miércoles, 15 de febrero de 2012

Aristocracia

Es una tarde de miércoles. Invierno. Maldita sea, el frío me encoge las entrañas. Llego a mi casa. No hay nadie, claro. Nunca hay nadie en ningún lado. El mundo se ha quedado desierto: mucha gente, ninguna persona. "Qué frase tan genial", sonrío mientras me quito el abrigo. Voy al comedor, y me siento delante de mi plato de comida. Justo cuando me coloco la blanca servilleta sobre las rodillas, Ella hace su aparición. Ha llegado el momento de nuestra plática diaria.
-Bienvenida.- le digo.
-No.- me contesta secamente.- Bienvenido, en todo caso, tú. Yo ya estaba aquí. Siempre he estado aquí.
-Por supuesto.- intento no discutir con ella. Nunca me ha gustado discutir.
-¿No has comido?
-¿No es evidente? Sí, lo sé, son las 4 de la tarde, pero aún no he comido. Mira: un plato de arroz con verduras acompañado de dos trozos de morcilla también de arroz.
-Parece gustarte el arroz...
-Es lo que tengo.- le contesto.- Y si es lo que hay, me lo como. Y punto.
-¿Qué es lo que has pensado hoy?
Me quedo un momento pensativo, mirando por la ventana. Siempre, después de hacer alusión a mi comida del día, me hace la misma pregunta. Hoy tengo una nueva respuesta.
-Soy un aristócrata.
Ella me mira casi con sorpresa, con una mueca burlona en la cara.
-¿Un aristócrata? Vaya, sabía que tenías graves delirios de grandeza, pero te vas superando... de todas maneras, tu forma de comer y tu comida en sí misma no son propias de un aristócrata, ¿no te parece?
Una sombra de desilusión cruza mis ojos, y me concentro en atrapar los brillantes copos de arroz que parecen escapar al tenedor mientras contesto:
-Es una pena. Tenía un cierto interés en ti, pero acabas de demostrarme que eres como los demás. Todos piensan que la naturaleza del aristócrata se manifiesta sobre todo en la mesa. Qué error tan garrafal.
-¿De verdad? ¿Puedes entonces explicarme por qué estás cogiendo ese trozo de morcilla con la mano, so cerdo?- casi me grita.
Termino con la morcilla y me limpio la mano y la boca con cuidado. Suspiro profundamente, y hablo perdido en mis propios pensamientos.
-Nunca he entendido por qué, cuando sirven el trozo de morcilla, no quitan la pieza metálica que mantiene unidos los dos trozos. Si se la vas a servir al comensal, quítale por lo menos ese trozo, ¿no?
Ella me mira con infinita tristeza.
-No es eso lo que te he preguntado.
Yo, con aire decidido, me levanto rápidamente. Ella, como suele pasar, ni siquiera se inmuta. Pero me dirijo a la nevera, a por mi trozo de queso. Y, mientras vuelvo con él a la mesa, respondo:
-Los valores y la forma de comportamiento en la mesa sólo están asociadas a un aspecto puramente social, querida. Al estar yo solo (y, permíteme, te considero ausente de facto) esas reglas no tienen valor sobre mí.
-¿Y la aristocracia?- me pregunta.- ¿No crees que un aristócrata de verdad mantendría sus modales en la mesa?
Muerdo el trozo de queso, que se desmigaja en mi boca. Y, al terminar de masticar y tragar, respondo:
-Los aristócratas no se caracterizan por sus valores a la hora de comer, querida. He visto niños pobres comer su plato de sopa con suma corrección y delicadeza y no he visto nunca a ninguno de ellos encaramarse a un trono de plata.
-¡No seas tan despreciable!
-¿Despreciable? La verdad no debería hacer germinar en ti el desprecio. De todas maneras, teniendo en cuenta tu exquisita y políticamente correcta moral, diré que sólo era un ejemplo para resaltar el hecho de que el aristócrata no es lo que es por comer con educación. La educación en el aristócrata es un arma, un arma que puede esgrimir en la sociedad que vivimos para que el resto lo acepte y así poder establecer una falsa convivencia con las ovejas sin ser molestado.
-Parece- me dice.- que te estás situando por encima de los demás.
Bebo un largo sorbo de mi vaso de agua. El agua, fresca, pura y cristalina; baja por mi garganta para que la comida pueda llegar al estómago. Después, dejo el vaso de cristal en la mesa y vuelvo a la plática:
-¿Sabes qué es lo que estudio, querida?
-Por supuesto.
-Griego Clásico.- le digo, sin prestar atención a su respuesta. -Ahora bien, teniendo eso en cuenta, dime: ¿sabes qué significa "aristócrata"?
-Claro que lo sé.- me informa Ella, tranquila.
-Significa "poder del mejor".- le digo, aún desoyéndola. -¿Y quiénes son los aristócratas? Los mejores.
Ella me vuelve a mirar con esa lástima, esa enorme pena que baña su blanco rostro e inunda sus enormes ojos castaños.
-¿Qué me quieres decir con todo esto? ¿Que eres el mejor, es eso?
-Todo a su tiempo, pequeña. Verás, desde los orígenes de la humanidad, el hombre siempre ha necesitado servir a algo. ¿Recuerdas mi teoría del hombre-oveja? Es exactamente eso lo que quiere decir: el ser humano es, por naturaleza, dócil; y necesita un amo que le diga qué hacer. Desde siempre. En los orígenes de la humanidad, el "aristócrata" en el más puro sentido de la palabra, el que tenía el poder, el mejor... era el más fuerte. Así nació el hombre, dominado por la ley del más fuerte. ¡Ah, espantosa idea para el hombre moderno! Sí, el más fuerte era quien mandaba. Y fue así durante mucho tiempo... Poco a poco, el ser humano fue cambiando de dueño: hubo una época en la que entregó su servidumbre a la belleza, la más pura belleza clásica que jamás pudo concebir el mundo griego. Pero el hombre cometió un fatal error. Esa época del dominio de la belleza duró poco, pues el ser humano pronto comenzó a forjar al que se convertiría en su nuevo Dios: el dinero. Sí, aquí aparece el protagonista de nuestra historia. El dinero fue capaz de corromper el liderazgo de la belleza y establecerse él mismo en el trono. Todas las grandes naciones, todos los seres humanos de todas las épocas... desde entonces han estado regidas por el dinero. ¿Quiénes son los aristócratas del mundo moderno? Los que tienen el dinero. Porque con el dinero tienen el poder.
-Sí.- me interrumpe Ella con su delicada voz.- Ya me conozco tu teoría sobre el dinero.
-El dinero... el dinero. ¡El vil metal! lo llaman algunos. Algunos que lo desprecian pero que se someterían gustosos a su poder si alguien sacudiese un fajo de billetes ante ellos. Hay gente que tiene el dinero, que tiene el poder. Pero que no son los mejores. Nuestra moderna sociedad es tan estúpida y analfabeta que ha confundido a los aristócratas con los ricos.
-¿Acaso no es lo mismo, en todas las épocas?
-¡Ah! ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta de por qué me has desilusionado tanto, querida? Eres como todos los demás, sigues dormida. No, el aristócrata no es quien tiene el dinero. Eso es el rico. Tampoco es quien tiene el poder, eso es el gobernante.
-¿Entonces...?
-Entonces el aristócrata es el mejor. Eso es lo que no entienden. Creen simplemente que por tener dinero, son los reyes del mundo. No. Sólo los mejores tienen derecho a ser reyes. ¿Reyes? ¿He dicho yo eso? No. Aristócratas. Un rey no es más que un representante de los aristócratas. Vale lo mismo que cada uno de ellos y mucho menos que todos ellos juntos.
-Y, ahora que has terminado de comer, supongo que aquí viene tu gran conclusión.- dijo Ella con sus triste sonrisa en sus rosados, finos y azucarados labios.
-Una suposición muy acertada, mi querida, pues temo abrumarte con mi discurso. La gran conclusión, este es su momento. Y la gran conclusión es un "sí". Un rotundo "sí", tan grande como la más grande catedral gótica de todo el mundo germano. Un "sí" a todas tus preguntas, un "sí" como única respuesta. Sí, soy un aristócrata. Sí, soy uno de los mejores. Pero no soy el mejor. Conozco a muchos aristócratas, muchos que deberían ser los mejores (y que lo son) dentro del mundo. Y es más, algunos aún no saben lo que son. No han conocido aún su condición. Creo, y esa es la mayor de mis tristezas, que sólo yo soy consciente de su divino linaje y de su aristocrática condición.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque piensan. Porque son espíritus inquietos, críticos. Espíritus agraciados, maravillosos, curiosos, fascinantes. La envoltura que rodea a esos espíritus es más o menos agraciada, eso poco importa (hace ya tiempo que el monopolio de la belleza se extinguió). Y también es necesario que se extinga el poder del dinero, para dar paso a una época donde la aristocracia pensante y sintiente, la armonía del alma y del cuerpo, la perfecta unión del pensamiento y los sentidos se coronen como los dueños del mundo. Hesíodo dice que la humanidad tuvo en sus orígenes una Edad de Oro, y que luego fue degradándose. ¡Tonterías! La humanidad se ha degradado desde el momento en el que apareció. Ahora es cuando tenemos oportunidad de vivir nuestra Edad de Oro. La época en la que nosotros, aristócratas, hiperbóreos, tomemos las riendas y construyamos un glorioso y espléndido futuro.
-Ya veo.- me dice Ella con una sonrisa complaciente en sus labios mientras se va desvaneciendo en el aire lentamente.- Entonces espero, de corazón, que esas almas que te resultan tus iguales de entre todo lo que tú consideras "ganado", te acompañen a lo largo de tu vida. Porque, si esas almas aristócratas que tanto aprecias no están a tu lado... nadie lo estará.
-Lo sé.- sonrío débilmente, y aunque ya ha desparecido del todo, aún puede capturar un leve hilo de voz.- Créeme, lo sé demasiado bien.


    

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