Era un día como otro cualquiera, cuando el leñador llegó ante una hermosa y esbelta encina. Era un magnífico ejemplar, y el leñador pensó que con esa y un par de árboles más, podría comer durante una semana. Así que agarró su hacha y se dispuso a empezar su trabajo. Pero en el momento antes de dar el primer tajo, una dulce voz le detuvo:
-Oh, leñador...
El buen hombre miró a ambos lados, pero no había nadie. Supuso que se lo había imaginado, y preparó de nuevo el hacha.
-Oh, leñador...
-¿Quién es? ¿Quién me llama?
-Trabajas eliminando la vida y ni siquiera sabes quiénes son tus víctimas.
El leñador vio, asombrado, que la aterciopelada y triste voz parecía surgir del interior de la encina. El hombre, retrocedió, con el miedo pintado en su rostro.
-¿Quién es? ¿Quién hay ahí?
-Mi nombre es Selene. Soy la encina que estás a punto de asesinar.
-Pero... ¿cómo es posible?
-Los árboles tenemos prohibido hablar con los humanos. Te he visto cada día, leñador, venir a este bosque y matar a base de cuchilla a mis hermanos. Nadie te ha dicho nunca nada. Pero hoy, presa del miedo, rompo mi juramento para dirigirte una última plegaria.
El hombre pensó que, o ya estaba muy viejo y tenía alucinaciones, o una encina que hablaba podía darle mucho dinero y no tendría que cortar leña nunca más. Pero, inconscientemente, quedó atrapado por la infinita tristeza que emanaba de la voz de la encina.
-Nosotros, los árboles, nunca hemos envidiado a los humanos. Parecéis perdidos en una vida infinitamente más corta, con el único objetivo de conseguir esos trozos de papel que parece que os hacen tan felices. Podéis moveros de un sitio a otro, pero allá donde vais no habéis aprendido a disfrutar del paisaje tal y como aparece ante vosotros: tenéis que añadirle una de vuestras infraestructuras de acero. Así, los árboles consideran que la raza humana es la más desgraciada que pisa el suelo de la Tierra. Pero hay algo que yo envidio de vosotros.
-¿Si? ¿Qué es?
-Vuestros ojos. Nosotros también podemos sentir las caricias, podemos escuchar las voces, hablarnos, nutrirnos, apreciar los perfumes de la naturaleza, sangrar si nos dañan... pero no podemos ver. Toda mi vida la he pasado soñando con ver el mar, del que tanto he oído hablar. Poder ver el mar, el cielo nocturno cargado de eso que llaman "estrellas"... todas las joyas visuales de la vida, no las podré ver. De eso es lo único de lo que me arrepiento. Como ves, leñador, mi cuerpo es fino. No te costará mucho pero, por favor, hazlo rápido.
Pero el hombre había soltado el hacha, y un manantial bañaba sus ojos cansados. Nunca había pensado en los árboles de la manera en la que le había hablado Selene. Así que, con fuerzas renovadas, corrió a su casa. Tardó unos minutos en volver al lado de la encina.
Llevaba entre las manos un viejo volumen, un libro de sus años de estudiante. Se sentó en el suelo al lado de la encina y abrió el libro. Era un tratado de Ciencias Naturales; y el leñador comenzó a describirle a la encina todas las imágenes que iban apareciendo. Le habló del mar y de sus playas y de cómo la gente iba lo más temprano posible a coger un buen sitio frente al mar. Le habló del profundo océano y de los secretos que escondía y que todavía nadie había conseguido esclarecer. También le habló de los cielos y del espacio, y de los viajes que realizaban los hombres fuera del planeta Tierra, a explorar en la negrura del cosmos. Le habló de los extensos desiertos, donde sólo algunos pocos podían vivir. Le habló incluso de los bosques, de los que ella formaba parte. Le describía cada animal, cada planta, cada imagen que aparecía en aquel viejo libro. La encina dejaba volar la imaginación con las descripciones del viejo leñador, reía con las anécdotas y las costumbres humanas de las que le hablaban e incluso dejaba caer una gota de tristeza al saber lo que estaban haciendo los hombres con su amada Tierra.
A partir de ese momento, el leñador acudía todos los días al lado de la encina a hablarle y a describirle el mundo en el que vivía. Cada vez pasaba más tiempo junto a ella, sin importarle la hora que fuese. La encina, a cambio, le daba sombra los días de calor y le arropaba con sus ramas los días de frío, además de darle sus bellotas como alimento.
Así pasaron dos años. Un día, mientras el leñador le estaba contando a la encina cómo eran los cometas, se oyó el ruido de un motor en el bosque. El leñador, extrañado, se levantó. Y, a lo lejos, vio cómo unas enormes máquinas de color amarillo con cuchillas gigantes avanzaban por el bosque cortándolo todo. El leñador, aterrorizado, se giró hacia su querida encina.
-¡Selene, estás en peligro! ¡Los hombres han metido sus máquinas de tala en el bosque!
-Ya lo sé, amor mío.- respondió con sorprendente calma la encina.- Suponía que tarde o temprano llegaría este momento. Pero ya no me arrepiento de nada. Estos dos años me has hecho muy feliz. Me has hecho conocer el mundo en el que vivo siendo mis ojos y mis pies. Ahora puedo morir tranquila. Muchas gracias por todo.
El viejo leñador dirigió una mirada de tristeza a la encina. Y entonces dijo:
-No te dejaré. Has sido lo más importante para mí en estos dos años. Me quedaré aquí y moriré contigo.
-Pero...
-No digas nada, Selene. Es mi decisión. Ya soy demasiado viejo y mi vida sin ti no tendría ningún sentido. Te quiero.
Dicho esto, el leñador se abrazó a la encina. La encina, sonriendo por dentro y llorando a la vez, le rodeó con sus ramajes. Las enormes máquinas de tala avanzaron a gran velocidad. Cuando llegaron a esa altura sólo encontraron a su paso arbustos, hirbajos y dos árboles. Una encina y un roble, entrelazados uno con otro, como si los sentimientos que les uniesen fuesen más profundos que la misma tierra.
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