viernes, 7 de diciembre de 2012

Capítulo VIII


Aparecieron en un paisaje desolador, lleno de fuego y ceniza, con volcanes por todas partes. La tierra era negra como el carbón, y el cielo era rojo como la sangre. Un río de lava corría a sus espaldas y pequeños robots voladores sin piernas que había por ahí recogían la lava en unos cubos y la llevaban hasta un edificio dorado. Era tal y como lo había descrito Sheik: un auténtico asco.
-¡Arghhhhhh!
El grito retumbó en las paredes rocosas de los volcanes e hizo estremecerse a más de un robot. Sheik y Witt miraron a Altair pero ya no vieron al joven Elfo. De hecho, no vieron nada.
-¡Ey! -exclamó Sheik- ¿Dónde está Altair?
-No lo sé. -contestó Witt preocupado.- Estaba a mi lado hace nada.
-Grrrrrrrrrrrr……….
El gruñido pilló desprevenidos a Witt y a Sheik, que sacaron sus armas.
-Estupendo, -dijo Witt.- lobos. Más putos lobos. Estoy de los lobos hasta los cojones.
Un escalofrío les recorrió la espalda hasta la nuca, y se les erizó el pelo. Sintieron algo detrás de ellos y se dieron la vuelta. Se quedaron petrificados.


Frente a ellos tenían a un joven de veintipocos años vestido con una camiseta de manga larga, guantes sin dedos, pantalones largos, botas altas y una gabardina abierta que le llegaba hasta los talones, todo de color negro. Tenía el pelo largo y de color negro azabache, que le llegaba hasta los hombros. Su tez era pálida. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos azules, unos ojos fríos como el hielo, como la mirada de la misma Muerte. Apuntaba al cuello de Witt con el filo de una espada.
-¿Quiénes sois?- preguntó, y en su voz pudieron advertir un extraño tono de indiferencia que les desconcertó.
-Yo soy Witt, capitán del Ejército de Paluthena y éste es…
-Paluthena. Señora del Reino del Cielo. -le interrumpió el desconocido- He estado allí. Es un lugar precioso. Tienes suerte de poder demostrar esa identidad, Ángel.
Sólo entonces Witt reparó en la espada, que se retiraba despacio de su cuello: una mitad de la hoja brillaba con un color blanco azulado, parecido al color de un glaciar; y la otra mitad brillaba con un tono de rojo anaranjado, parecido al del fuego.
-He sentido tres energías.- dijo el desconocido.- Pero aquí sólo estáis dos. ¿Dónde se encuentra el tercero?
-No lo sabemos. -contestó Witt.- Estaba con nosotros y de repente, desapareció.
-Desapareció, ¿eh? Será…..no puede ser…. ¿será él?- se dijo el desconocido- Lo comprobaré.
Cerró los ojos y se llevó la mano a un colgante transparente con forma de lágrima que le colgaba del cuello. En unos momentos, una potente luz blanca empezó a aparecer en la plataforma en la que estaban, hasta que la inundó por completo. El desconocido miró a un rincón y Witt y Sheik miraron también. Allí estaba Altair, a cuatro patas. Parecía confuso.
-No lo entiendo -dijo extrañado.- No hemos liberado al espíritu de luz de esta tierra, Imma. ¿Cómo…?
-Me parece que ahí tienes la respuesta, Altair.- le contestó Imma señalando al desconocido.
-Eh, ¿y ése quién es?
-Digamos que soy el que te ha salvado la vida.
-¿Qué?- le preguntó Altair.
-Ya me has oído, héroe. Tu cuerpo de monstruo no habría podido aguantar mucho más este calor. Eres demasiado débil. Me das pena.
-¡Maldito seas! ¡¿Cómo te atreves?!- gritó Altair, se levantó de un salto y desenvainó su espada.- ¡En guardia!
-Como quieras.- le dijo el desconocido con asombrosa calma y se puso en una actitud defensiva.
Altair observó a su oponente. Reparó en su espada, en el brillo de sus ojos y en que estaba muy tranquilo. Demasiado tranquilo. Y eso no le gustó.
-Vale. -dijo Altair.
Descargó un golpe contra su enemigo, un golpe que habría desarmado a cualquiera. El único problema es que su enemigo no era un cualquiera. La espada de Altair chocó contra la de su rival. Los golpes se sucedieron a increíble velocidad, pero el duelo duró poco. En un golpe del joven de negro, la espada de Altair estalló en mil pedazos.
-¿Pero qué…?- masculló Altair.
-¡Wow!- exclamaron al unísono Witt y Sheik.
El joven vestido de negro sonrió.
-¿Te parece gracioso, maldito? ¿Qué le has hecho a mi espada?- le espetó Altair observando los restos de su arma.
-¿No es obvio? -preguntó el desconocido.- La he roto.
-¡Eso ya lo sé! -explotó Altair.- ¿Cómo es posible que la hayas roto tan fácilmente?
-Está claro que mi nivel de fuerza es bastante superior al tuyo, Elfo. Tu esgrima no está mal, pero te falta perfilarla. No podías hacer nada contra mí. Además, mi espada es un poco… especial. No obstante, podrías llegar a vencerme.
-¿Cómo?- preguntó Altair con la furia contraída en su rostro.



-Escucha atentamente. -dijo el joven- Cuenta la leyenda que aparecerá alguien capaz de empuñar la más poderosa de las armas forjadas por los Dioses. Tú eres el héroe de esa leyenda, así que debes portar la Espada Maestra. No ese cacho hierro que llevabas antes.
-Ah… vale… no, qué coño. No entiendo una sola palabra de lo que dices. ¿De qué hablas?
-De acuerdo, me saltaré la parte mística y te lo pondré en términos prácticos que puedas comprender: necesitas una espada. Y me siento culpable por haber roto la tuya, así que te daré otra. ¿Mejor?
-Eso ya me gusta más. Pero tengo algunas preguntas...
-Que recibirán respuesta. Pero ahora debemos descansar, está anocheciendo. Habéis aparecido por el portal de Elkin, donde debe ser mediodía. Pero aquí ya es de noche. Mañana iremos a por tu espada, Elfo.
-Por mí vale.- dijo Altair.
-¿Quién eres?- preguntó Sheik.
El joven sonrió.
-Llámame Raiden.

Witt y Sheik dormían profundamente. Éste y Raiden habían tenido una pequeña charla familiar. Altair y Raiden estaban sentados junto al fuego de una hoguera que habían hecho, mirando las llamas. A pesar del fuego, la luz que despedía apenas podía atravesar las oscuras tinieblas que envolvían la tierra de Wesfair. Toda la luz, ahora atenuada para que los dos compañeros pudiesen dormir, era aportada por el colgante de Raiden. Altair estaba callado, esperando algún comentario, pero el joven no dijo nada en toda la noche.
Al alba, Altair finalmente preguntó:
-¿No deberías acortarte el nombre? Ya sabes, por tu padre y eso.
-¿Cómo sabes tú sobre eso?
-Bueno, Sheik me contó algo.
-Ya. Pues lo siento, pero no soy elkinense. Esa ridícula tradición no me afecta.
-Bueno… oye, ¿qué es ese edificio dorado? No he visto ninguna otra edificación por aquí.
-Ni la verás, Elfo. Estás en los límites del mundo. Ése edificio es nuestro próximo destino. Allí es donde guardan la Espada Maestra, tu espada.
-¿Qué es la Espada Maestra? No oí hablar nunca de ella…
-Es una espada que aparece en muchas leyendas y relatos. En Babylon existen tres tipos de armas: las que sobrevivieron al Gran Cataclismo, las que forjan las distintas Razas y las pocas fabricadas por los Dioses. Los Siete forjaron algunas armas que sólo pueden ser empuñadas por una persona concreta, como seguramente sabrás. Y son estas últimas armas las únicas que tienen nombre propio. La Espada Maestra, dicen, es aquella que sólo puede ser empuñada por el héroe de la leyenda que revelaron los propios Dioses en los Oráculos. Y es la mejor de las armas. -dijo Raiden.- Se encontró hace relativamente poco, clavada en una extraña piedra. Fueron muchos los que intentaron extraerla de la piedra pero, como es natural, ninguno lo consiguió. Así que se ocultó a la vista del mundo y es custodiada aquí. El hecho de que hayas aparecido en este lugar, en este momento, no puede ser una coincidencia
-Mmm... ya. Una pregunta, a raíz de nuestra llegada: ¿por qué Witt y Sheik no me podían ver?
-Porque eran ánimas, fantasmas. En el Reino de las Sombras, todo ser vivo que lo pisa se transforma en un ánima y no vuelve a ser corpóreo hasta que no se devuelve la luz al lugar. Excepto tú. Tú eres el elegido, el héroe. Por eso te transformaste en un monstruoso lobo que, aunque no lo creas, es mejor que ser un ánima. Las ánimas no pueden ver a los seres corpóreos.
-Yo no me transformo en un lobo monstruoso porque sea ese héroe, Raiden.
-¿Qué?
-Esa forma es la manifestación de mi subconsciente más oscuro y tenebroso, algo que he intentado reprimir desde siempre. El hecho de visitar un paraje dominado por la Sombra hace brotar lo peor que hay en mí y me convierte en ese animal.
-Ya veo… eso es muy interesante.
-Un momento… entonces, si las ánimas no pueden ver a los seres corpóreos, ¿por qué a ti sí te han visto? Eres tan corpóreo como yo.
Raiden se sobresaltó.
-Eh…bueno…oh, está bien. Soy un híbrido.
-¿En serio?
-Sí. Mi cuerpo humano alberga dos almas. Una es la de un ser de las sombras. Por eso me podían ver. Sólo ven a ese tipo de seres. También mi esencia me permite mantener mi forma humana caminando entre las sombras. Es algo distinto de lo que te pasa a ti.
-Y claro, los seres de las sombras pueden interactuar con las ánimas…
-Los seres de las sombras pueden incluso alimentarse de ánimas.
A Altair le recorrió un escalofrío. Pero siguió preguntando:
-¿Qué es exactamente tu espada?
-Se llama Sumlars, la Imbatible. -dijo Raiden orgulloso mirando su arma. El fuego y el hielo brillaban en su filo.- Es una de las espadas forjada por los Dioses. Sus poderes mágicos fueron cedidos por un Titán de hielo y por el fuego de un dragón. Puedo invocar los poderes de ambos a través de la espada utilizando una lengua arcaica. Me es muy útil. Pero aún no tiene el poder suficiente para derrotar al Rey Sombra. Todavía debo hacerme más fuerte…
-Entiendo. ¿Y cómo devolviste la luz al lugar? Que yo sepa, para que la luz vuelva a un lugar dominado por las Sombras hace falta liberar al espíritu de la luz del territorio en cuestión.
-Veo que sabes de qué hablas. En efecto, así es. Pero el espíritu de la luz de Wesfair renunció a su cargo. Es lógico, este lugar es inhóspito. Nunca ha existido luz aquí. Así que el Rey Sombra lo tomó como suyo y liberó en este lugar a los seres que gobierna. Por tanto, las sombras controlan este territorio y campan a su antojo. Pero este colgante es una lágrima solidificada de ydeon, una criatura luminosa. Puede hacer cualquier cosa que esté relacionada con la luz.
-Vale, ahora lo entiendo. ¿Y qué es eso de que yo soy el héroe de la leyenda? ¿De qué leyenda?
-"El héroe de verde vendrá. Se presentará como una bestia de ojos azules ante vosotros. A él le habéis de entregar la Espada Maestra." Así hablaron los Dioses en los oráculos. Tienes los ropajes verdes de los que hablaban y te transformas en lobo de ojos azules, aunque no sea por ese motivo.
-¡Espera! Según lo que me has dicho, el héroe debe tener los ojos azules, como los tuyos. ¡Y los Dioses mencionaron una bestia, pero no tengo por qué ser yo! Podría ser ese ser de las Sombras que llevas dentro.
-No. No soy yo.
-¿Cómo estás tan seguro?
-¿Dónde ves en mí al “héroe de verde”, Elfo?
-Vale, muy cierto. Pero aún así… en fin, ¿qué problema tienes con el Rey Sombra? Porque me ha parecido que no le tienes mucho apego…
-Eso es un asunto personal. Anda, ven, sígueme.
Se levantó y Altair fue tras él. Llegaron a un terreno de suelo negro por la ceniza, lejos de los durmientes. A sus espaldas corría un río de lava. Mientras Raiden caminaba, el círculo de luz se iba ampliando. Así, Witt y Sheik no se convertían en ánimas y Altair podía mantener su apariencia natural. Raiden se puso frente a Altair y dijo:
-Necesitas mejorar tu técnica. Atácame.
-¿Cómo? No tengo espada…
-Utiliza tu imaginación, Elfo. Atácame.- repitió Raiden.

Altair dudó al principio, pero luego movió rápidamente la mano y levantó el búmeran, dispuesto a lanzárselo. Un pequeño rayo de energía de color morado golpeó a Altair en la mano. El Elfo abrió la mano dando un grito de dolor y el búmeran cayó al suelo. Raiden había levantado el dedo índice apuntando a Altair. De la punta de su dedo salía un hilillo de humo.
-Demasiado lento.- le dijo al Elfo.
-No. -contestó Altair- Demasiado rápido.
Entonces sacó una especie de garra dorada retráctil acoplada a una cadena de hierro e intentó atrapar a Raiden con ella. El joven saltó a un lado, esquivando la garra, y golpeó la cadena con la mano. La cadena de hierro se partió en dos.
-Hala, mi zarpa a la mierda… -se quejó Altair.
-Sé de dónde sacas tus armas, Elfo. Sólo llevas encima un escudo. Sin embargo, me has atacado con un búmeran salido de ninguna parte, igual que esa “zarpa” tuya. -dijo Raiden.- Sé que el ser de las Sombras que te acompaña tiene acceso a las dimensiones oscuras. Guarda allí casi todo tu arsenal y sólo necesitas una orden mental para tener el arma en tu mano y hacer uso de ella. Pero, a pesar de que llevas a un ser de las sombras contigo, no puedes mantener tu forma humana cuando entras en un Reino de las Sombras. Y eso es porque los dos sois seres independientes el uno del otro, no como en mi caso. Y es el ser de las Sombras quien que te ayuda a controlarte cuando la oscuridad se apodera de tu espíritu y te transformas. ¿Me equivoco?
-Para nada. Es increíble, tienes unos conocimientos imponentes sobre los seres de las Sombras. Pero dime, ¿cómo eres tan rápido y tan fuerte? Sé que eres un semi-Elfo, igual que Sheik, pero aún así…
-Es que Kratos no era un Hombre.
-¿Qué?
-Era un Yan.
-Un Yan…
Yan, en la lengua común babylónica, quería decir "último", porque se dice que fueron los últimos que poblaron el nuevo planeta. Se les conocía como hijos del fuego y eran extraordinariamente ágiles y rápidos. Mucho más que cualquier otra raza. A nadie se le ocurría echarle una carrera a un Yan. A nadie. Sobre todo porque los Yanes se cobraban su premio devorando a su oponente.
-Así que un Yan… vaya, eso sí que no me lo esperaba. Entonces, tanto Sheik como tú sois…
-Sí. Somos semi-Elfos y semi-Yanes. Ni una cosa ni otra.
-Debe de ser duro tener dentro de ti a dos Razas y no pertenecer a ninguna.
-Al contrario. Sheik es demasiado joven para pensar en esas cosas, y yo he aprendido a desprenderme de las ataduras que impone el hecho de pertenecer a una Raza determinada. Además, el comerme a mi enemigo cuando le venzo es algo que me da asco. Pero aún no hemos acabado. ¿O es que te das ya por vencido?- dijo Raiden.
-Ni de broma. -sonrió Altair.- Aún no te he enseñado todo lo que sé hacer.
-Pues venga: impresióname.
Altair plantó bien los pies en el suelo.
-“Debo andar con cuidado. Este tío es realmente bueno. Lo mejor será que acabe con él de un golpe. ¡Así aprenderá a no menospreciarme!”
El Elfo se concentró y la energía que flotaba en el ambiente comenzó a acumularse alrededor de su cuerpo.
-Oh, así que eres capaz de aumentar tu fuerza de combate utilizando la energía del entorno -sonrió Raiden.- Eso me agrada, no esperaba menos. Pero me parece que no estás teniendo en cuenta algo muy importante…
Una capa de energía verde, de forma esférica, envolvió el cuerpo de Altair. El Elfo ignoró el comentario de su rival y se lanzó a la carga. Cuando estaba a punto de llegar hasta Raiden, utilizó la misma táctica que con Chapelle: desapareció de la vista de Raiden desplazándose a gran velocidad.
-Oh… en verdad eres muy rápido. Estoy gratamente sorprendido: no esperaba que pudieses alcanzar esa velocidad tan rápidamente.
-Pues espera un poco: aún no has visto nada.- dijo Altair desde algún lugar.
Raiden cerró los ojos. Altair se seguía moviendo a toda velocidad a su alrededor. Cuando Raiden bajase la guardia…
-“¡Ahí!” -pensó el joven de negro.
Alargó su mano y detuvo el puño de Altair. El Elfo le miró, asombrado.
-No… ¿cómo es posible? ¿Cómo has podido detener ese golpe sin verlo venir?
Raiden sonrió.
-Tienes mucho potencial, Altair, pero cometes fallos de principiante. En primer lugar, estás acostumbrado a acumular la energía vital de los bosques de los Elfos. Aquí, la energía es significativamente inferior, por lo que la cantidad que aprovechas es muy baja. En segundo lugar, confías demasiado en que tu adversario utilizará sólo el sentido de la vista para tratar de localizarte y, así, pillarle por sorpresa. Pero si tu rival sabe utilizar el resto de sus sentidos, como es mi caso, esa técnica de velocidad no te servirá de nada.
Altair maldijo para sí y dio un amplio salto hacia atrás. Pensó en otra estrategia. Y sonrió.
-Debo reconocer, Raiden, que eres mejor de lo que esperaba. Y eso me hace tener más ganas de que te unas a nosotros.
-No tengo ningún interés en ir a Atalántica, Altair. Y mucho menos a enfrentarme con un ejército entero que ni me va ni me viene. Pero si consigues vencerme, habrás matado dos pájaros de un tiro: tu nivel de combate habrá evolucionado mucho y me uniré a vuestro grupo.
-¿Lo dices en serio? -preguntó exaltado Altair.
-No tan deprisa, Elfo. Si sigues luchando así, tu nivel de combate se quedará estancado y sufrirás una derrota fulminante. Y, por supuesto, me desentenderé de vosotros y no volveréis a saber de mí.
-Entonces, para que te unas a nosotros tengo que derrotarte…- dijo Altair poniéndose serio y adoptando una pose de combate.
-Por supuesto.- dijo Raiden haciendo lo propio.- Y no te va a resultar nada fácil.
-Me gustan los retos.
-Eso espero.

Altair cruzó una mirada con Raiden. De repente, en la mano del Elfo apareció una esfera de metal. Era pequeña, del tamaño de una mandarina, y tenía un botón redondo y rojo. Altair pulsó el botón y lanzó la esfera contra Raiden. Éste movió rápidamente la mano, desviando el proyectil. La esfera estalló en el aire, y el ruido de la explosión despertó a Witt y a Sheik.
-¡Eh, vosotros dos! ¿Qué narices estáis haciendo?
-Sólo estoy ayudando a vuestro amigo a superarse a sí mismo.- contestó Raiden.
-¿Y para superarse a sí mismo es absolutamente necesario que vayáis por ahí tirando bombas?
-Ha sido él.- dijo Raiden.
-¡Espera, aún no has visto nada!- exclamó el Elfo.
Decenas de pequeñas bombas aparecieron en sus manos y comenzó a lanzarlas contra su rival a gran velocidad.
-Oh, vale, esto ya es demasiado.
Un campo de energía de color morado rodeó el cuerpo de Raiden, haciendo que todas las bombas explotasen al chocar contra él. Cuando el humo de las explosiones se disipó, el joven estaba intacto.
-Increíble…- murmuró Altair.
-Mira, Elfo, no vas a poder conmigo ni con búmerans, ni con zarpas, ni a puñetazos, ni con bombas. Piensa otra estrategia o seré yo el que pase a la ofensiva.
-Muy bien, Raiden. Voy a jugar mi última carta.
Altair se preparó.
-“Maldición… no le ha afectado ninguno de mis ataques. Esa lluvia de bombas podía haber destrozado a un olifante. ¡Y él sigue como una rosa! Y ya que tampoco puedo pillarle por sorpresa, ni rivalizar con él en combate cuerpo a cuerpo… sólo me queda una opción. Si al menos tuviese mi espada…”
El Elfo agarró su escudo y se puso en posición de combate.
-¿Oh? ¿Una técnica ofensiva con una herramienta defensiva? Esto tengo que verlo. -dijo Raiden, interesado.
Altair cargó contra Raiden poniendo su escudo por delante, intentando empujar a su enemigo y tirarlo al suelo. Justo cuando iba a llegar a su altura, Raiden desenvainó su espada y detuvo el ataque de Altair.
-Lo siento, Elfo, pero como comprenderás no voy a quedarme con las manos desnudas. Además, así te será más complicado batirme. ¡Adelante!
El joven vestido de verde empezó a lanzar golpes con el escudo contra su enemigo, mientras este se defendía a golpes de espada. Witt y Sheik seguían los movimientos de ambos sin perderse detalle. En un momento dado, Raiden saltó por encima de su rival y descargó un golpe de espada contra Altair. El Elfo interpuso el escudo para protegerse. Raiden aterrizó delante de él y Altair se volvió a poner en guardia. Raiden enfundó la espada, por lo que Altair se quedó muy extrañado.
-Es una tontería seguir así. Si sigues utilizando es técnica, es evidente que perderás. Tu táctica de atacar con el escudo es novedosa, eso está claro. Pero no es lo que a mí me interesa. Así que, si no te importa, voy a forzarte un poco a desarrollar tu fuerza interior.
Raiden desapareció y volvió a aparecer a la espalda de Altair. Movió rápidamente su pierna, de modo que Altair perdió el equilibrio. Mientras el Elfo caía hacia atrás, Raiden le propinó una patada en la mano que sostenía el escudo. El objeto salió volando y Raiden alzó dos dedos hacia él. El escudo explotó, dejando una humareda morada. Altair cayó de espaldas, incapaz de moverse debido al asombro.
-Ahora no tienes ni espada ni escudo. Y sabes de sobra que el resto de tus armas no funcionarán. ¿Qué vas a hacer?- preguntó Raiden.
-Haré lo único que puedo hacer ahora.- dijo Altair.- ¡Te derrotaré con magia élfica!
-Oh, cuán interesante… veamos.
Altair comenzó a acumular de nuevo la energía del exterior. Era cierto que le costaba mucho más que cuando estaba en un bosque, rebosante de vida, pero tenía que hacerlo. Tenía que conseguir que Raiden se uniese a ellos.
Cuando hubo acumulado suficiente energía y su cuerpo despedía ligeros destellos de luz verde, las palabras de la Antigua Lengua brotaron de su boca en forma de hechizo:
-Aina coa, ¡namarië! Feanya, ¡namarië! Aina coa, ¡namarië! Feanya, ¡namarië! Aina coa, ¡namarië! Feanya, ¡namarië!
Tras repetir la fórmula mágica tres veces, una vibración recorrió de arriba abajo el cuerpo de Altair. Un campo de energía le rodeó, y una luz verde cegadora apareció en su mano. El Elfo cerró el puño y formó una esfera de energía pura, de color verde.
-Vaya… estoy impresionado de tus progresos, Altair.- dijo Raiden- Mi enhorabuena.
-Pues espera: aún no he acabado.
El Elfo alzó y el brazo y lanzó la esfera de energía contra Raiden a toda velocidad dando un grito. Raiden asintió con satisfacción.
-Ya está. Con esto será suficiente… de momento.
Raiden movió la mano y desvió la esfera de energía, la cual explotó en el aire despidiendo una cegadora luz verde.
-¡Increíble! ¡La ha desviado!- exclamó asombrado Witt.
Altair intentaba recuperar el aliento.
-“No puede ser… he agotado mis fuerzas. Todos los recursos de los que disponía… no le han hecho nada. ¿En verdad soy tan débil?”
-Sé lo que estás pensando, Altair. Estás pensando en que estabas muy confiado en tus habilidades y te has llevado una decepción al comprobar que hay alguien mejor que tú. No te tortures con eso, Elfo.- dijo Raiden.- He tenido que forzarte al máximo para que utilizases el poder que tienes dentro y que apenas usas. Acostumbrado a conectarte con los bosques, la energía que flota en este ambiente es significativamente inferior, casi nula. Y, sin embargo, has sido capaz de realizar un hechizo élfico. Ése era mi objetivo desde el principio: tener la intención de llegar a Atalántica, e incluso de enfrentarte a los Demonios con el nivel de poder que tenías era un suicidio. Pero ahora tus habilidades de combate han mejorado notablemente, por lo que si te encuentras en una situación comprometida podrás defenderte bien. Aprende más hechizos, sigue entrenando con la energía vital y llegarás lejos. Ocultas mucho potencial, Altair, y tienes que explotarlo. Intenta siempre superarte a ti mismo, porque siempre habrá alguien más fuerte que tú. Es todo lo que quería enseñarte… de momento.
-¡Pero aún no hemos acabado!- gritó Altair.- ¡Todavía tengo que vencerte para que te unas a nosotros!
-Descuida. Necesitas descansar un poco, el entrenamiento te ha dejado agotado. Relájate.
Raiden desapareció y volvió a aparecer a la espalda de Altair en menos de un segundo. Le dio al Elfo un golpe seco en el cuello con el canto de la mano. Altair se derrumbó en el suelo, inconsciente.
-¡Altair!- gritó Sheik.
-¡Monstruo! ¡Lo has matado!
-Dejad de chillar como niñas, ¿queréis?- Raiden se apartó el flequillo de la frente.- El Elfo está perfectamente, sólo le he noqueado. Era una tontería seguir haciendo el payaso, no tenía ninguna oportunidad contra mí. Ni siquiera con sus avances. Sin embargo, el potencial que este joven encierra es verdaderamente magnífico. No obstante es el héroe de la leyenda…. en fin, como no ha sido capaz de vencerme (cosa que ya sabía), os acompañaré mañana a recoger la Espada Maestra y luego desapareceréis de mi vida.
-Pero Raiden…- se quejó Sheik.
-No hay “peros” que valgan, hermano.- le cortó Raiden.- No tengo ningún interés en acompañaros. Sí que me gustaría saber hasta dónde puede llegar el poder de Altair, pero algo me dice que algún día lo sabré. Así que cumpliré la misión que me ha sido encomendada: eliminaré a Sherpe y volveré al Hexágono. No creo que pueda enfrentarme con Norrin…



Ya había amanecido cuando Altair despertó. Se encontraba un poco mareado y le dolía la cabeza. Miró a su alrededor. Raiden, Sheik y Witt le estaban observando.
-Ya era hora de que despertases, Elfo.- le dijo Raiden.- Empezabas a preocupar a tus amigos.
-Raiden… me ganaste…
-Sí. Era evidente, Altair, no me pongas esa cara. Debiste suponerlo en cuanto quebré tu espada. Desde el principio no tuve intención de unirme a vosotros.
-Pero… ni siquiera ahora que te has rencontrado con tu hermano…
-Sheik ha vivido muchos años de maravilla sin mí, no le costará mucho seguir igual. Además, sé que está en buena compañía y que no haréis nada que pueda perjudicarlo. Por supuesto, espero que no se os haya pasado por la cabeza la idea de meterle en la guerra que se avecina…
Witt y Altair intercambiaron una mirada. Luego, fue el Ángel el que habló.
-¿Por qué has ayudado a Altair? ¿Por qué ayudarle a superarse sin conocerle?
-Conozco a Altair lo suficiente por lo que me habéis contado. Además, siendo el héroe de la leyenda y teniendo tanto potencial dentro… sentía curiosidad por ver sus habilidades. Ahora es mejor que cuando llegó, pero tendrá que seguir evolucionando por su cuenta. No pienso tenerle de pupilo.
-Yo no te quiero de maestro, Raiden.
-Mejor que mejor, entonces.
-Raiden…- Sheik se adelantó.- ¿Por qué no quieres venir con nosotros?
-Ya te lo he dicho, Sheik: no me interesa. Ahora soy un Asesino al servicio del Hexágono, no aquél muchacho que recuerdas de Elkin. Soporté demasiado a nuestro padre y ya tengo formada mi vida, así que cuando antes os pierda de vista, mejor.
-¡Raiden!- se quejó Sheik.- ¿Cómo puedes ser así?
-Ya te lo he dicho, Sheik: olvida al chico de Elkin, ya no existe. Éste es el nuevo Raiden. Si no te gusta, tienes suerte: no volverás a verle.
Las lágrimas asomaron por los ojos de Sheik. Altair y Witt no se atrevieron a decir nada.
-Bien, caballeros, aclaradas estas cosas creo que debemos cambiar de actitud: si vamos a trabajar juntos para darle al Elfo la Espada Maestra no es bueno que haya malas vibraciones entre nosotros. A partir de ahora trabajaremos como un equipo, ¿entendido? Bien, regla número uno: no hagáis nada sin consultarme. No sabéis a dónde habéis venido… Preparaos para lo peor. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario