ¡Esto es incroyable! ¡Salgamos fuega de este antgo, bichejo, que te voy a enseñag modales! ¡Ja! ¿Yo? ¿Bogacho yo? ¿Cobagde yo? ¿¡Imbécil yo!? ¡Te vas a cagag en tus gidículos leotagdos pog habegte atrgevido a levantagme la voz, pedazo de monstrguo!
-Si, si… Como dijo el poeta, "las palabras entonces no sirven. Son palabras." ¿Salimos, gallina?- preguntó Altair.
-¡¡Cuando quiegas, mocoso apestoso!!- gritó Chapelle.
Y salió con paso decidido a la calle, rojo de rabia. El Elfo sonrió. Si sabía algo de Chapelle era que el francés no soportaba que le insultasen. Dirigió una plegaria a los Dioses por los cadáveres yacientes en la posada, pidiendo perdón por sus actos. Le dijo al posadero que le pagaría el estropicio. El pobre hombre se había quedado sin habla. Altair salió a la calle para enfrentarse con Chapelle.
Así, se encontraban uno frente a otro. Los hombres de Chapelle a caballo abandonaron la fachada posterior de la posada e intentaron prender a Altair, pero Chapelle los detuvo con un grito.
-¡Alto! ¡No os mováis! Es mío, yo me encargagué de él. Esos malditos imbéciles no le han hecho ni un gasguño… No sé pog qué confío en los demás, con lo patanes e inútiles que son. Ya me lo decía ma mère: “Si quiegues que algo salga bien, tienes que haceglo tú mismo” -el francés miró a Altair con desprecio.- ¿Et bien, pedazo de bgavucón? Mucho gruido pego pocas nueces. ¡Ja, ja! ¡En garde!
Chapelle desenvainó su florete y se puso en guardia.
-¿Ya has terminado de hablar solo? Entonces cuando quieras, estoy listo.- contestó Altair.
En ese mismo momento, Witt asomó por la barandilla exterior de la posada.
-¡Altair! ¿Te has vuelto loco?- le gritó.
-Claro que no. Sólo voy a demostrarle que no somos peores que él y sus hombres.
-¡Es un capitán de la guardia papal! ¡Si le matas, el Vaticano de Nueva Roma nos dará caza y ni te cuento lo que puede pasarnos! ¡Bastante es que te hayas cargado a cuatro de sus soldados! ¡No lo estropees más!
-¿Un capitán del Papa?- se preguntó asombrado Altair- ¿Cómo se le puede ocurrir a su Santidad elegir como capitán de la guardia a alguien como Chapelle?
-¡Ja, ja! Las cosas ya no te van tan bien, ¿eh?- rió su enemigo con sorna.- Es lo bueno de teneg amigos en las altas esfegas: te pueden conseguig un buen puesto de trgabajo.
Entonces, sin comerlo ni beberlo, el francés se lanzó encima de su enemigo. El Elfo dio un salto en el aire y se situó a unos metros de Chapelle.
-¡No huyas, pedazo de cafge con botas! ¡Vas a sabeg lo que conlleva gesistirse a mi autogidad! ¡Todos sabgán que el Elfo que asesinó a cuatgo hombrges de la guargdia papal huyó como un misegable conejo ante el gran Chapelle, su capitán!- gritó el francés.
-¿Ahora te preocupas por el destino de tus hombres, cuando te conviene? Eres una maldita veleta, Chapelle. ¿Y quién huye? Se trata de una maniobra táctica, so charlatán.- le espetó Altair.
-¡Cómo te atgeves a osag insultagme a mí, maldito! ¡A mí! ¡A mí!
-Si, a ti.- dijo Altair.- Eres bastante insoportable, ¿lo sabías?
-¡Altair!- gritó Witt- ¡Abandona inmediatamente el combate! ¡No debe resultar herido!
-¡Tú cállate de una vez, especie de pájago humanoide!- le gritó Chapelle.
-¡¿Cómo?! ¿Pájaro? ¿Será posible…? ¡Machácale, Altair! ¡Dale duro! ¡Enséñale a ese tipo el verdadero arte de la espada!- empezó a gritar Witt.
Altair sonrió. El filo de su espada brillaba al sol y su escudo estaba bien sujeto. Se sentía ligero y seguro. Así que aferró bien su arma y dijo:
-Vale, va.

El sol brillaba en el cielo. Los dos combatientes se miraron a los ojos. Los de Chapelle eran duros, fríos, llenos de odio. Los de Altair eran pícaros, seguros, confiados. Daban vueltas en círculo. La mano de Altair se deslizó hacia su cintura. A una velocidad increíble, un búmeran cortó el aire y golpeó en la cabeza a Chapelle. El francés se tambaleó un poco, pero consiguió mantenerse en pie.
-¡Maldito seas! No sé de dónde has sacado esa cosa y no me ha dado tiempo a veglo, pero ahoga acabagé contigo para siempge. ¡Me las vas a pagag todas juntas!
Dicho esto, se abalanzó sobre él dando un grito lleno de furia.
-"Perfecto, -pensó Altair.- ha perdido totalmente los estribos. Ya es mío.”
El capitán de la guardia papal soltó una estocada sobre Altair, pero el Elfo saltó hacia atrás, esquivándola. Chapelle volvió a la carga, esta vez con un mandoble vertical, pero Altair se echó a un lado. Chapelle sonrió con malicia y, con un giro de muñeca, cortó en la mejilla a su enemigo. Altair dio un largo salto hacia atrás, maldiciendo en voz baja.
-¡Jajajajaja! ¡Ya te tengo! Saltas muy bien, pego tu esgrima no es compagable a la mía. Tengo muchos más años de entgrenamiento a mis espaldas que tú, petit conard.
-Que te lo has creído… -murmuró Altair limpiándose la sangre. 
Entonces el joven volvió a la carga. Directamente contra su enemigo.
-¿Un ataque fgontal? ¿Digectamente contgra mí? ¡Se te han acabado las ideas, mocoso! ¡Tu estgrategia es una porgquegía! Pego si tantas ganas tienes de suicidagte… segá un placeg ayudagte.
Cuando Altair llegó a la altura de su rival, Chapelle soltó un mandoble con su florete. El Elfo sonrió y, justo cuando la hoja del arma de su enemigo le iba a segar la cabeza, desapareció.
Todos los presentes lanzaron una exclamación de asombro, también los curiosos que se habían ido reuniendo en la plaza de enfrente de la posada. Witt sonrió.
-¿Pego qué demonios…? ¿Dónde está? ¿¡Dónde te escondes, sucio cobagde!?- gritaba Chapelle con un tono de temor en su voz. Entonces recordó a Witt. Le dirigió una mirada furibunda- ¡Tú, maldita escogia! ¿Dónde se ha escondido tu amigo?
-No seas tan maleducado con la gente, Chapelle.- sonrió el Ángel cómodamente apoyado en la barandilla.- Si quieres tener amigos u obtener cualquier información deberías moderar ese genio tuyo.
-¡¿Dónde está?!- gritó el francés completamente fuera de sí.
-No ha ido a ninguna parte. Tampoco se ha escondido. Sigue aquí.
-¡Mientes!
-No. Lo que ocurre es que se mueve tan rápido que no podemos verle. Pero dale un poco de tiempo: pronto reaparecerá. Y será una sorpresa.
-¿Movegse a gran velocidad? Pego… no puede seg… no puedo… vegle…- gruesas gotas de sudor resbalaban por el rostro de Chapelle.
Witt volvió a sonreír. A él le costaba seguir a Altair, a pesar de que le había visto hacer esa técnica varias veces. El Elfo se desplazaba por toda la plaza a gran velocidad, corriendo y saltando. Entonces reapareció. Justo delante de Chapelle. A centímetros de él. Con una mueca burlona. Chapelle no se lo esperaba, y se asustó dando un grito. Retrocedió un poco, de forma instintiva. Y Altair hizo un corte horizontal con su espada, que Chapelle no pudo esquivar. La hoja del acero élfico le hizo un corte al francés en el brazo. Chapelle gimió de dolor y se agarró el miembro sangrante. Altair volvió a la carga: golpeó al francés en la mejilla con la empuñadura de la espada.
-¡Maldito seas otga vez! ¡Voy a abgig tus inmundas entgañas y dágselas de comeg a los gusanos! ¡Misegable cobagde!
-Se acabó, Chapelle. -le dijo Altair- Ya estoy harto de ti y de tu charlatanería. Podría seguir jugando contigo todo el día y darte tantos sustos de ese estilo que acabases con un ataque al corazón. Pero tenemos prisa, así que acabemos con esto.
Emprendió una embestida. Chapelle sonrió.
-No segá tan fácil. ¡Aún no me has vencido!
 El francés saltó a la derecha, pero Altair también. Descargó un mandoble que tumbó a Chapelle en el suelo con una fea herida en el pecho. Altair le cogió por el cuello de la camisa y levantó la espada, apuntándole a la yugular. El francés tenía el miedo reflejado en los ojos, y no se podía mover. Ese miedo lo había paralizado. Entonces, Altair escuchó una voz en su cabeza:
-Altair… no lo hagas… piensa en tu pueblo…
-Berenice. - murmuró Altair.- Maldita sea…
El Elfo soltó con cara de fastidio al capitán de la guardia. Éste cayó al suelo, donde se quedó sentado sin poder moverse. De su pecho fluía la sangre.
-Hoy has tenido suerte. Procura no molestarnos más, Chapelle. La próxima vez no seré tan clemente. Porque, personalmente, dudo que el representante de los Dioses te haya ordenado detenernos cuando ni siquiera sabe que estamos aquí. Y más cuando tiene otros asuntos más importantes en las Tierras del Norte.- dijo Altair guardando su espada.- Ah, otra cosa. Será mejor que empieces a respetar a todas las razas, no sólo a los Hombres. Tanto a ti como a tu compañía os irá mucho mejor. -se dirigió a los guardias a caballo, que se habían quedado también paralizados.- Cuidadle. Las heridas del pecho y el brazo no son mortales, pero le servirán de escarmiento. No quiero que vuelva a importunar a nadie más. Espero, por el bien de todos, que aprendáis a cumplir sólo con vuestro trabajo, no con vuestros caprichos egoístas.
Witt apareció en la plaza bajando a trompicones las escaleras de la posada. Le lanzó un pequeño saco de dinero al posadero. El buen hombre estaba tan asombrado que el pequeño saco le dio en a cabeza. Ni se inmutó.
-Nos vamos. Adiós, Chapelle, capitán de la guardia papal. Reza a los Dioses para que nuestros caminos no se crucen de nuevo.- le dijo Altair.
Entonces fue hacia Witt. Cogieron los caballos y salieron cabalgando de la plaza, dejando a todo el mundo boquiabierto. Ningún soldado de Chapelle hizo nada por detenerles. El francés maldijo en voz baja y perdió el conocimiento.


[1] Una ocarina es un pequeño instrumento de viento madera con forma redondeada. Su mecanismo es parecido al de la flauta. La utilizaban los antiguos celtas en sus ceremonias. Se convirtió en un instrumento muy popular entre los Elfos por su gran naturalismo y su relación con el viento de las montañas y bosques.

No hay comentarios:

Publicar un comentario