Experience
Hace demasiado tiempo que mis labios dictan palabras sin ningún sentido. Que mis ojos, de tanto llorar, ya se sienten vacíos. Y aunque no te acuerdes ya de mí, yo siempre estaré junto a ti. Para enseñarte el sol de primavera e intentar hacerte de nuevo reír. El mar azul, el océano salvaje nos recogerá en las suaves tardes de verano, cuando el viento sople y muestres tus numerosos encantos. Quiero recordar que una vez estuviste en mi cama, que cada beso que me dabas era un ardiente fuego que bajaba hasta mis entrañas. Y ahora soy la flor que espera brotar en ti. Porque quiero buscar un nuevo camino contigo, amarte muy despacio para poder consagrar mi amor por ti. Quiero arder en el infierno contigo, que sea un cielo para ambos, que nuestras almas se entrelacen bajo las sábanas y dejemos el tiempo correr. Que los caballos de fuego de mi lengua, tan furiosos y bravos como siempre, ardan en tu boca de manera incesante. Que me abraces, que me beses, que me ames. Que hagamos el amor sin dejar de mirarnos, que vayamos a la orilla del mar a ver cómo la luna, en su blancura más pura, se atreve a competir con tu belleza. Que las olas, las más grandes y hermosas, vuelen azules junto al viento. Para que al final mis lágrimas sanen, y mi corazón destruido no se vuelva a derrumbar. Porque quiero amarte y que tú me ames. Porque sin ti no soy nada, y no soy nada sin ti. Que el fuego del alma que recorre mi cuerpo quede apagado y, enarbolando la bandera que cubre mi libertad, clamemos juntos al cielo. Que no nos podrán separar. Que no nos causarán daño. Que una vez que te hayas marchado, desapareciendo entre las nubes, mis alas no serán lo suficientemente grandes para volar. Y quedaré consumido en cenizas, mi ángel, por no tener a quien darle mi fuego diabólico. No me deja dormir. Caigo, al frío suelo. Que me levantes. Que no me dejes caer de nuevo. Que me beses. Una y otra vez, hasta decir "basta". Que no te canses. Que no te falle ni que me falles tú. Juntos somos la energía del sueño, el poder del sudor. Dormidos, los dos en una cama, el sol entrando por la ventana. Nada puede despertarnos. Nos vemos soñar. Ríes. Sonrío. Te oigo, aunque no pueda decirlo. Mis palabras pierden el sentido cuando no salen de dentro. Mi brazo herido expulsa ríos de sangre. La hemorragia ha llegado al Vesubio. ¿Dónde queda Pompeya? Enterrada entre mis párpados de humo, cenizas, fuego y muerte. Pero es sólo un sueño. Duermo. Y tú duermes conmigo.
La luz de mis ojos se está apagando, ya no quedan estrellas que la reflejen. Mi espíritu vuela, libre, sin ataduras, sin Norte. He perdido la ubicación, la noción del tiempo. Estás conmigo, es lo que importa. Aún duermes. Las sábanas blancas cubren ligeramente tu cuerpo desnudo, subiendo y bajando al ritmo de tu respiración. El sol ha entrado por la ventana, el ladrón luminoso es demasiado madrugador para tus párpados cerrados. Sonrío. En ese momento, giras. Tu perfil se dibuja en la pared blanca y veo que duermes plácidamente. Te miro. Me quedo viéndote soñar durante horas y horas. Te abrazo. Haces un pequeño ruido, un pequeño gesto. Todo es tan pequeño y tan grande en ese momento. Quiero despertar, pero ya estoy despierto. Creo. Lo único que puedo hacer es mirarte, acariciarte, saber que estás ahí. Te doy un beso en los labios. Despiertas. Tus mirada se cruza con mis ojos, y tu boca me regala la primera sonrisa de la mañana. "Hola", te digo. Me respondes con un pequeño gesto de fastidio y le vuelves a dar la espalda al sol. Río con ganas, la primera risa de la mañana. Me siento feliz de tenerte a mi lado. En ese momento me coges del cuello y me obligas a tumbarme a tu lado. Hacemos el amor muy lentamente, con calma. El día aún es un niño, no tiene prisa. Nosotros tampoco. Nuestro tiempo es ahora sólo nuestro, no tenemos por qué preocuparnos del de los demás. La agujas del reloj corren veloces, furiosas, pero ninguno de nosotros las mira. Nos estamos devorando el uno al otro, demasiado fascinados en nuestros cuerpos como para pensar en otra cosa. ¿Quién nos culpará? Allá el viejo Dios con sus reglas, vivir bajo el cielo queda mejor. Pero ya es tarde. La sangre ya ha sido vertida. Me levanto y te llevo un zumo de naranja a la cama. Te reclinas ligeramente, y con la blanca sábana te tapas. Sonrío y te acaricio el cabello. Me devuelves la sonrisa. Me haces feliz, mi ángel. Sólo espero que tu demonio te haga también feliz a ti. Sueña tranquila, yo me encargaré de tus miedos. No temas nada.
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