martes, 1 de mayo de 2012

Los Orígenes de Babylon: Confrontación final entre Nº7 y Raymond Quest


El planeta Tierra ha sido arrasado por las potencias del II Eje, sin que los Últimos Aliados hayan podido impedirlo. Ahora, ambos ejércitos han sido derrotados y exterminados. Todos los civiles de todo el mundo han muerto. No queda vida en el planeta: la Tierra se ha convertido en una vorágine de silencio, fuego y escombros. Toda vida animal y vegetal ha sido aniquilada. El cielo está cubierto de ceniza y humo, ya no se ve el Sol.
Londres. Año 2020. Las calles de la antigua esplendorosa capital británica se encuentran ahora convertidas en un manojo de escombros. Los edificios, derruidos. El suelo, lleno de cadáveres dispersos y manchas de sangre. Enormes columnas de humo se elevan hacia el cielo cubierto por la ceniza de la guerra y la contaminación. Todo es destrucción y desolación. Al igual que el resto de las ciudades del mundo, Londres ha muerto.
Pero algo hace a esta ciudad diferente de las demás. En una de sus muchas calles, irreconocible debido al caos desatado, se alzan dos figuras. Los únicos supervivientes de la masacre mundial. Uno frente al otro. Y, por desgracia, de bandos opuestos.
Uno de ellos es Nº 7, el androide. El arma definitiva de las potencias del Eje, construido gracias a los últimos avances en tecnología bélica y robótica, y responsable de la destrucción de países enteros. Su pelo, largo y negro, ondea al viento que arrastra las cenizas por las derruidas calles de Londres. Su ropa, camiseta negra de mangas blancas y pantalón vaquero azul, está destrozada. Tiene muchas magulladuras, y las chispas saltan de su cuerpo. Su tejido externo, de aspecto similar a la piel humana, está destrozado en varias zonas de su cuerpo, dejando ver parte de su estructura mecánica. Le cuesta recuperar el aliento.
El otro es Raymond Quest. Es la mejor baza de los Últimos Aliados, un hombre que ha sido sometido al proyecto “Salvador”, un programa del Ejército Mundial de la ONU para crear una nueva raza de supersoldados. Raymond Quest es el último que queda de ellos. Su anterior trabajo como policía y miembro de los Cuerpos Especiales hacían de él el favorito del nuevo contingente. Sus ropas también están rotas: su camiseta negra de manga corta y sus pantalones marrones. El pelo, un poco largo y peinado hacia arriba con gomina. Patillas largas. Y también está fatigado después del combate.
-¡Es inútil, Nº 7! ¡No te dejaré alcanzar la victoria! ¡Es mejor que te rindas!
-¿Qué no me dejarás alcanzar la victoria? ¡Jajajajaja! ¡Estúpido humano! ¡Vuestra arrogancia os ha conducido ha esto! Tus globos oculares deben tener algún fallo… ¡Mira a tu alrededor, Raymond! ¡Vuestra amada ciudad de Londres, al igual que el resto del mundo, ha sido completamente aniquilada! ¡No queda ni un solo árbol en pie! ¡Nuestros corazones son ya los únicos que palpitan en tu destrozado mundo! ¿Y de quién es la culpa?
-¡Fueron tus líderes los que empezaron esta masacre! ¡Nosotros sólo nos alzamos para contenerlos!
-No me hagas reír con tu falsa humanidad. Sabes tan bien como yo que tanto un bando como otro buscaban el monopolio. Unos me crearon a mí, otros a ti. ¿Cuál es la diferencia?
-¡La diferencia es que tú has elegido seguir la ruta del mal!
-Aún hoy, después de 2020 años de Historia, seguís guiándoos por los conceptos de “bien” y “mal”. ¡Idiota! ¡Sois la única especie que ha sido tan estúpida de conducirse ella misma hasta su propia aniquilación, arrastrando consigo a las demás formas de vida!
-¡Tú has colaborado en esta aniquilación, Nº7!
-Soy un androide, Quest. A mí vuestros asuntos ni me van ni me vienen. Tenía un creador, y órdenes de ese creador. Los androides somos diseñados para obedecer órdenes. Pero ahora que mi creador ha muerto, debo terminar la misión que me encomendó para ser libre. Y esa misión es destruir a los Últimos Aliados. Ya casi he cumplido, sólo quedas tú.
-Apenas te tienes en pie… estás como yo. ¿Crees de verdad que vas a conseguir matarme?
-Cierto… pero es necesario llegar hasta el final. La lucha entre el hombre y la máquina es tan antigua como el propio universo. Y estoy seguro de que te mataré, igual que he matado a otros tantos de tu unidad.
-¿Cómo hemos llegado a esto?
-Busca la respuesta en tu raza, Raymond. Sois los únicos responsables.
-Si quieres acabar con esto, androide, puedes estar seguro de que lucharé hasta que me abandonen las fuerzas. ¡Vengaré a mis amigos y a toda la raza humana!

Raymond salió corriendo contra Nº 7 dando un grito.

-Esto ya me gusta más. Sigues confiando en la bondad de los humanos a pesar del escenario que tienes ante tus ojos. Esa será tu perdición.

Ambos combatientes  colisionaron uno con otro, dándose puñetazos y patadas. Los golpes se desarrollaban a una gran velocidad, sin que ninguno de los dos llegase a sobreponerse al otro. Dieron un largo salto y se separaron. Entonces, Ray sacó su pistola y disparó contra Nº 7. Pero el androide ni se inmutó.
-¡Imbécil! ¡A estas alturas ya deberías saber que las balas de los humanos nada pueden contra mí! ¡Ni siquiera el obús de uno de vuestros tanques!
Ray dejó de disparar y guardó su pistola. Entonces agarró una enorme piedra y se la arrojó con todas sus fuerzas a Nº 7. Éste la destrozó de un puñetazo. Pero Ray apareció detrás de él y le golpeó las piernas al androide con una barra de hierro. Éste lanzó un alarido y cayó al suelo. Ray le iba a rematar con la barra, pero Nº 7 giró totalmente su cintura y el rayo fotónico surgió de su mano. La energía abrasó a Ray, pero el supersoldado aguantó en pie. Nº 7 no se podía levantar y había perdido sus últimas baterías en ese ataque. Raymond había perdido toda su ropa, y su cuerpo estaba chamuscado. A duras penas consiguió incorporarse.
-¡No! ¡Es imposible! ¡Ese rayo podía desintegrar una cámara de acero! ¡¿Cómo puedes estar vivo?!
-El suero… de supersoldado… mi entrenamiento… soy duro de… roer.
-Pero… pero…
-Ya no… puedes… moverte… es… el fin…. para… los dos…
-¿Qué… qué quieres decir? ¿No irás a decirme que piensas matarme? Tu cuerpo está lleno de quemaduras de primer grado, y no tienes fuerza para golpearme. Tu muerte está muy próxima. Es cierto que ya no me quedan baterías para lanzar un ataque y que me has roto las piernas, desgraciado. Pero, ¿qué crees que me vas a hacer?

Sin responder a la pregunta, Raymond se tambaleó a un lado y caminó unos pocos metros a la derecha. Miró a su alrededor. Elevó la vista al cielo. Había empezado a llover. Dirigió la vista hacia donde antes se alzaba el orgulloso Big Ben. Y pudo distinguir, entre los escombros, en segundero de hierro del enorme reloj. Haciendo acopio de todas sus reservas de fuerza, lo agarró y lo levantó en el aire. Nº 7 quedó asombrado ante la fuerza milagrosa de ese humano. Pero no creía que pudiese llegar a mucho más. Raymond, consciente de que le quedaba poco para consumirse y que cada paso que daba le resultaba un auténtico martirio, apretó los dientes y, sujetando la enorme aguja de hierro, se acercó al androide. Éste mostró su rostro de terror cuando vio a Raymond ante él, con su cuerpo totalmente quemado, sangrando y destrozado mientras sujetaba en lo alto la aguja de hierro con su punta dirigida a su estómago.
-No… no es posible…
-Lo es… Nº7. El suero… me ha dado la… posibilidad… de hacer esto…
Entonces Raymond, con sus últimas fuerzas, clavó la enorme aguja en el estómago del androide mientras gritaba:
-¡Por la venganza del mundo!
Los circuitos de Nº 7 se apagaron por completo, destrozados al ser atravesados por la gigantesca aguja. Y Raymond cayó al suelo, quemado y muerto, por haber puesto sus últimas fuerzas al servicio de la justicia.
La lluvia lo inundó todo. Se llevó el fuego, el silencio, el dolor. Purificó la tierra, los cadáveres. Y los Siete Dioses, lamentándose en el Cielo de los humanos, se prepararon para la enorme tarea que tenían por delante.

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