sábado, 9 de marzo de 2013

Capítulo XVIII


Berenice y Altair corrían por un pasillo largo de madera, con numerosos arcos que sostenían el techo en forma de cúpula. El corredor recorría los bellos jardines del enorme palacio. La hermosa Elfa llevaba a Altair de la mano y sonreía con picardía.
-Berenice, ¿a dónde vamos? No me parece que estos pasillos lleven al despacho de tu padre. No es muy normal… -dijo el Elfo.
Berenice le hizo una seña para que se callara. Llegaron a una puerta de madera blanca con pequeños y delicados grabados.
-Madera de sauce blanco. -reconoció Altair.- Un árbol que solo crece en Qualinesti. Berenice, ¿dónde…?
La Elfa posó un dedo sobre sus labios, sonrió y giró el pomo. La puerta se abrió, dando paso a una sencilla habitación. Los rayos del sol entraban por la pequeña ventana de la pared del frente. Una mesilla de madera y una estantería llena de libros de extraños títulos. Una lámpara en forma de Sol decoraba el techo. Las paredes estaban cubiertas ligeramente de hojas de todos los tipos de árbol. A un lado se encontraba una cama de madera, ricamente adornada con motivos vegetales.
-Berenice, ¿dónde estamos? ¿Qué es este sitio?
-Mi alcoba. -respondió la Elfa mostrando su hermosa sonrisa.- Te he echado de menos, Altair. Mucho. Y tus ropas, tan rotas… la verdad es que te da un toque erótico muy atractivo.
Dicho esto, se lanzó hacia él, rodeó su cuello con los brazos y le besó en los labios. Altair intentó apartar su rostro, aunque había echado muchísimo de menos aquellos carnosos labios.
-Berenice, espera… -pudo decir.
Ella se separó un poco de Altair.
-¿Qué pasa? Te noto muy frío, Altair. Es normal que una joven bese a su prometido, ¿no? Más aún cuando llevamos tanto tiempo sin vernos.
-Berenice, eso fue hace mucho. Pero ocurrió lo de…
-Ya sé lo que ocurrió. -le interrumpió la Elfa.- Pero has vuelto. Te pedí en Elkin que volvieses y lo has hecho.
-Imma nos ha traído aquí por error. Yo no tenía intención de volver. Ginthalas ha estado a punto de apresarnos y casi nos matan.
-Ginthalas es un imbécil. Déjale a su bola y nosotros a la nuestra. -la Elfa sonrió.
-Llévame ante el Orador, Berenice. Tú y yo ya hablaremos… -dijo Altair intentando poner un gesto serio.
Berenice se lo pensó, pero se separó por completo de él. Se acercó a la puerta y la abrió con gesto serio.
-Es todo recto. -dijo con un gesto de cabeza.- Al final del pasillo.
-Gracias. Ah, otra cosa. -Altair se detuvo antes de salir.
-¿Qué?
El joven sonrió.
-Me alegra volver a verte, Berenice.
La Elfa se ruborizó y cerró la puerta tras él. Altair caminó a lo largo del pasillo, hasta que llegó al despacho del Orador de los Soles. Llamó a la puerta.
-Adelante. -dijo una voz desde dentro.
Altair tomó aire y entró. Era mucho más grande que la de Berenice. Había mesas y estanterías por todas partes, con muchos soles en las paredes. Al fondo de la habitación estaba el Orador sentado detrás de una gran mesa de madera de roble. La iluminación era inmensa, a pesar de no tener casi ventanas.
-Ah, Altair. Vaya, has tardado menos de lo que esperaba. Ni siquiera me has dado tiempo a tomarme el té. Creía que tu reencuentro con mi hija iba a ser más largo. Pero ya veo que tienes prisa. Siéntate, por favor. Primero son los negocios, luego los placeres, ¿no? -dijo señalando una silla.
Altair se ruborizó ligeramente, avanzó y se sentó en la silla de madera.
-Muy bien, tú dirás. -dijo el Orador.
-Hace ya 304 años que se me prohibió volver a Qualinesti, Orador.
-Cosa que no has cumplido. -le interrumpió Tanthalas.- Altair, nosotros sólo dejamos entrar en este bosque a los Elfos. Y no a todos. Y de repente se presenta un expulsado de Qualinesti con cinco seres más. Y ninguno de ellos Elfo completo. ¿Cómo pretendes que reaccionemos? Yo no quería expulsarte de aquí, Altair. Y Berenice por supuesto que tampoco. Pero, después de lo que hiciste… incluso tu padre afirmó que era lo correcto, con gran dolor de nuestros corazones. El pueblo estaba furioso… A propósito, ¿saben los fendorianos que estás aquí?
-Hace doscientos años que no veo a mi gente. -contestó abatido Altair.
-Ya veo. Has estado muy ocupado, Altair. Está bien, prosigue.
-Bien. -prosiguió Altair.- Mis amigos y yo hemos estado siguiendo a unos tipos que están intentando conquistar Babylon. Wolffus, A3, Kraw y… otro.
-Si, he oído hablar de ellos. Ya tienen muchos territorios bajo su dominio, por lo que me han informado.
-Entonces, Qualinesti está enterado de la situación.
-Sí. Hay incluso amenaza de guerra, Altair. Y Qualinesti no se puede permitir en estos momentos una guerra. Nuestros enemigos están avanzando hacia el Norte, hacia la tierra de Vangaard. Sin embargo, sabemos que actúan bajo las órdenes de alguien. Alguien que permanece en la sombra.
-Ya no. Sabemos quién está detrás de esto, quién es el cabecilla de ese grupo. -dijo Altair.- Nos hemos enfrentado con él hace poco y en mi compañía se encuentra alguien que ya luchó contra su ejército anteriormente para defender su patria.
-Lo imagino. El Ángel, ¿no es cierto? Me han dicho que intentaron conquistar el Reino del Cielo.
-Así es. Tenéis buenos informadores, Orador. No lo consiguieron, aunque robaron la Espada Sagrada de Paluthena.
-La Espada… un artefacto de poder increíble. Sin embargo, sólo funciona en mano divina. ¿Por qué esa espada? Has dicho que habéis luchado contra el responsable. ¿Se trata acaso de un Dios? Si es así… ¿cómo habéis sobrevivido?
-No, no es un Dios nuestro enemigo. Los Demonios actúan bajo la mano de Norrin.
-Norrin. -el rostro del Orador se ensombreció.- El Príncipe de los Infiernos. Obsesionado con el poder y la Muerte. Entonces ya está claro: los Demonios pretenden conseguir un poder divino. Ése es su verdadero objetivo. Y así podrían incluso utilizar la Espada de Paluthena. Y, puesto que Norrin es como es, busca el poder del Dios Lanaryu. El Dios de la Oscuridad y la Muerte.
-¡¿Qué?! -gritó Altair.- ¡Eso es imposible! ¿Y cómo sabéis que Norrin es el Príncipe de los Infiernos? Nosotros no lo sabíamos…
-Tranquilo, muchacho. Supongo que he leído más y soy bastante más viejo que vosotros, por lo que mis conocimientos son algo superiores a los vuestros. El hecho de que no supieseis que Norrin era el Príncipe del Inframundo me sorprende, jovencito. No es alguien a quien uno se pueda enfrentar a la ligera…
-¿El poder de Lanaryu? Pero… ¿cómo?
-Enseguida te lo explicaré, muchacho. De todas formas, relájate. Un grupo de Demonios no puede hacerse con un poder divino así como así. Ni siquiera Norrin. Primero deben conseguir algo que no tienen. Y es lo único que les permitiría acceder al poder que buscan.
-¿Qué es lo que Norrin debería tener para conseguir el poder de un Dios? -preguntó Altair.
-Los Engranajes del Tiempo. -contestó el Orador.

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