En ese
momento disparó el rayo con enorme potencia y la pared saltó en pedazos. El
aire caliente entró en la estancia, a una velocidad abrumadora. Y un río de
lava también. Norrin saltó disparado hacia lo alto, atravesó el techo y
desapareció dejando atrás su manto de armiño y su cetro. La guardia de Norrin
daba alaridos y gritos de terror,
corriendo de un lado para otro sin saber qué hacer. Otros ya estaban ardiendo o
derritiéndose. El aire se fue calentando poco a poco hasta que se volvió
insoportable.
-Maldita
sea… -farfulló Raiden. Luego se dirigió al grupo.- Tenemos que protegernos de
alguna manera o nos convertiremos en carne asada. ¡HAIHASS!
Sumlars
se convirtió en la espada de hielo. Raiden la clavó en el suelo con toda su
fuerza. Una cúpula de hielo rodeó a los compañeros, protegiéndolos de la masa
de lava que inundaba la habitación.
-Bien.
-dijo Raiden- Esto nos mantendrá frescos y a salvo durante un rato. Pero poco.
El hielo de Sumlars es mágico, aguantará más. Pero sigue siendo hielo.
-Vale…
entonces… hay prisa. -dijo Altair- ¿Imma?
El
extraño ser salió de nuevo de la sombra de Altair.
-Vaya,
-comentó Silver- parece que Ikari no es el único con una sombra especial.
Ikari sonrió.
-Altair, por los Dioses, estás hecho un asco. -le dijo
Imma.- Ese tipo te ha dejado fino.
-Imma... -pudo decir Altair.- Norrin... ha huido. ¿Tienes idea… de a dónde ha… podido ir?
-No. Ni
idea. -contestó Imma.- Y, aunque lo supiese, tampoco te lo diría. Si uno de sus
sicarios te ha dejado así, no quiero ni pensar en lo que podría hacerte él en
persona.
-Será
mejor que nos vayamos rápido. -dijo Raiden- La pared de hielo no aguantará mucho
más.
Cierto.
El hielo que los protegía se estaba empezando a derretir.
-Miraré
a ver si corremos mucho peligro. -dijo Ikari.- ¡Byakugan!
Gracias
a su técnica, Ikari vio que por la pared rota entraba seguía entrando lava, y
la habitación se estaba derritiendo en una masa de tonos metálicos y
anaranjados. No quedaba nadie de la guardia de Norrin.
-Secundo
la moción. -comentó Ikari.- Vámonos de aquí o nos asaremos. La habitación está
empezando a desintegrarse.
-No
sabía que podías ver a través de las paredes, Ikari. -dijo Silver.
-¡No
hay tiempo para eso! ¡Vámonos ya!
-¡Imma,
sácanos de aquí! -gritó Witt.- ¡Llévanos al portal más cercano!
-Oído.
El
grupo desapareció de la habitación, que, calentada por la lava, se fundió junto
al resto del edificio dorado. La antigua sede del Honrado Concejo de la Mesta y
actual palacio del Rey Sombra desapareció de Wesfair. Los robots que llevaban
la lava hacia aquél edificio para la forja de armas se tendrían que buscar otro
trabajo.
Aparecieron
en un bosque. El sol se filtraba entre las ramas de los árboles y los pájaros
piaban. El ambiente había cambiado considerablemente. Para bien. El grupo
empezó a mirar en todas direcciones, pero estaban solos.
-Si os
parece, -dijo Silver- daré una vuelta de reconocimiento. A ver qué encuentro.
Salió
corriendo a toda velocidad y al medio segundo, despareció.
-Lo
siento… chicos… -se disculpó Altair.- Si hubiese sido… más fuerte…
-Eh,
eh, calma, Altair. -le dijo Snail.
-Sí,
ese maldito Yant era realmente fuerte. -dijo Ikari.- Ninguno de nosotros habría
podido hacer nada contra él.
-Espera,
Altair, túmbate aquí. -dijo Witt señalando el césped bajo sus pies. -Voy a
curarte.
-¿Puedes
curar sus heridas, Ángel? -preguntó Snail.
-Mira,
Psi-Lord. Igual te sorprendes. –sonrió Witt.
Ayudaron
al Elfo a acostarse y Witt puso sus manos sobre su frente.
-¿Cómo
está, Witt? -preguntó Sheik.- ¿Qué tiene?
-Los
ataques de Yant tenían como objetivo afectar a los órganos internos. -señaló
Witt.- Las heridas superficiales son casi nulas… aunque la ropa esté hecha un
asco. Me llevará algo más de tiempo, pero podré curarle. Las heridas internas
tardo más en curarlas que las superficiales, pero estará como nuevo en unos
minutos.
En
efecto, pocos minutos después Altair estaba de nuevo en pie y con energía renovada.
-Gracias,
Witt. –le agradeció el Elfo sonriendo.- Cada vez estoy más seguro de que serías
capaz de resucitar a un muerto.
-No me
des las gracias a mí. -sonrió Witt.- Agradéceselo a la Diosa Paluthena. Además,
tú me cuidas siempre cuando estoy herido, es lo menos que puedo hacer.
-Bien,
-dijo Altair- será mejor que nos enteremos de dónde estamos. ¿Imma? ¿A dónde
nos has traído?
El ser
de las Sombras volvió a aparecer.
-Os he
traído a Qualinesti, Altair. Que no lo reconozcas…
-¿¡Qué!?
-exclamó Altair.- ¿¡Qualinesti!? ¿No tenías un lugar mejor donde mandarnos?
-Me
dijiste que os trajese al lugar más cercano. Y era éste. ¿Qué problema hay?
-Pues
que en Qualinesti viven los…
De
repente, una flecha marrón adornada con plumas de faisán se clavó en un árbol a
pocos centímetros de su cabeza.
-¡Corred!
-gritó Altair.
No
necesitó decirlo dos veces. Corrieron hacia no sabían dónde por el extenso
bosque, pero las ramas les dificultaban el paso. No llegaron muy lejos. A los
pocos pasos se encontraron de cara a unas lanzas. Lanzas… élficas.
-Ginthalas.
-murmuró Altair.
-Altair.
-contestó un Elfo encapuchado con una capa verde y con dos espadas largas de
acero cruzadas a su espalda. Llevaba una armadura completa de delicados
grabados y por sus hombros caían dos largos mechones de cabello rubio. Su
expresión era joven, pero severa.
-Cuánto
tiempo. -dijo Altair.
-No el
suficiente. -contestó el encapuchado.- ¿Qué haces aquí? Te dijimos claramente que
no…
-No he
venido a conciencia. -le interrumpió Altair.- Imma nos ha traído aquí… por
error. Ya nos íbamos. Aunque, ya que estoy aquí…-dijo vacilante- ¿podría ver a
Tanthalas?
-¿Con
ese aspecto tan desastroso? ¿Estás de broma? ¿Y para qué? -preguntó con
desprecio Ginthalas.
-Mi
aspecto es inevitable dados los acontecimientos recientes. Mis motivos son cosa
mía.
Los dos
Elfos se miraron fijamente a los ojos. Los de Ginthalas eran también hermosos,
pero fríos y duros. Altair sostuvo su mirada.
-Está
bien. -dijo Ginthalas al fin.- Pero con una condición…
-¿Cuál?
-Debes
ir sólo y sin armas. Tus compañeros estarán arrestados hasta entonces. Si
ocurre algo indeseable…. -dijo poniendo un pequeño cuchillo en el cuello de Ikari.
-Cuidado
con el cuchillo, Elfo. -dijo éste. -Podría ser tu último error.
Ginthalas
le lanzó una mirada de odio con sus ojos
rasgados. Retiró su cuchillo, pero dijo a sus guardias:
-A éste,
encadenadlo.
Los
guardias Elfos, enarbolando las lanzas, se acercaron a Ikari, pero el Shinobi
dio un salto hacia atrás.
-Nadie
va a encadenarme. -dijo.
-Eso lo
veremos. -contestó Ginthalas con arrogancia.- ¡Guardias, prendedle!
Cuatro
Elfos se abalanzaron sobre Ikari. Éste juntó los dedos corazón e índice
formando una cruz y gritó:
-¡Kage-Bunshin-nin-jutsu!
Tres
Ikaris salieron de la nada y comenzaron a forcejear con los guardias. El cuarto guardia avanzó hacia
el Ikari que quedaba. Saltó hacia él,
pero éste sacó un kunai y detuvo la espada del elfo. Lucharon durante un corto
periodo de tiempo pues, de repente, los cuatro Ikaris desaparecieron. Los Elfos miraron a todas partes, pero no
veían al Shinobi. Entonces, una piedra que estaba enfrente de Ginthalas se
convirtió en Ikari. Los cuatro guardias se dieron la vuelta, pero estaban muy
alejados de su jefe para hacer nada. Ikari cerró el puño y golpeó a Ginthalas
en el estómago. La armadura de Ginthalas podía protegerle del golpe de un
hacha. El problema fue que Ikari conocía los metales que usaban los Elfos, así
que rodeó su puño de un campo de chakra; haciéndolo más duro. Ghintalas cayó al
suelo de rodillas, agarrándose el dolorido estómago. Los guardias iban a
ensartar a Ikari con sus lanzas, pero éste extendió los dedos hacia ellos y los
aprisionó en unas cuerdas azules de chakra.
-Dije
que nadie me iba a encadenar.
-Ikari,
ya basta. -le ordenó Snail.- Quédate quieto, haz el favor.
-Claro.
De
pronto, miles de flechas salieron de los árboles de alrededor en dirección a
Ikari. Éste extendió las palmas de las manos y las puso en horizontal. Saltó y
gritó:
-¡Arena-Sempun!
La
conocida barrera de chakra y arena le rodeó mientras giraba rápidamente. Las
flechas rebotaron contra la barrera y cayeron al suelo. La lluvia de flechas
cesó. Ikari dejó de girar. Y una comitiva de Elfos salió del bosque. Elfos de
todas las edades, alturas y aspecto; enarbolando varios estandartes de varios
colores, con distintos soles grabados en ellos. Iban dirigidos por un Elfo de
pelo moreno. Era muy alto, con un traje dorado y blanco con varios soles
grabados en él. Tenía un gesto serio y bondadoso, joven pero experimentado.
-Tanthalas.
-murmuró Altair.
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