Berenice
y Altair corrían por un pasillo largo de madera, con numerosos arcos que
sostenían el techo en forma de cúpula. El corredor recorría los bellos jardines
del enorme palacio. La hermosa Elfa llevaba a Altair de la mano y sonreía con
picardía.
-Berenice,
¿a dónde vamos? No me parece que estos pasillos lleven al despacho de tu padre.
No es muy normal… -dijo el Elfo.
Berenice
le hizo una seña para que se callara. Llegaron a una puerta de madera blanca
con pequeños y delicados grabados.
-Madera
de sauce blanco. -reconoció Altair.- Un árbol que solo crece en Qualinesti.
Berenice, ¿dónde…?
La Elfa
posó un dedo sobre sus labios, sonrió y giró el pomo. La puerta se abrió, dando
paso a una sencilla habitación. Los rayos del sol entraban por la pequeña
ventana de la pared del frente. Una mesilla de madera y una estantería llena de
libros de extraños títulos. Una lámpara en forma de Sol decoraba el techo. Las
paredes estaban cubiertas ligeramente de hojas de todos los tipos de árbol. A
un lado se encontraba una cama de madera, ricamente adornada con motivos
vegetales.
-Berenice,
¿dónde estamos? ¿Qué es este sitio?
-Mi
alcoba. -respondió la Elfa mostrando su hermosa sonrisa.- Te he echado de
menos, Altair. Mucho. Y tus ropas, tan rotas… la verdad es que te da un toque
erótico muy atractivo.
Dicho
esto, se lanzó hacia él, rodeó su cuello con los brazos y le besó en los labios.
Altair intentó apartar su rostro, aunque había echado muchísimo de menos aquellos
carnosos labios.
-Berenice,
espera… -pudo decir.
Ella se
separó un poco de Altair.
-¿Qué
pasa? Te noto muy frío, Altair. Es normal que una joven bese a su prometido,
¿no? Más aún cuando llevamos tanto tiempo sin vernos.
-Berenice,
eso fue hace mucho. Pero ocurrió lo de…
-Ya sé
lo que ocurrió. -le interrumpió la Elfa.- Pero has vuelto. Te pedí en Elkin que
volvieses y lo has hecho.
-Imma
nos ha traído aquí por error. Yo no tenía intención de volver. Ginthalas ha
estado a punto de apresarnos y casi nos matan.
-Ginthalas
es un imbécil. Déjale a su bola y nosotros a la nuestra. -la Elfa sonrió.
-Llévame
ante el Orador, Berenice. Tú y yo ya hablaremos… -dijo Altair intentando poner
un gesto serio.
Berenice
se lo pensó, pero se separó por completo de él. Se acercó a la puerta y la
abrió con gesto serio.
-Es
todo recto. -dijo con un gesto de cabeza.- Al final del pasillo.
-Gracias.
Ah, otra cosa. -Altair se detuvo antes de salir.
-¿Qué?
El
joven sonrió.
-Me alegra
volver a verte, Berenice.
La Elfa
se ruborizó y cerró la puerta tras él. Altair caminó a lo largo del pasillo,
hasta que llegó al despacho del Orador de los Soles. Llamó a la puerta.
-Adelante.
-dijo una voz desde dentro.
Altair
tomó aire y entró. Era mucho más grande que la de Berenice. Había mesas y
estanterías por todas partes, con muchos soles en las paredes. Al fondo de la
habitación estaba el Orador sentado detrás de una gran mesa de madera de roble.
La iluminación era inmensa, a pesar de no tener casi ventanas.
-Ah,
Altair. Vaya, has tardado menos de lo que esperaba. Ni siquiera me has dado
tiempo a tomarme el té. Creía que tu reencuentro con mi hija iba a ser más
largo. Pero ya veo que tienes prisa. Siéntate, por favor. Primero son los
negocios, luego los placeres, ¿no? -dijo señalando una silla.
Altair se
ruborizó ligeramente, avanzó y se sentó en la silla de madera.
-Muy
bien, tú dirás. -dijo el Orador.
-Hace ya
304 años que se me prohibió volver a Qualinesti, Orador.
-Cosa
que no has cumplido. -le interrumpió Tanthalas.- Altair, nosotros sólo dejamos
entrar en este bosque a los Elfos. Y no a todos. Y de repente se presenta un
expulsado de Qualinesti con cinco seres más. Y ninguno de ellos Elfo completo.
¿Cómo pretendes que reaccionemos? Yo no quería expulsarte de aquí, Altair. Y
Berenice por supuesto que tampoco. Pero, después de lo que hiciste… incluso tu
padre afirmó que era lo correcto, con gran dolor de nuestros corazones. El
pueblo estaba furioso… A propósito, ¿saben los fendorianos que estás aquí?
-Hace
doscientos años que no veo a mi gente. -contestó abatido Altair.
-Ya
veo. Has estado muy ocupado, Altair. Está bien, prosigue.
-Bien.
-prosiguió Altair.- Mis amigos y yo hemos estado siguiendo a unos tipos que
están intentando conquistar Babylon. Wolffus, A3, Kraw y… otro.
-Si, he
oído hablar de ellos. Ya tienen muchos territorios bajo su dominio, por lo que
me han informado.
-Entonces,
Qualinesti está enterado de la situación.
-Sí. Hay
incluso amenaza de guerra, Altair. Y Qualinesti no se puede permitir en estos
momentos una guerra. Nuestros enemigos están avanzando hacia el Norte, hacia la
tierra de Vangaard. Sin embargo, sabemos que actúan bajo las órdenes de
alguien. Alguien que permanece en la sombra.
-Ya no.
Sabemos quién está detrás de esto, quién es el cabecilla de ese grupo. -dijo
Altair.- Nos hemos enfrentado con él hace poco y en mi compañía se encuentra alguien
que ya luchó contra su ejército anteriormente para defender su patria.
-Lo
imagino. El Ángel, ¿no es cierto? Me han dicho que intentaron conquistar el
Reino del Cielo.
-Así
es. Tenéis buenos informadores, Orador. No lo consiguieron, aunque robaron la
Espada Sagrada de Paluthena.
-La
Espada… un artefacto de poder increíble. Sin embargo, sólo funciona en mano
divina. ¿Por qué esa espada? Has dicho que habéis luchado contra el
responsable. ¿Se trata acaso de un Dios? Si es así… ¿cómo habéis sobrevivido?
-No, no
es un Dios nuestro enemigo. Los Demonios actúan bajo la mano de Norrin.
-Norrin.
-el rostro del Orador se ensombreció.- El Príncipe de los Infiernos.
Obsesionado con el poder y la Muerte. Entonces ya está claro: los Demonios
pretenden conseguir un poder divino. Ése es su verdadero objetivo. Y así
podrían incluso utilizar la Espada de Paluthena. Y, puesto que Norrin es como
es, busca el poder del Dios Lanaryu. El Dios de la Oscuridad y la Muerte.
-¡¿Qué?!
-gritó Altair.- ¡Eso es imposible! ¿Y cómo sabéis que Norrin es el Príncipe de
los Infiernos? Nosotros no lo sabíamos…
-Tranquilo,
muchacho. Supongo que he leído más y soy bastante más viejo que vosotros, por
lo que mis conocimientos son algo superiores a los vuestros. El hecho de que no
supieseis que Norrin era el Príncipe del Inframundo me sorprende, jovencito. No
es alguien a quien uno se pueda enfrentar a la ligera…
-¿El
poder de Lanaryu? Pero… ¿cómo?
-Enseguida
te lo explicaré, muchacho. De todas formas, relájate. Un grupo de Demonios no
puede hacerse con un poder divino así como así. Ni siquiera Norrin. Primero
deben conseguir algo que no tienen. Y es lo único que les permitiría acceder al
poder que buscan.
-¿Qué
es lo que Norrin debería tener para conseguir el poder de un Dios? -preguntó
Altair.
-Los
Engranajes del Tiempo. -contestó el Orador.
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