El planeta Tierra ha sido arrasado por las potencias del II
Eje, sin que los Últimos Aliados hayan podido impedirlo. Ahora, ambos ejércitos
han sido derrotados y exterminados. Todos los civiles de todo el mundo han
muerto. No queda vida en el planeta: la Tierra se ha convertido en una vorágine
de silencio, fuego y escombros. Toda vida animal y vegetal ha sido aniquilada.
El cielo está cubierto de ceniza y humo, ya no se ve el Sol.
Londres. Año 2020. Las calles de la antigua esplendorosa
capital británica se encuentran ahora convertidas en un manojo de escombros.
Los edificios, derruidos. El suelo, lleno de cadáveres dispersos y manchas de
sangre. Enormes columnas de humo se elevan hacia el cielo cubierto por la
ceniza de la guerra y la contaminación. Todo es destrucción y desolación. Al
igual que el resto de las ciudades del mundo, Londres ha muerto.
Pero algo hace a esta ciudad diferente de las demás. En una
de sus muchas calles, irreconocible debido al caos desatado, se alzan dos
figuras. Los únicos supervivientes de la masacre mundial. Uno frente al otro.
Y, por desgracia, de bandos opuestos.
Uno de ellos es Nº 7, el androide. El arma definitiva de las
potencias del Eje, construido gracias a los últimos avances en tecnología
bélica y robótica, y responsable de la destrucción de países enteros. Su pelo,
largo y negro, ondea al viento que arrastra las cenizas por las derruidas
calles de Londres. Su ropa, camiseta negra de mangas blancas y pantalón vaquero
azul, está destrozada. Tiene muchas magulladuras, y las chispas saltan de su
cuerpo. Su tejido externo, de aspecto similar a la piel humana, está destrozado
en varias zonas de su cuerpo, dejando ver parte de su estructura mecánica. Le
cuesta recuperar el aliento.
El otro es Raymond Quest. Es la mejor baza de los Últimos
Aliados, un hombre que ha sido sometido al proyecto “Salvador”, un programa del
Ejército Mundial de la ONU para crear una nueva raza de supersoldados. Raymond
Quest es el último que queda de ellos. Su anterior trabajo como policía y miembro
de los Cuerpos Especiales hacían de él el favorito del nuevo contingente. Sus
ropas también están rotas: su camiseta negra de manga corta y sus pantalones
marrones. El pelo, un poco largo y peinado hacia arriba con gomina. Patillas
largas. Y también está fatigado después del combate.
-¡Es inútil, Nº 7! ¡No te dejaré
alcanzar la victoria! ¡Es mejor que te rindas!
-¿Qué no me dejarás alcanzar la
victoria? ¡Jajajajaja! ¡Estúpido humano! ¡Vuestra arrogancia os ha conducido ha
esto! Tus globos oculares deben tener algún fallo… ¡Mira a tu alrededor,
Raymond! ¡Vuestra amada ciudad de Londres, al igual que el resto del mundo, ha
sido completamente aniquilada! ¡No queda ni un solo árbol en pie! ¡Nuestros
corazones son ya los únicos que palpitan en tu destrozado mundo! ¿Y de quién es
la culpa?
-¡Fueron tus líderes los que
empezaron esta masacre! ¡Nosotros sólo nos alzamos para contenerlos!
-No me hagas reír con tu falsa
humanidad. Sabes tan bien como yo que tanto un bando como otro buscaban el
monopolio. Unos me crearon a mí, otros a ti. ¿Cuál es la diferencia?
-¡La diferencia es que tú has
elegido seguir la ruta del mal!
-Aún hoy, después de 2020 años
de Historia, seguís guiándoos por los conceptos de “bien” y “mal”. ¡Idiota!
¡Sois la única especie que ha sido tan estúpida de conducirse ella misma hasta
su propia aniquilación, arrastrando consigo a las demás formas de vida!
-¡Tú has colaborado en esta
aniquilación, Nº7!
-Soy un androide, Quest. A mí
vuestros asuntos ni me van ni me vienen. Tenía un creador, y órdenes de ese
creador. Los androides somos diseñados para obedecer órdenes. Pero ahora que mi
creador ha muerto, debo terminar la misión que me encomendó para ser libre. Y
esa misión es destruir a los Últimos Aliados. Ya casi he cumplido, sólo quedas
tú.
-Apenas te tienes en pie… estás
como yo. ¿Crees de verdad que vas a conseguir matarme?
-Cierto… pero es necesario
llegar hasta el final. La lucha entre el hombre y la máquina es tan antigua
como el propio universo. Y estoy seguro de que te mataré, igual que he matado a
otros tantos de tu unidad.
-¿Cómo hemos llegado a esto?
-Busca la respuesta en tu raza,
Raymond. Sois los únicos responsables.
-Si quieres acabar con esto,
androide, puedes estar seguro de que lucharé hasta que me abandonen las
fuerzas. ¡Vengaré a mis amigos y a toda la raza humana!
Raymond salió corriendo contra
Nº 7 dando un grito.
-Esto ya me gusta más. Sigues
confiando en la bondad de los humanos a pesar del escenario que tienes ante tus
ojos. Esa será tu perdición.
Ambos combatientes colisionaron uno con otro, dándose puñetazos
y patadas. Los golpes se desarrollaban a una gran velocidad, sin que ninguno de
los dos llegase a sobreponerse al otro. Dieron un largo salto y se separaron.
Entonces, Ray sacó su pistola y disparó contra Nº 7. Pero el androide ni se
inmutó.
-¡Imbécil! ¡A estas alturas ya
deberías saber que las balas de los humanos nada pueden contra mí! ¡Ni siquiera
el obús de uno de vuestros tanques!
Ray dejó de disparar y guardó su
pistola. Entonces agarró una enorme piedra y se la arrojó con todas sus fuerzas
a Nº 7. Éste la destrozó de un puñetazo. Pero Ray apareció detrás de él y le
golpeó las piernas al androide con una barra de hierro. Éste lanzó un alarido y
cayó al suelo. Ray le iba a rematar con la barra, pero Nº 7 giró totalmente su
cintura y el rayo fotónico surgió de su mano. La energía abrasó a Ray, pero el
supersoldado aguantó en pie. Nº 7 no se podía levantar y había perdido sus
últimas baterías en ese ataque. Raymond había perdido toda su ropa, y su cuerpo
estaba chamuscado. A duras penas consiguió incorporarse.
-¡No! ¡Es imposible! ¡Ese rayo
podía desintegrar una cámara de acero! ¡¿Cómo puedes estar vivo?!
-El suero… de supersoldado… mi
entrenamiento… soy duro de… roer.
-Pero… pero…
-Ya no… puedes… moverte… es… el fin….
para… los dos…
-¿Qué… qué quieres decir? ¿No
irás a decirme que piensas matarme? Tu cuerpo está lleno de quemaduras de
primer grado, y no tienes fuerza para golpearme. Tu muerte está muy próxima. Es
cierto que ya no me quedan baterías para lanzar un ataque y que me has roto las
piernas, desgraciado. Pero, ¿qué crees que me vas a hacer?
Sin responder a la pregunta,
Raymond se tambaleó a un lado y caminó unos pocos metros a la derecha. Miró a
su alrededor. Elevó la vista al cielo. Había empezado a llover. Dirigió la
vista hacia donde antes se alzaba el orgulloso Big Ben. Y pudo distinguir,
entre los escombros, en segundero de hierro del enorme reloj. Haciendo acopio
de todas sus reservas de fuerza, lo agarró y lo levantó en el aire. Nº 7 quedó
asombrado ante la fuerza milagrosa de ese humano. Pero no creía que pudiese
llegar a mucho más. Raymond, consciente de que le quedaba poco para consumirse
y que cada paso que daba le resultaba un auténtico martirio, apretó los dientes
y, sujetando la enorme aguja de hierro, se acercó al androide. Éste mostró su
rostro de terror cuando vio a Raymond ante él, con su cuerpo totalmente
quemado, sangrando y destrozado mientras sujetaba en lo alto la aguja de hierro
con su punta dirigida a su estómago.
-No… no es posible…
-Lo es… Nº7. El suero… me ha
dado la… posibilidad… de hacer esto…
Entonces Raymond, con sus
últimas fuerzas, clavó la enorme aguja en el estómago del androide mientras
gritaba:
-¡Por la venganza del mundo!
Los circuitos de Nº 7 se
apagaron por completo, destrozados al ser atravesados por la gigantesca aguja.
Y Raymond cayó al suelo, quemado y muerto, por haber puesto sus últimas fuerzas
al servicio de la justicia.
La lluvia lo inundó todo. Se
llevó el fuego, el silencio, el dolor. Purificó la tierra, los cadáveres. Y los
Siete Dioses, lamentándose en el Cielo de los humanos, se prepararon para la
enorme tarea que tenían por delante.
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