sábado, 16 de febrero de 2013

Capítulo XV


En ese momento disparó el rayo con enorme potencia y la pared saltó en pedazos. El aire caliente entró en la estancia, a una velocidad abrumadora. Y un río de lava también. Norrin saltó disparado hacia lo alto, atravesó el techo y desapareció dejando atrás su manto de armiño y su cetro. La guardia de Norrin daba alaridos  y gritos de terror, corriendo de un lado para otro sin saber qué hacer. Otros ya estaban ardiendo o derritiéndose. El aire se fue calentando poco a poco hasta que se volvió insoportable.
-Maldita sea… -farfulló Raiden. Luego se dirigió al grupo.- Tenemos que protegernos de alguna manera o nos convertiremos en carne asada. ¡HAIHASS!
Sumlars se convirtió en la espada de hielo. Raiden la clavó en el suelo con toda su fuerza. Una cúpula de hielo rodeó a los compañeros, protegiéndolos de la masa de lava que inundaba la habitación.
-Bien. -dijo Raiden- Esto nos mantendrá frescos y a salvo durante un rato. Pero poco. El hielo de Sumlars es mágico, aguantará más. Pero sigue siendo hielo.
-Vale… entonces… hay prisa. -dijo Altair- ¿Imma?
El extraño ser salió de nuevo de la sombra de Altair.
-Vaya, -comentó Silver- parece que Ikari no es el único con una sombra especial.
Ikari sonrió.
-Altair, por los Dioses, estás hecho un asco. -le dijo Imma.- Ese tipo te ha dejado fino.
-Imma... -pudo decir Altair.- Norrin... ha huido. ¿Tienes idea… de a dónde ha… podido ir?
-No. Ni idea. -contestó Imma.- Y, aunque lo supiese, tampoco te lo diría. Si uno de sus sicarios te ha dejado así, no quiero ni pensar en lo que podría hacerte él en persona.
-Será mejor que nos vayamos rápido. -dijo Raiden- La pared de hielo no aguantará mucho más.
Cierto. El hielo que los protegía se estaba empezando a derretir.
-Miraré a ver si corremos mucho peligro. -dijo Ikari.- ¡Byakugan!
Gracias a su técnica, Ikari vio que por la pared rota entraba seguía entrando lava, y la habitación se estaba derritiendo en una masa de tonos metálicos y anaranjados. No quedaba nadie de la guardia de Norrin.
-Secundo la moción. -comentó Ikari.- Vámonos de aquí o nos asaremos. La habitación está empezando a desintegrarse.
-No sabía que podías ver a través de las paredes, Ikari. -dijo Silver.
-¡No hay tiempo para eso! ¡Vámonos ya!
-¡Imma, sácanos de aquí! -gritó Witt.- ¡Llévanos al portal más cercano!
-Oído.
El grupo desapareció de la habitación, que, calentada por la lava, se fundió junto al resto del edificio dorado. La antigua sede del Honrado Concejo de la Mesta y actual palacio del Rey Sombra desapareció de Wesfair. Los robots que llevaban la lava hacia aquél edificio para la forja de armas se tendrían que buscar otro trabajo.


Aparecieron en un bosque. El sol se filtraba entre las ramas de los árboles y los pájaros piaban. El ambiente había cambiado considerablemente. Para bien. El grupo empezó a mirar en todas direcciones, pero estaban solos.
-Si os parece, -dijo Silver- daré una vuelta de reconocimiento. A ver qué encuentro.
Salió corriendo a toda velocidad y al medio segundo, despareció.
-Lo siento… chicos… -se disculpó Altair.- Si hubiese sido… más fuerte…
-Eh, eh, calma, Altair. -le dijo Snail.
-Sí, ese maldito Yant era realmente fuerte. -dijo Ikari.- Ninguno de nosotros habría podido hacer nada contra él.
-Espera, Altair, túmbate aquí. -dijo Witt señalando el césped bajo sus pies. -Voy a curarte.
-¿Puedes curar sus heridas, Ángel? -preguntó Snail.
-Mira, Psi-Lord. Igual te sorprendes. –sonrió Witt.
Ayudaron al Elfo a acostarse y Witt puso sus manos sobre su frente.
-¿Cómo está, Witt? -preguntó Sheik.- ¿Qué tiene?
-Los ataques de Yant tenían como objetivo afectar a los órganos internos. -señaló Witt.- Las heridas superficiales son casi nulas… aunque la ropa esté hecha un asco. Me llevará algo más de tiempo, pero podré curarle. Las heridas internas tardo más en curarlas que las superficiales, pero estará como nuevo en unos minutos.
En efecto, pocos minutos después Altair estaba de nuevo en pie y con energía renovada.
-Gracias, Witt. –le agradeció el Elfo sonriendo.- Cada vez estoy más seguro de que serías capaz de resucitar a un muerto.
-No me des las gracias a mí. -sonrió Witt.- Agradéceselo a la Diosa Paluthena. Además, tú me cuidas siempre cuando estoy herido, es lo menos que puedo hacer.
-Bien, -dijo Altair- será mejor que nos enteremos de dónde estamos. ¿Imma? ¿A dónde nos has traído?
El ser de las Sombras volvió a aparecer.
-Os he traído a Qualinesti, Altair. Que no lo reconozcas…
-¿¡Qué!? -exclamó Altair.- ¿¡Qualinesti!? ¿No tenías un lugar mejor donde mandarnos?
-Me dijiste que os trajese al lugar más cercano. Y era éste. ¿Qué problema hay?
-Pues que en Qualinesti viven los…
De repente, una flecha marrón adornada con plumas de faisán se clavó en un árbol a pocos centímetros de su cabeza.
-¡Corred! -gritó Altair.
No necesitó decirlo dos veces. Corrieron hacia no sabían dónde por el extenso bosque, pero las ramas les dificultaban el paso. No llegaron muy lejos. A los pocos pasos se encontraron de cara a unas lanzas. Lanzas… élficas.
-Ginthalas. -murmuró Altair.
-Altair. -contestó un Elfo encapuchado con una capa verde y con dos espadas largas de acero cruzadas a su espalda. Llevaba una armadura completa de delicados grabados y por sus hombros caían dos largos mechones de cabello rubio. Su expresión era joven, pero severa.
-Cuánto tiempo. -dijo Altair.
-No el suficiente. -contestó el encapuchado.- ¿Qué haces aquí? Te dijimos claramente que no…
-No he venido a conciencia. -le interrumpió Altair.- Imma nos ha traído aquí… por error. Ya nos íbamos. Aunque, ya que estoy aquí…-dijo vacilante- ¿podría ver a Tanthalas?
-¿Con ese aspecto tan desastroso? ¿Estás de broma? ¿Y para qué? -preguntó con desprecio Ginthalas.
-Mi aspecto es inevitable dados los acontecimientos recientes. Mis motivos son cosa mía.
Los dos Elfos se miraron fijamente a los ojos. Los de Ginthalas eran también hermosos, pero fríos y duros. Altair sostuvo su mirada.
-Está bien. -dijo Ginthalas al fin.- Pero con una condición…
-¿Cuál?
-Debes ir sólo y sin armas. Tus compañeros estarán arrestados hasta entonces. Si ocurre algo indeseable…. -dijo poniendo un pequeño cuchillo en el  cuello de Ikari.
-Cuidado con el cuchillo, Elfo. -dijo éste. -Podría ser tu último error.
Ginthalas le lanzó una mirada  de odio con sus ojos rasgados. Retiró su cuchillo, pero dijo a sus guardias:
-A éste, encadenadlo.
Los guardias Elfos, enarbolando las lanzas, se acercaron a Ikari, pero el Shinobi dio un salto hacia atrás.
-Nadie va a encadenarme. -dijo.
-Eso lo veremos. -contestó Ginthalas con arrogancia.- ¡Guardias, prendedle!
Cuatro Elfos se abalanzaron sobre Ikari. Éste juntó los dedos corazón e índice formando una cruz y gritó:
-¡Kage-Bunshin-nin-jutsu!
Tres Ikaris salieron de la nada y comenzaron a forcejear con  los guardias. El cuarto guardia avanzó hacia el Ikari que quedaba.  Saltó hacia él, pero éste sacó un kunai y detuvo la espada del elfo. Lucharon durante un corto periodo de tiempo pues, de repente, los cuatro Ikaris desaparecieron.  Los Elfos miraron a todas partes, pero no veían al Shinobi. Entonces, una piedra que estaba enfrente de Ginthalas se convirtió en Ikari. Los cuatro guardias se dieron la vuelta, pero estaban muy alejados de su jefe para hacer nada. Ikari cerró el puño y golpeó a Ginthalas en el estómago. La armadura de Ginthalas podía protegerle del golpe de un hacha. El problema fue que Ikari conocía los metales que usaban los Elfos, así que rodeó su puño de un campo de chakra; haciéndolo más duro. Ghintalas cayó al suelo de rodillas, agarrándose el dolorido estómago. Los guardias iban a ensartar a Ikari con sus lanzas, pero éste extendió los dedos hacia ellos y los aprisionó en unas cuerdas azules de chakra.
-Dije que nadie me iba a encadenar.
-Ikari, ya basta. -le ordenó Snail.- Quédate quieto, haz el favor.
-Claro.
De pronto, miles de flechas salieron de los árboles de alrededor en dirección a Ikari. Éste extendió las palmas de las manos y las puso en horizontal. Saltó y gritó:
-¡Arena-Sempun!
La conocida barrera de chakra y arena le rodeó mientras giraba rápidamente. Las flechas rebotaron contra la barrera y cayeron al suelo. La lluvia de flechas cesó. Ikari dejó de girar. Y una comitiva de Elfos salió del bosque. Elfos de todas las edades, alturas y aspecto; enarbolando varios estandartes de varios colores, con distintos soles grabados en ellos. Iban dirigidos por un Elfo de pelo moreno. Era muy alto, con un traje dorado y blanco con varios soles grabados en él. Tenía un gesto serio y bondadoso, joven pero experimentado.
-Tanthalas. -murmuró Altair.

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