(Malekith está subido al balcón del Palacio de Qualinesti. En la mano derecha, cogida de los largos cabellos, sostiene la cabeza del difunto Thantalas Lirio Azul, el Orador de los Soles y antiguo monarca de Qualinesti. En la otra mano, de la misma forma, pende la cabeza de Beltza, rey de Fendor y padre de Altair. En el claro del bosque, aterrados, los elfos de Fendor y Qualinesti, que han sido reunidos allí por los hombres de Malekith; esperan con temor lo que el líder de los Elfos Oscuros tiene que decirles. Malekith, con una cruel sonrisa en la cara y alzando las cabezas de los difuntos reyes, proclama.)
¡Elfos! ¡Así nos llaman los pueblos extranjeros! ¡Todos nosotros somos elfos! ¡Hermanos! Sin embargo, una antigua disputa nos ha mantenido separados. Nos han dividido en Altos Elfos, Elfos Silvanos y Elfos Oscuros. Esta estúpida ramificación nos ha mantenido en constante conflicto durante décadas. Pero hoy... ¡hoy se abre un nuevo camino ante nosotros! ¡Hoy tenéis la oportunidad de seguir la luz que se aparece ante vuestros ojos! Hoy nosotros, los Elfos Oscuros, os hemos dado la posibilidad de que todo eso cambie. De que vuestra vida mejore. ¿Queréis sobrevivir al futuro?
(Malekith mira con una mueca de satisfacción las cabezas sangrantes de ambos reyes. Después lanza una mirada al pueblo elfo y, mostrando las cabezas, continúa)
Tengo aquí, en mis manos, las cabezas de los responsables del viejo orden. De la vieja escuela. De la marginación, del miedo, de la contaminación, de la subordinación... gracias a este par, los Elfos hemos vivido escondidos en nuestros hogares, al abrigo de los bosques o las montañas, temiendo al mundo exterior y encerrados en nuestro mundo. ¡Es hora de que eso cambie! ¡Es hora de que nosotros no temamos al invasor, sino de que nosotros seamos el invasor! Os invito a vosotros, elfos de todas clases, Silvanos, Altos y Oscuros; a uniros a mi cruzada. Os presento un mundo en el que los elfos serán la raza dominante, donde no deberemos temer más a un invasor. Nosotros, juntos, formaremos una nueva pirámide mundial donde coronaremos la cima. Pero... Beltza y Thantalas... ellos no entendían este sueño. No querían verlo. Preferían seguir escondiéndose bajo las copas de los árboles. Por eso, para poner fin a esa barrera... ¡yo, Malekith Mordo, asesiné a estos reyes! ¡Acabé con el impedimento, con la ceguera que llevaba acosando a los elfos siglos y siglos! Ahora, yo os digo: ¿qué haréis? ¿Seguiréis ciegos a la vieja escuela de los elfos donde todo es miedo y cobardía o subiréis conmigo a una nueva realidad, donde los elfos gobernarán por encima de todo?
(Un murmullo se empieza a levantar entre los elfos allí congregados. Malekith, acompañado de Ghintalas, ve entre los rostros de preocupación sombras de esperanza: aún queda un príncipe elfo, de la estirpe de Fendor, que es el heredero al trono. Malekith, sonriente, continúa hablando)
Sé lo que pensáis muchos en este momento: el joven Altair Hoja de Arce, hijo de Beltza Hoja de Arce, es el legítimo heredero a un trono que yo estoy reclamando. Pero, como todos sabéis, no se tienen noticias del joven Hoja de Arce desde hace años. Lo más fácil es que haya muerto por algún camino, solo y abandonado, sin que nadie sepa quién es. Pero no os preocupéis: no necesitáis a ese príncipe. ¡Yo soy el nuevo príncipe! ¡La dinastía de los Mordo ha renacido de las sombras, y ha sido enviada de vuelta al mundo para reclamar lo que es suyo! ¡Largo tiempo atrás mi padre, rey de los Elfos Oscuros, luchó para proteger los intereses de los elfos! ¡Gracias a nuestro ejército, vuestras tierras fueron seguras! Pero cuando llegó un ocaso, cuando os pedimos ayuda, ¿qué hicisteis? Nada. Nos disteis la espalda. ¡Gracias a elfos como Beltza y Thantalas, los Elfos Oscuros fueron conducidos casi a la aniquilación!
(Los soldados de Malekith lanzan gritos de furia, y los Altos y Silvanos elfos allí reunidos tiemblan al oír sus gritos y vítores hacia su líder. Malekith sonríe y prosigue)
Eso ha acabado. Los Elfos Oscuros hemos tardado siglos en regenerarnos, planeando aplastar vuestras fuerzas y recuperar nuestro derecho. Mi padre quería mataros a todos. Por suerte para vosotros, le llegó la hora antes de nuestra vuelta al mundo élfico. Yo, ahora que las dinastías del Lirio Azul para los Altos Elfos y Hoja de Arce para los Elfos Silvanos han desaparecido; no os mataré. No llevaré a cabo el plan que mi padre tenía reservado para todos vosotros. Yo os ofrezco una vida cómoda, donde los Altos Elfos, los Elfos Silvanos y los Elfos Oscuros vivamos como hermanos que somos. Gozaréis de la protección del ejército de Elfos Oscuros. ¿Qué me decís, hermanos?
(Los elfos allí reunidos siguen temerosos ante la visión de las cabezas ensangrentadas de sus antiguos reyes, pero poco a poco, las exclamaciones y los vítores van llenando el claro del bosque. Poco a poco, los gritos de alegría, agradecimiento e incluso adoración se elevan en el aire, filtrándose a través de las copas de los árboles. Malekith sonríe de forma malévola, le tiende las cabezas a Ghintalas para que las guarde en pequeñas bolsas de cuero y se dirige de nuevo a la muchedumbre)
Me alegra que tengáis mucha más inteligencia que la que demostraron vuestros respectivos reyes. Pero, como comprenderéis, una ofensa como la que recibimos los Elfos Oscuros hace ya tantos siglos no puede olvidarse fácilmente. Así, me convertiré en rey de Fendor y Qualinesti; y como prueba de lealtad, todos los meses cada uno de vosotros ha de pagarme un 30% de su hacienda en calidad de tributo. Aquél que no lo haga, será considerado un traidor y se le tratará en consecuencia.
(Esta vez, el murmullo de los elfos es de auténtico terror, pues comprenden que han aceptado en el trono a un tirano. Malekith, que se había anticipado a esa reacción, finaliza así el discurso)
Sé que estáis preocupados, pero mientras paguéis los tributos no tenéis nada que temer. Por supuesto, también tenéis la oportunidad de renegar del reino élfico y morir aquí y ahora, ensartados por mis hombres. Quien prefiera esa opción, que lo diga ahora.
(Silencio temeroso)
Bien, conserváis vuestro buen juicio. Ahora, ciudadanos, haced el favor de volver a vuestras respectivas casas: la guardia pasará dentro de unos minutos para recoger el primer tributo. ¡Salve!
(Mientras la muchedumbre se dispersa, aterrada, Malekith vuelve al interior del palacio, donde le espera el traidor Ghintalas)
-Lo has hecho muy bien, Malekith. Se nota que tienes dotes de mando y demagogia. Pero no te olvides de lo que me prometiste: yo te he entregado las cabezas de los viejos reyes y te he dado el trono de los Elfos. He cumplido mi parte.
-No seas tan impaciente, mi joven amigo. Pronto se te dará lo que quieres. Los Mordo saben agradecer a aquellos que les ayudan.
(Malekith deja atrás a Ghintalas y entra en una habitación, donde le aguarda un encapuchado personaje)
-Enhorabuena por ese discurso. Muy convincente.
-Cállate. Tenía que ganármelos para que convivir con ellos fuese más fácil. Me daba igual que no me aceptasen como rey, iba a gobernar por las buenas o por las malas. Sólo he intentado hacerlo un poco más llevadero. No me hace gracia gobernar a todos esos elfos inferiores, pero con el paso del tiempo sólo quedarán Elfos Oscuros. Poco a poco iré aumentando los tributos, y cuando ya nadie pueda pagar... ¡zas! Y el reino de los Elfos será mío, sin ninguna otra sangre de por medio.
-Eres realmente maléfico. ¿Qué pasa con Ghintalas?
-Ese idiota... se está volviendo muy insistente con que le conceda lo que le prometí.
-Tal vez deberías hacerlo. ¿Dónde quedaría entonces el honor de los Mordo?
-¡Silencio! Aún es pronto para complacerle... todavía tengo que acabar unos asuntos pendientes.
-¿Qué tipo de asuntos, si se me permite la pregunta?
-Ahora que gobierno Fendor y Qualinesti voy a estar muy ocupado. Y mis hombres deben empezar a organizarse también. Por lo tanto, tengo un trabajo para ti.
-Lo que sea.
-Quiero que recorras el mundo entero y me notifiques cualquier cosa referente a Altair Hoja de Arce. Necesito saber si está vivo o muerto.En ambos casos, encuéntralo. Y tráelo aquí. Pero que ningún elfo te vea.
-Soy experto en que no se me vea, Malekith.
-Bien, Enjambre. Sabía que podía confiar en ti.
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